Historia de los puentes de Estambul

De pie, sobre el puente, a todos
os contemplo embelesado […]

(“El puente de Gálata”, Orhan Veli, 1945)

Hace dos semanas tuvo lugar en Estambul la instalación de la última sección del que será el tercer puente sobre el Bósforo, y se celebró con una ceremonia a la que asisteron las más altas autoridades de Turquía, encabezadas por el presidente Erdoğan y el primer ministro Davutoğlu.

La inauguración de un puente en Estambul no es un acontecimiento baladí, y está cargada de un simbolismo que va más allá de la mera infraestructura material. Tras la Segunda Guerra Mundial Turquía empezó a presentarse en la arena internacional como un país mediador, merced a su extraordinaria localización a caballo entre dos continentes. Esta definición de Turquía como estado liminal con una identidad híbrida cristalizó poco a poco en diversas metáforas que las élites turcas se afanaron en emplear con profusión: “cruce de civilizaciones”, “llave de Europa”, “puerta de Oriente Medio”… y también “puente”. Esta última metáfora se convirtió en dominante a partir de los años setenta, al materializarse en una poderosa imagen con el recién inaugurado primer puente que unía ambos continentes.

El puente del Bósforo

Primer puente sobre el Bósforo

Desde entonces la metáfora del puente, aceptada internacionalmente, promovida con entusiasmo por las autoridades nacionales y locales, y presente en todo tipo de textos y representaciones, desde trabajos académicos hasta folletos turísticos, ha acompañado a Turquía y a Estambul, convirtiéndolos en el lugar físico donde se encuentran y se funden un Oriente y un Occidente tal vez más imaginarios que reales.

Aunque una buena parte de la intelectualidad turca rechaza hoy en día la metáfora del puente, por manida y esencialista, algunos de sus importantes creadores no llegan a renunciar del todo a ella. Orhan Pamuk, por ejemplo, afirmaba en una entrevista, tal vez aburrido de oír la misma pregunta una y otra vez,  que le gusta la idea de ser un puente

[…] en el sentido de que un puente no pertenece a ningún continente y a ninguna civilización, y tiene la oportunidad de contemplarlas a ambas desde fuera, lo cual es un fantástico privilegio.

En los últimos años el tema del puente sigue mostrando su vitalidad, tal y como se ha podido ver en obras aclamadas como el documental Cruzando el puente de Fatih Akın.

Pescadores sobre el puente de Gálata. (foto: Eric Stone http://ericstonebooks.blogspot.com)

Pescadores sobre el puente de Gálata. (foto: Eric Stone http://ericstonebooks.blogspot.com)

Pero dejando a un lado las metáforas, y desde un punto de vista estrictamente material, la historia de la ciudad de Estambul, por su singular emplazamiento marítimo, está íntimamente ligada a diversos puentes. Es más, incluso veremos que la primera aparición de Estambul en la historia tuvo, como no podía ser de otra manera, a un puente como protagonista.

PUENTES LEGENDARIOS   

En el libro IV de sus Historias, Herodoto de Halicarnaso cuenta cómo el rey Darío de Persia mandó al ingeniero Mandrocles de Samos construir un puente de barcos sobre el Bósforo de Tracia en su punto más estrecho, para permitir el paso a las tropas que le apoyarían en su campaña contra los escitas.

El rey mandó levantar a ambos lados del estrecho dos columnas monumentales con el nombre de todas las naciones que participaban en la campaña. La columna de la parte asiática estaba grabada en asirio, y la de la parte europea en griego. Más tarde, cuenta Herodoto, los bizantinos desmantelaron aquellas columnas y se las llevaron al centro de su ciudad, para incluirlas en el templo de Diana Osoria. Y esta es la primera vez que aparece la ciudad de Bizancio en las páginas de la Historia.

El emperador Heraclio venciendo a Chosroes sobre un puente en una obra holandesa del s.XV

El emperador Heraclio venciendo a Chosroes sobre un puente en una obra holandesa del s.XV

Más de mil años después otro extraño puente efímero parece haberse alzado sobre el Bósforo. Según un episodio de dudosa autenticidad recogido por Teófanes el Confesor, el emperador Heraclio, después de su campaña en Siria, presa de un súbito e irrefrenable terror al mar que le impedía embarcar, se había quedado residiendo en un palacio de la parte asiática de Constantinopla, incapaz de enfrentarse al kilómetro escaso de travesía que lo separaba de la ciudad y de su corte. Los nobles y los ciudadanos le reclamaban que regresase de una vez, pero él se limitaba a enviar a sus hijos a Santa Sofía y al hipódromo una vez a la semana, de donde volvían con noticias para su padre. Desesperados, los nobles decidieron armar un puente con barcos atados unos a otros a los que añadieron una cobertura vegetal para que la vista del mar quedase totalmente oculta. Así, cuenta la leyenda, pudo el emperador Heraclio cruzar por fin el Bósforo y regresar a Constantinopla a lomos de su caballo, igual que si lo hiciera sobre tierra firme.

PUENTES HISTÓRICOS  

La primera mención a un puente estable en Constantinopla se encuentra en un inventario del s.V que hace referencia a un puente de madera en la región XIV de la ciudad. Más tarde otra crónica recuerda que el emperador Justiniano restauró el suburbio de Sycae (Gálata) y ordenó la construcción de un puente para que la gente pudiera llegar “desde la otra orilla a la sagrada ciudad”, tal vez una reconstrucción en piedra del puente anterior.

Este pudo haber sido el origen del llamado Puente de San Calínico, junto al cual se sabe que se apostaron las tropas avaras en su sitio a la ciudad en el año 626, y por el cual sabemos también que el mismo emperador Heraclio pasó cuando, aquejado de numerosas dolencias físicas y mentales, regresó de su última campaña para morir en la ciudad.

Durante años los historiadores y arqueólogos han discutido acerca de la localización exacta de este puente, del cual a finales de la Edad Media ya no quedaba ningún rastro. De hecho ni siquiera se sabía con certeza si se trataba de un puente sobre el Cuerno de Oro, o si tan sólo salvaba uno de los riachuelos que desembocan en este estuario. El historiador Martin Hurbanic, tras cotejar numerosos documentos y testimonios ha llegado recientemente a la conclusión de que el Puente de San Calínico se hallaba junto a la iglesia de san Cosme y San Damián, en la zona entonces conocida como el Cosmidion, actualmente Eyüp.

Miniatura del s.XV donde se ve el pontón de Mehmet el Conquistador

Miniatura del s.XV donde se ve el pontón de Mehmet el Conquistador

El puente vuelve a mencionarse en varios textos del s.X, como la Historia de León Diacono, en la que se afirma que el emperador Juan Tzimisces lo veía desde su palacio de las Blaquernas. También aparece en varios testimonios de la 2ª y la 4ª Cruzada, especialmente el de Hugh de St Pol que habla de un puente de piedra situado a una legua de la torre de Gálata. Dice de él que era más largo que un pequeño puente de París, pero tan estrecho que tres jinetes no podrían pasar al mismo tiempo. Por aquella época el puente se conocía con el nombre de San Pantaleón, de nuevo por una iglesia situada en los alrededores.

No sabemos qué ocurrió con este puente. Tan sólo sabemos que en el s.XIV el viajero Ibn Battuta informa de que en ese momento no había ningún puente que permitiese atravesar el Cuerno de Oro, y que el tránsito se realizaba mediante barcas. A principios del s.XVI el viajero francés Pierre Gilles afirma que en verano se podían ver los restos de los pilares del antiguo puente de Justiniano emergiendo de las aguas del Cuerno de Oro.

Tal vez en ese mismo emplazamiento fue donde el sultán Mehmet II instaló un pontón para facilitar el acceso de sus tropas durante el asalto final a Constantinopla en 1453. Lo hizo empleando más de cien enormes toneles de vino y tablas de madera, y por él circularon durante varios días jenízaros, catapultas, caballos y cañones directos a la conquista de la ciudad de ciudades.

Es posible que en época bizantina hubiera otros puentes en la región del Cuerno de Oro. Probablemente existió algún puente para salvar los dos riachuelos que allí desembocan, el Barbyzes y el Cydaris (actuales Kâğıthane y Alibey). En el s.XIV se menciona en la zona un puente llamado “de la camella”, tal vez por las caravanas de carbón que por él llegaban a Constantinopla. Ya en época otomana sabemos de la existencia en esos lugares de varios puentes, como el Puente de los Halconeros (Doğancılar köprüsü), que tenía varios motivos decorativos, o el Puente de la Circuncisión (Sünnet köprüsü), antaño enmarcados en parajes de gran belleza natural, y hoy en unos entornos totalmente urbanizados, sustituidas además sus antiguas estructuras de piedra y madera por otras más modernas y vulgares de acero y hormigón.

Puente de la Circuncisión en una imagen de principios del s.XX

Puente de la Circuncisión en una imagen de principios del s.XX

En la ciudad intramuros sabemos que existió un puente de piedra que salvaba el arroyo Lykos, como ya mencionamos en la entrada dedicada a este río perdido de Estambul. Se le conocía como Puente de Arpa Emini, por estar cerca de una mezquita del mismo nombre. Poco se sabe de él, tan sólo que probablemente se construyó en el s.XVI. En uno de sus extremos había una fuente monumental. El puente, o lo que quedase de él, fue totalmente demolido durante la apertura del nuevo Bulevar de la Patria en 1956. Por más que he buscado, no he logrado encontrar una sola foto de este puente tan especial. Parece que el único rastro que ha dejado es su nombre en un callejón.

Ya lejos del núcleo histórico de la ciudad existieron otros puentes. En el actual barrio de Beşiktaş un puente llamado de San Mamés se alzaba sobre la desembocadura del arroyo que en época más reciente se conocería como Flamurdere. Dos documentos que mencionan este puente en el s.VIII comentan que tenía doce arcos y “un aspecto aterrador”. En la parte asiática, en el actual Kadıköy, también conocemos la existencia de un pequeño puente en época bizantina. Según los testimonios debía de ser de factura similar al de San Mamés, y servía para cruzar el arroyo Calcedón (actual Kurbağalıdere).

Y un poco más lejos aún un antiguo puente aún sigue en pie. A pocos kilómetros de la antigua ciudad de Constantinopla, hoy integrado en la trama urbana, el Puente del Sultán Solimán o Puente de Büyükçekmece permite franquear el lago del mismo nombre en la antigua Via Egnatia. Es con diferencia el puente más vetusto de la ciudad. Fue encargado en 1565 por el sultán Solimán el Magnífico al célebre arquitecto Sinán. Para su construcción se empleó a los más reputados canteros de Edirne que trabajaron los bloques de roca caliza proveniente de Hadımköy uniéndolos con plomo fundido.

El Puente de Solimán (fuente Büyükçekmece Belediyesi)

El Puente de Solimán (fuente Büyükçekmece Belediyesi)

Había existido otro puente en el mismo emplazamiento, por el que había transitado el embajador austriaco Busbecq doce años antes, maravillado ante la belleza del paraje, pero por esa época se encontraba en ruinas. 

El puente de Sinán consta de cuatro secciones unidas entre sí sobre isletas artificiales. En total tiene una longitud aproximada de 635 metros y una anchura de 7 metros. Se encuentra especialmente reforzado por la cara que da al mar, ya que al parecer fue por ese lado por la que colapsó el anterior puente, y cuenta además con dos miradores.

Puente de Büyükçekmece en un grabado anónimo del s.XVIII

Puente de Büyükçekmece en un grabado anónimo del s.XVIII

Se encuentra además en un entorno que cuenta con una mezquita y una fuente ornamental, también del s.XVI. Es sin duda uno de los puentes más logrados del arquitecto Sinán, quien firmó al menos otros once en diversas partes del imperio. En la propia tumba del arquitecto su discípulo Sai Mustafa Çelebi elogió el puente de Büyükçekmeçe comparando sus arcos con “la Vía Láctea en la bóveda celeste”.

Casualidades del destino, cuando todavía se estaba rematando, el puente vio pasar la comitiva fúnebre del propio sultán Solimán, que había fallecido durante el sitio de Szigetvár.  Conmovido, el propio Sinán compuso unos versos a quien había sido su mecenas y protector: 

Al final de su vida mandó construir un puente el piadoso sultán
para que marcase siempre el recto camino de quienes tienen fe
porque es el Mundo un puente que cruzan los mortales
y ni mendigos ni gobernantes dichosos en él se quedarán […]

El puente estuvo en funcionamiento hasta entrado el s. XX, y en 1989 fue sometido a una exhaustiva renovación.

PUENTES IMAGINADOS

Medio siglo antes de la construcción del puente de Solimán, en el año 1500, el sultán Bayaceto II había recibido una enigmática carta que entre otras cosas decía:

Ha llegado a oídos de vuestro humilde servidor que tenéis la intención de levantar un puente desde Estambul hasta Gálata, pero que no lo habéis podido realizar hasta ahora porque no habéis encontrado a un hombre capaz de hacerlo. Yo, vuestro humilde servidor, sé como realizarlo […] 

carta de Leonardo da Vinci al sultán Bayaceto II

carta de Leonardo da Vinci al sultán Bayaceto II

La firmaba un tal Leonardo Da Vinci, y en ella prometía que podría diseñar un puente tan alto que nadie pudiera sobrepasar. Algunas leyendas no comprobadas vinculan de una u otra manera a Leonardo con Estambul. Algunos afirman que el genio toscano ya había estado a punto de convertirse en el retratista del sultán Mehmet II el Conquistador. Otras sostienen que pretendía incorporarse a la corte de Bayaceto II como artista e ingeniero. Lo cierto es que esta carta, redescubierta en Estambul en 1952, sugiere que tal vez haya algo de cierto en esas leyendas.

El manuscrito L, f. 66 r contiene el diseño de un puente de 240 m de largo por 23 m de ancho y 40 m de altura sobre el agua en su punto mas alto, para permitir el paso de embarcaciones a vela. Según algunos expertos, Leonardo se adelantó 300 años a los principios teóricos necesarios para el cálculo de es tipo de estructuras. El puente estaba destinado a ser el más grande de su época, pero fue finalmente desechado por el sultán sin que sepamos la razón, tal vez por lo costoso de su ejecución, aunque hay en Turquía quien afirma que fue rechazado simplemente por ser un proyecto imposible, una especie de ardid apoyado por Venecia para poner en entredicho el prestigio del Imperio.

Proyecto de Leonardo da Vinci para un puente en el Cuerno de Oro

Proyecto de Leonardo da Vinci para un puente en el Cuerno de Oro

Según algunos autores el sultán Bayaceto habría ofrecido a otro artista italiano, en este caso Miguel Ángel, realizar el proyecto. La historia está envuelta en brumas, si bien sirve como punto de partida para una interesante novela de Mathias Enard,  en la que aparece un joven Miguel Ángel por las calles del Estambul otomano.

El proyecto cayó en el olvido hasta que fue rescatado en los años 50. Ya en el s.XXI el artista noruego Vebjørn Sand construyó una pasarela inspirada en este puente de Leonardo en un pueblo cerca de Oslo. En lugar de piedra se empleó acero y madera de pino, y sus dimensiones son mucho más pequeñas que las originales.

Recreación del puente de Leonardo sobre el Cuerno de Oro (fuente: diario Sabah)

Recreación del puente de Leonardo sobre el Cuerno de Oro (fuente: diario Sabah)

El proyecto ya había despertado la curiosidad de otros ingenieros y arquitectos, cuando en 2012 el por entonces aún Primer Ministro Erdoğan anunció que un grupo internacional financiaría por fin la construcción del puente de Leonardo sobre el Cuerno de Oro.

Parece que el puente será enteramente peatonal, aunque se permitirá el paso de ambulancias en casos de urgencia. Mientras se hace realidad, otro proyecto holandés pretende construir el puente de Leonardo en hielo, en una pequeña aldea de Finlandia.

PUENTES MODERNOS SOBRE EL CUERNO DE ORO

Desde finales del s.XVIII los sultanes cada vez pasaban menos tiempo en el palacio de Topkapı, juzgado demasiado incómodo y anticuado, y empezaron a preferir las residencias al borde del Bósforo en el barrio de Beşiktaş, embarcados en una especie de mudanza a cámara lenta que culminaría en el cambio definitivo de residencia oficial con la construcción del palacio de Dolmabahçe a mediados del s.XIX.

El Puente de la Caridad, E. Flandin, s.XIX

El Puente de la Caridad, E. Flandin, s.XIX

Para facilitar el tránsito entre ambos emplazamientos el sultán reformador Mahmud II ordenó construir en 1836 un puente sobre el Cuerno de Oro. Llamado Puente de la Caridad (Hayratiye Köprüsü) sería el primero de una serie de puentes modernos, algunos de los cuales fueron cambiando de emplazamiento a lo largo de los años, como si de piezas de juguete se tratarn.

El Puente de la Caridad, construido enteramente en madera, unía los barrios de Unkapanı y Azakapı, y aparece en numerosos grabados de la época. Se mantuvo en pie hasta la década de los 70 del s.XIX, cuando fue sustituido por uno nuevo de hierro, que a su vez fue dio paso en 1912 al puente que hasta entonces había estado en la entrada del Cuerno de Oro.

Puente de la Caridad, grabado de W.H. Bartlett

Puente de la Caridad, grabado de W.H. Bartlett

Este último puente quedó en un estado lamentable tras una violenta tormenta en 1936, y hubo de ser sustituido por uno nuevo, que actualmente sigue en pie, conocido como Puente Atatürk o Puente de Unkapanı. Recientemente se ha anunciado que con la construcción de un túnel bajo el Cuerno de Oro el Puente Atatürk será desmontado.

Un poco más hacia el interior del estuario se tiene noticia de otro misterioso puente que a mediados del s.XIX unía los barrios de Ayvansaray y Piripaşa. Se aprecia en un grabado de Preziosi, y Téophile Gautier lo menciona en 1853, afirmando que había sido construido recientemente por un rico armenio. Se sabe que era conocido como el Puente de los Judíos, tal vez porque también unía dos barrios tradicionalmente judíos: Balat y Hasköy. Al parecer este puente fue destruido poco tiempo después por los barqueros del Cuerno de Oro, que habían visto peligrar su modo de vida.

Puente sobre el Cuerno de Oro. Grabado de Thomas Allom

Puente sobre el Cuerno de Oro. Grabado de Thomas Allom

En la actualidad en ese mismo emplazamiento se encuentra, cerrado al tráfico y en un estado bastante penoso, el puente que hasta 1992 estuvo en la boca del estuario, y un poco más allá el Puente del Cuerno de Oro (Haliç Köprüsü) construido en 1974 como complemento al primer puente sobre el Bósforo.

Recientemente un nuevo puente se ha sumado al exclusivo club de puentes estambuliotas: el Puente del Metro del Cuerno de Oro (Haliç Metro köprüsü). Diseñado por Hakan Kıran y Michel Virlogeux. Su construcción no estuvo exenta de polémica, debido a su excesiva altura, su para muchos desacertado concepto, y por el hecho de que la estación de metro se encuentre justo en su punto medio en vez de haber optado por una estación más funcional en cada extremo. Como veremos después, no es el único puente polémico de estos últimos años.

EL PUENTE DE GÁLATA

Pero sin duda el puente más importante sobre el Cuerno de Oro es el llamado Puente de Gálata, durante mucho tiempo el puente por antonomasia en Estambul. Para John Freely, autor de la célebre guía Strolling through Istanbul, el Puente de Gálata es el lugar por donde todo turista debería empezar su visita a la ciudad. Ningún lugar mejor, afirma, “para percibir la intimidad que esta ciudad tiene con el mar, y para entender cómo su situación marítima ha forjado su carácter y su historia”.

El primer puente en ese emplazamiento se construyó en 1846, tal vez en el mismo punto donde desde el s.VIII hasta el s.XV se había extendido una enorme cadena que permitía a los bizantinos proteger sus puertos. Al igual que su compañero el Puente de la Caridad, el primer Puente de Gálata fue edificado sobre pontones flotantes anclados al lecho marino, y para cruzarlo había que pagar un peaje, una práctica que duraría hasta 1930. Su puesta en marcha suponía una muestra más de los esfuerzos imperiales por modernizar la ciudad, reflejados en el gran Plan de Ordenación Urbana del año 1839.

Puente de Gálata a finales del s.XIX

Puente de Gálata a finales del s.XIX

Este primer puente de Gálata estuvo en activo hasta 1863, año en que fue reemplazado por otro, también de madera, como parte de los trabajos de mejora de las infraestructuras previos a la visita de Napoleón III a Estambul. Pero no duraría mucho, pues en 1875 fue sustituido por otro, que se inauguró con gran algarabía y se mantuvo hasta 1912, año en que fue desplazado varios cientos de metros agua arriba para ocupar el lugar del antiguo Puente de la Caridad, y a su vez fue sustituido por un puente de última generación, fabricado en hierro por una empresa alemana, y preparado para soportar todo tipo de tráfico rodado y de tranvías. Aunque se convirtió en emblemático, dificultaba el paso de las aguas y pudo haber contribuido al problema de la contaminación en el Cuerno de Oro. Este último puente estuvo en pie hasta 1992, cuando un incendio de origen desconocido dañó gravemente su estructura y hubo de ser sustituido en 1994 por uno nuevo, el actual y quinto puente en el mismo emplazamiento. El puente de 1912 yace hoy en día unos kilómetros hacia el interior del estuario, entre los barrios de Ayvansaray y Hasköy, cerrado al tráfico e incluso roto, se abre sólo ocasionalmente para la celebración del algún evento en el vecino parque de Haliç.

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El puente de Gálata con la torre de Gálata al fondo

Durante mucho tiempo el Puente de Gálata unía, o tal vez habría que decir, acentuaba la separación entre dos mundos bastante diversos. Y es que a pesar de estar en el mismo continente, Gálata mantuvo siempre una identidad urbana propia, diferente de la de Estambul. Ya en el s.VI había sido brevemente bautizada como Justinianópolis, esbozando un carácter de ciudad autónoma. Con su transformación en colonia genovesa en el s.XIII las diferencias se volvieron más marcadas. Hubo incluso momentos, como en 1348 y 1382, de “guerra civil constantinopolitana”, con ambas orillas, genoveses y bizantinos a la cabeza, enfrentadas en duros combates terrestres y marítimos.

El puente de 1912

El puente de 1912

Con la conquista turca Gálata mantuvo su personalidad distintiva, y a pesar de que en las dos orillas había amplias poblaciones tanto de musulmanes como de cristianos y judíos, no eran extraños los recelos entre los habitantes de uno y otro lado. La aristócrata Lady Montagu, residente en Constantinopla, señalaba a mediados del s.XVII que Gálata parecía una ciudad europea, y que pocos de sus habitantes se aventuraban a cruzar a Estambul, sobre todo las mujeres, ya que para hacerlo debían cubrirse el rostro con un velo.

Por otra parte, para muchos habitantes de Constantinopla, Gálata, con sus cientos de tabernas, era nido de todo tipo de vicios inmundos. El cronista otomano Evliya Çelebi afirma, en la misma época que Lady Montagu, que la ciudad de Gálata estaba llena de infieles, y que su población era “indómita por naturaleza y aficionada al libertinaje”, frecuentadora de unas tabernas que sólo podían ser descritas con la palabra “tentación”. Ya a finales del s.XIX, el escritor turco Ahmet Ihsan Tokgöz recordaba así las impresiones de su propia abuela,  quien además seguía empleando un término clásico del mundo islámico para referirse a Europa Occidental:

Como otras mujeres de su época, mi abuela no consideraba a Gálata y Beyoğlu como parte de nuestro país. Cuando se enteró de que había cruzado al otro lado [del puente] con mi primo, dijo lamentándose “¡ay, se han llevado al niño a Frengistán!”.

Aunque la construcción del puente contribuyó a agilizar la comunicación entre una y otra orilla persistía cierto hermetismo. Edmondo de Amicis veía así en el último tercio del s.XIX la impermeabilidad de ambos mundos:

Las noticias de los acontecimientos de Europa, que por Gálata y Pera circulan vivas, claras, detalladas y comentadas, no llegan a la otra orilla sino incompletas y confusas, como un eco lejano. La fama de los hombres y de las cosas más grandes de Occidente se detiene ante ese minúsculo brazo de mar como ante un obstáculo insuperable; y sobre el mismo puente por donde pasan cien mil personas al día, no pasa cada diez años ni una sola idea.

Muchos viajeros europeos, especialmente en el s.XIX, encontraban sobre el Puente de Gálata ese Oriente confuso y embriagador que anhelaban. galata escLa descripción de la variedad de gentes que en él se daban cita se convirtió en un cliché de la literatura de viajes. Veamos lo que escribía en 1889 el viajero murciano José María Servet, un texto que hemos elegido por estar escrito originariamente en nuestra lengua, pero que presenta una factura similar a la de muchas otras obras de la época:

Tras un grupo de mozos de cuerda turcos que pasan corriendo encorvados bajo enormes cargas, avanza la carroza incrustada de nácar y marfil de una dama armenia; al lado de un beduino envuelto en su blanco albornoz y de un arrogante turco con turbante de muselina y cafetan azul, cabalga un joven griego seguido de un derviche con su gran sombrero cónico y su túnica de pelo de camello, apartándose para dejar paso al carruaje de un embajador europeo precedido de un correo cubierto de galones. Apenas ha desaparecido este cortejo, se encuentra el espectador en medio de un grupo de Persas con sus puntiagudos gorros de astrakán; después viene un judío vestido con una especie de saco amarillo abierto por los lados, una bohemia desgreñada llevando a la espalda, metido en un saco, a un chiquillo sucio, un sacerdote católico con su bastón y su breviario; mientras en medio de un gentío confuso de griegos, armenios y turcos aparece un eunuco a caballo abriendo paso a una carroza turca conteniendo las mujeres de un harem vestidas de violeta y verde, envueltas en grandes velos blancos.

En variado tropel desfilan albaneses armados hasta los dientes, tártaros vestidos de zamarras, turcos montando asnos pomposamente enjaezados, circasianos de caras siniestras enseñando puñales y cuchillos entre los pliegues de sus largos cafetanes, sirios con trajes en forma de dalmática bizantina y cubierta la cabeza con un pañuelo de gasa rayada de oro, búlgaros vestidos de grosero sayal, griegos del archipiélago luciendo bordados, botonaduras, brillantes y joyas, georgios, servios, montenegrinos, valacos, cosacos, egipcios, tunecinos y
chinos con sus vestidos nacionales. Junto a la hermana de caridad de un hospital de Pera, la esclava africana de negro rostro; al lado del padre capuchino de reluciente cráneo, el turbante de un ulema, la blanca túnica del imam, el velo flotante del pope armenio, la severa sotana del jesuíta, el peregrino recién llegado de la Meca con un talismán colgado al cuello, el derviche de pálido rostro y el dominico de blanco ropaje.

Foto de S. Güner (fuente wowturkey.com)

Foto de S. Güner (fuente wowturkey.com)

Fijándose con más detención, se pueden observar en la confusión mil incidentes raros. Un eunuco lanza ojeadas furiosas a un cristiano que ha mirado con demasiada curiosidad el coche de su señora; una cocotte francesa, vestida según el último figurín, se esfuerza en atraer al hijo de un pacha enguantado y reluciente de alhajas; una dama de Stambul finge arreglar su velo para enseñar a un grupo de distinguidos extranjeros sus peregrinos encantos o para asombrar a la europea que la contempla llena de curiosidad; un charlatán trazando en la cara de un infeliz algún signo cabalístico que debe curarle todos sus males mediante unos cuantos sueldos; una familia de touristas cuyos miembros, separados por la multitud, gritan llamándose asustados y en tanto por el centro del puente van cruzando camellos, caballos, coches, carretas, recuas de asnos, bueyes y batallones de soldados a paso de ataque, quedos paseantes contemplan encantados deteniendo su marcha un instante.

El regimiento Ertuğrul sobre el Puente de Gálata. Óleo de Fausto Zonaro (1901)

El regimiento Ertuğrul sobre el Puente de Gálata. Óleo de Fausto Zonaro (1901)

En medio de la barahúnda los desposeídos de la ciudad, muchos de ellos enfermos, encontraban el lugar idóneo para ejercer la mendicidad. El diplomático Charles de Moüy se refería a ellos en estos términos:

[…] ¡extraña corte de los milagros en el lugar más hermoso del universo! […] todo un mundo de harapientos, de enfermos, de pobres diablos con aspecto lamentable, de ciegos y de imbéciles. Heridas abiertas, llagas espantosas, miembros resecos, dislocaciones incomprensibles, jorobas y amputaciones, todas las contorsiones del esqueleto humano se exponen a plena luz del sol. Pero sobre todo hay ciegos, pobres desgraciados, ¡ciegos delante del Bósforo!

La confusión que reinaba creaba también un entorno propicio para otro tipo de actividad menos deseable: el crimen. No eran extraños los asesinatos sobre el puente, incluso a plena luz del día, aprovechando el caos que imperaba.

Así, en septiembre de 1898, fue asesinado a tiros, a manos de un sicario albanés, Ibrahim Cavid Bey, hijo del gran visir Halil Rifat Paşa, un crimen que dio lugar a todo tipo de elucubraciones. Y también cayó abatido mientras cruzaba el puente el periodista de origen albanés Hasan Fehmi, cuya muerte se considera uno de los detonantes de los incidentes de marzo y abril de 1909 que terminarían con el derrocamiento del sultán Abdul Hamid II.

El incendio que acabó con el Puente de Gálata en 1992

El incendio que acabó con el Puente de Gálata en 1992 (fuente wowturkey.com)

Grandes páginas de la literatura turca fueron concebidas en las cafeterías y tabernas que solía haber en el piso inferior del antiguo Puente de Gálata, establecimientos que frecuentaron autores como Nazim Hikmet, Yaşar Kemal, Sait Faik o Nedim Gürsel. Además el propio puente sirvió de inspiración a numerosos poetas y novelistas, como muestra el escritor Refik Durbaş en un interesante estudio sobre la vida literaria en este escenario tan singular.

Jóvenes limpiabotas en el puente en los años 30. Foto de Orhan Uzun (fuente wowturkey.com)

Jóvenes limpiabotas en el puente en los años 30. Foto de Orhan Uzun (fuente wowturkey.com)

Así, el puente es protagonista en poemas de Sait Faik Abasıyanık o el de Orhan Veli con cuyos versos abrimos esta entrada. En otras ocasiones la atención se situaba en los humildes trabajadores que ejercían sobre el puente: porteadores, vendedores ambulantes, pescadores, etc. Por ejemplo Fazıl Hüsnü Dağlarca dedica un poema a un zapatero remendón que trabajaba en uno de los arcos inferiores, y el propio Sait Faik hizo protagonista de uno de sus cuentos al popular Ömer “el Alto”, un gigante de más de 2,25m que vendía lotería en el piso inferior del puente en los años 40. En ocasiones el puente aparece en la literatura como un símbolo claro del vínculo y la separación entre tradición y modernidad, como es el caso en la primera novela de Orhan Pamuk, Cevdet Bey e hijos (Cevdet Bey ve oğulları), o la popular Fatih-Harbiye, de Peyami Safa, convertida recientemente en una exitosa serie de televisión.

También el cine ha retratado al Puente de Gálata en numerosas ocasiones, y no sólo el cine turco:  Desde Rusia con amor (1963), de Terence Young o La chica del puente (1999), de Patrice Leconte son algunos de los muchos títulos europeos que han llevado al espectador hasta este paraje estambuliota.

Sean Connery y Daniela Bianchi sobre el puente de Gálata durante el rodaje de "Desde Rusia con amor"

Sean Connery y Daniela Bianchi sobre el puente de Gálata durante el rodaje de “Desde Rusia con amor”

En algunos casos el puente desempeña un papel crucial en la trama, como en el intenso melodrama Vesikalı Yarim (1968), de Lütfi Akad, una de las cumbres del cine turco. En él se narra el encuentro de dos personajes muy dispares: Sabiha, una sofisticada prostituta de Beyoğlu (Gálata) y Halil, un modesto verdulero de la ciudad vieja. La apertura del puente levadizo obliga a Halil a quedarse una noche junto a Sabiha y ahí surge entre ellos un amor inconcebible. A partir de ese momento el puente los separará más que unirlos, subrayando lo inaccesible de la modernidad para Halil. Un tema similar, y un protagonismo del puente parecido lo encontramos en Ah güzel İstanbul (1981), de Ömer Kavur.

Probablemente la última aparición en el cine del viejo Puente de Gálata de 1912 sea en la película Cuentos de Estambul (Anlat Istanbul, 2005), de Ömür Atay, donde al final los personajes marchan al son del clarinete por un puente roto que ya no une nada, desterrado de su emplazamiento original, y que parece querer reflejar la suerte de sus vidas frustradas.

El Puente de Gálata todavía en la actualidad sigue en cierto modo uniendo dos mundos distintos.

Foto de 1993 poco antes del desmantelamiento del puente de 1912

Foto de 1993 poco antes del desmantelamiento del puente de 1912

Las diferencias entre ambas orillas se han mantenido hasta entrado el s.XXI: hoy la península histórica, pese su vocación claramente turística, sigue concentrando algunos de los distritos más tradicionales de Estambul, donde el peso de la religión se deja sentir con bastante fuerza en la vida cotidiana de muchos de sus habitantes. En cambio las antiguas Gálata y Pera, hoy más conocidas como Karaköy, Tünel, Beyoğlu, Taksim… siguen siendo el centro de la animación juvenil estambuleña, y su altísima concentración de tabernas, bares y discotecas sigue obrando como un magnético “Frengistán” para muchos jóvenes con ganas de diversiones poco piadosas.

En cualquier caso, frente a los nuevos puentes inertes que cruzan el Bósforo, el Puente de Gálata sigue siendo un puente vivo, un lugar donde la gente no sólo transita, sino también trabaja, come y duerme, una pequeña ciudad dentro de la ciudad, como hay tantas otras en Estambul, con sus habitantes insignes y sus códigos de conducta particulares. Dos obras recientes retratan esta febril densidad humana, y aunque todavía no he podido disfrutar de ninguna de las dos, me voy a atrever a recomendarlas, porque sin duda prometen: Planet Galata, un documental interactivo y linear sobre el Puente de Gálata, obra de Florian Thalhofer; y The Bridge: A journey between Orient and Occident, de Geert Mak, un libro de viajes sobre un viaje de tan sólo 500 metros a lo largo del frenético puente. Al parecer Geert Mak da voz a esos habitantes del puente en los que no suelen reparar los turistas y recrea con ellos un mundo palpitante.

PUENTES SOBRE EL BÓSFORO 

En 1973 un rival apolíneo vino a desalojar al dionisiaco Puente de Gálata de su trono de rey de los puentes de Estambul. El Puente del Bósforo (Boğaziçi köprüsü), elegante puente colgante de algo más de un kilómetro de longitud culminaba un anhelo milenario,  desde los tiempos de aquella legendaria y seguramente precaria pasarela que ordenó hacer Darío de Persia con naves de madera. Sin duda un puente tan logrado habría impresionado al bueno de Mandrocles de Samos, sin embargo hay que tener en cuenta que la forma final de esta estructura que hoy nos maravilla es también el fruto de casi un siglo de proyectos.

Fue a finales de la década de los 70 del s.XIX, antes de la guerra ruso-otomana, cuando se empezó a barajar la posibilidad de construir un puente sobre el Bósforo, y también otro entre las islas de Büyükada y Heybeliada en el mar de Mármara. El primer proyecto viable de puente sobre el Bósforo vino de la mano de los ingenieros americanos James Buchanan Eads y A. O. Lambert. El puente planeado se situaría más o menos en el mismo lugar en que se encuentra el actual primer puente (no en vano es el punto más estrecho del Bósforo). De haberse construido habría sido el puente más ancho del mundo en su época.

Proyecto de puente de Arnodin sobre el Bósforo

Proyecto de puente de Arnodin sobre el Bósforo

En 1890 otro proyecto, esta vez francés, fue rápidamente desechado. Pasaría una década antes de que se presentase uno nuevo, también francés, promovido por un consorcio internacional denominado Compagnie Internationale du Chemin de Fer du Bosphore. El proyecto, firmado por el ingeniero Ferdinand Joseph Arnodin, planteaba la construcción de dos puentes: uno en el emplazamiento del actual, rematado con unas torretas de inspiración islámica, y otro, de impresionante factura técnica, desde Sarayburnu hasta Üsküdar. El proyecto se veía como un elemento indispensable de la línea de ferrocarril de Berlín – Bagdad, pero también fue abandonado.

En 1931 el empresario Nuri Demirdağ propuso personalmente a Atatürk la construcción de un nuevo puente sobre el Bósforo, justo al comienzo del mar de Mármara, desde Ahırkapı a Salacak. Este puente tendría una longitud de 2,5km y estaría inspirado en el Golden Gate de San Francisco. Parece que Demirdağ siguió intentando que se aprobase su proyecto hasta 1950, sin éxito. Aunque en 1938 el plan de ordenación urbana de Henri Prost ya preveía la construcción de un puente en el punto más estrecho del Bósforo, las dificultades económicas durante la Segunda Guerra Mundial impidieron su realización.

El Maratón de Eurasia es el único momento en que se puede cruzar el Bósforo a pie (fuente Turkish Airlines)

El Maratón de Eurasia es el único momento en que se puede cruzar el Bósforo a pie (fuente Turkish Airlines)

En 1951 el arquitecto alemán Paul Bonatz presentó un nuevo proyecto, pero no sería hasta 1957, durante el mandato de Adnan Menderes, cuando se empezó a considerar seriamente la posibilidad de hacerlo. El diseño final correría a cargo de los ingenieros británicos Gilbert Roberts y William Brown.

El Puente del Bósforo se convirtió inmediatamente en un icono de la ciudad de Estambul y de toda Turquía, reproducido en infinidad de formatos y alimentando la popular metáfora de la que ya hemos hablado. Su inconfundible estampa aparece también en multitud de películas, entre las cuales las más famosas, y recientes, tal vez sean la ya mencionada Cruzando el puente (2005) de Fatih Akın, documental sobre el panorama musical en Estambul, y Köprüdekiler (‘Los hombres del puente’, 2009) de la directora Aslı Özge, que narra las historias de tres hombres, un policía, un taxista y un vendedor ambulante, que trabajan sobre el puente.

En 1988 se inauguró un segundo puente sobre el Bósforo bautizado como Puente de Sultán Mehmet el Conquistador (Fatih Sultan Mehmet köprüsü). En el momento de su inauguración era el 5º puente colgante más largo del mundo. A pesar de no estar abierto para el paso de peatones, parece que se ha convertido, junto a su hermano el primer puente, en el lugar elegido por muchas personas desesperadas que desean quitarse la vida. El gobierno municipal ha tomado medidas para evitar estos trágicos sucesos, pero por desgracia siguen produciéndose.

Cartel del filme "Los hombres del puente"

Cartel del filme “Los hombres del puente”

Y pronto se abrirá al público el tercer puente sobre el Bósforo, con el que iniciamos esta entrada. Con una longitud de 1,4 km, el nuevo puente bautizado Puente Yavuz Sultan Selim tendrá ocho carriles para vehículos y dos vías para el ferrocarril. Ha sido completado en un tiempo récord, apenas tres años, aunque no se abrirá al tráfico hasta el mes de agosto de 2016.

Este tercer puente estuvo envuelto en polémica desde el principio. Numerosas asociaciones se opusieron a él, aduciendo que en lugar de solucionar el problema del tráfico no hará sino incrementarlo. Se criticó asimismo el tremendo impacto que ha supuesto la construcción de una autopista en medio de la última mancha forestal de la región de Estambul, algo que ya mencionamos en la entrada dedicada a los árboles de la ciudad, así como el aparente desinterés de las autoridades por los interesantes hallazgos arqueológicos que salieron a la luz durante las obras. También fue muy controvertida la elección del nombre, ya que al sultán Selim, que gobernó en el s.XVI, se le atribuyen extensas matanzas de alevíes, una minoría religiosa que en la actualidad no parece encontrarse en buena sintonía con el partido gobernante AKP.

Sin embargo contra todo pronóstico el Yavuz Sultán Selim ya está construido, y no será la única obra faraónica que se inaugure durante estos años: están en marcha otros megaproyectos como el túnel submarino Marmaray (ya completado), el tercer aeropuerto de Estambul, el Túnel Eurasia, o el Canal de Estambul, bautizado por las propias autoridades turcas como el “proyecto loco”.

Bibliografía

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Los turcos en la literatura española del Siglo de Oro

A finales del s.XVI y principios del s.XVII España y el Imperio Otomano se disputan el predominio material y espiritual del mundo. La lucha por el control del Mediterráneo y de Europa oriental se escenificaba en diversos frentes e impregnaba la vida política y cultural de todo el continente. Surgidos en el horizonte europeo tan sólo un par de siglos antes, los turcos se habían convertido en parte de la vida cotidiana, un elemento de referencia distante pero a la vez familiar, un espejo cuya imagen deformada sirvió para reafirmar los valores sacudidos por una época de gran convulsión. El turco era el Otro por excelencia del mundo cristiano civilizado.

En España su poderío llevaba varias décadas causando tanta inquietud como asombro y fascinación. La llegada de los Habsburgo al trono de los Reyes Católicos había proporcionado por primera vez una frontera común a ambos imperios en las llanuras de Hungría. En 1518 entran en contacto de forma más directa cuando Barbarroja, convertido en sultán de Argel, se pone bajo la tutela de Constantinopla. En 1527 Carlos V reúne a las Cortes en Valladolid para tratar la importancia del avance turco, recientemente vencedor en Mohács. El Imperio Otomano ingresaba así de lleno en la agenda política de la monarquía hispánica. En los años siguientes los turcos llegaron a ocupar la mayor parte de Europa oriental y la Berbería hasta los confines de Marruecos. Sus corsarios acosaban las costas mediterráneas de la península, e incluso en ocasiones las atlánticas. La amenaza turca era una realidad palpable para los españoles.

Sitio otomano sobre Viena en el s.XVI

Sitio otomano sobre Viena en el s.XVI

Se despierta entonces una gran curiosidad por conocer mejor a aquel temible enemigo que en tan pocos años había logrado victorias tan contundentes. Hasta entonces en España no se había considerado a los turcos como muy diferentes de los propios musulmanes que vivían en la península. Cuando los geógrafos e historiadores acudieron a sus propias obras no encontraron información relevante sobre ellos. Las crónicas de Muntaner y Desclot acerca de las expediciones aragonesas y catalanas al Levante habían caído en el olvido. También estaba casi olvidada la obra de Ruy Gonzalez de Clavijo, que había visitado tierras turcas a principios del s.XV.

El conocimiento español sobre los turcos era pues muy limitado, al contrario que en otros países europeos que llevaban varias décadas de contactos militares, comerciales y diplomáticos con la Sublime Puerta. Para paliar estas carencias a partir de la segunda mitad del s.XVI se empezaron a publicar en español  diversas obras documentales que abordaban aspectos militares, históricos y sociales de los turcos, algunas de ellas traducidas, como el Commentario de las cosas de los turcos (1543) de Paolo Giovio, la Historia de los turcos (1555) de Vicente Roca, o la obra de Vasco Díaz Tanco publicada con el amistoso título de Palinodia de la nephanda y fiera nación de los Turcos (1547).

Una constante en estas obras es la elucubración acerca del origen de los turcos. Su ausencia en las fuentes clásicas desconcertaba a los autores, y daba lugar a extravagantes teorías que identificaban a los turcos con los escitas o con los troyanos (llamados “teucros” en los textos griegos). Sobre su nombre Díaz Tanco avanzaba algunas hipótesis fantasiosas que ya preludiaban uno de los rasgos que caracterizarían a los turcos literarios en España:

 Algunos [historiadores] dicen que este nombre turco se dice a torquendo; o a tortura por los tormentos que dan a los tristes que en sus manos caen. Y otros dicen que a trux trucis, porque su gran crueldad es excesiva […]

En general estas obras mostraban admiración por los vastos territorios y las inconmensurables riquezas a disposición del Gran Turco, así como por el rápido ascenso de la dinastía otomana. También el ejército era objeto de sus elogios. Se ensalzaba su disciplina, el rigor de sus reglamentos, el valor con que se desempeñaban los jenízaros en el campo de batalla e incluso el respeto que mostraban a la población civil de las tierras que invadían.

Victoria de los Habsburgo sobre los otomanos cerca de Budapest en 1603 (grabado de Matthäus Merian el Joven)

Victoria de los Habsburgo sobre los otomanos cerca de Budapest en 1603 (grabado de Matthäus Merian el Joven)

No obstante la mayoría de autores achacaban a los turcos multitud de vicios. Señalaban su crueldad, su lujuria, su falta de palabra y su fe ciega en una religión falsa y perniciosa, defectos que, como veremos, retomarán más tarde las obras literarias. Se les acusaba de todo tipo de tropelías. Una obra de 1510 los tacha de “trocadores, crueles y homicidiosos y en toda lujuriosa bruteza y deshonestidad envueltos”. Se alertaba del peligro que suponía su avance y Pedro Mexía los llega a calificar de “azote de Dios para castigar y enmendar al pueblo cristiano”.

A lo largo de todo este periodo el tema turco va colonizando también el espacio literario hispánico. Al principio los turcos suponían más una preocupación política que literaria y su presencia en las letras españolas es más bien esporádica. Garcilaso de la Vega los combatió pero apenas les dedica espacio en sus obras, tan sólo los menciona brevemente en su égloga II. Asimismo se encuentran totalmente ausentes en la obra de Hernando de Acuña y de Diego Hurtado de Mendoza. En la lírica tan sólo Cristóbal de Castillejo los convierte en materia literaria. Un poco más adelante Fray Luis de León trae a los turcos a las páginas de De los nombres de Cristo (1589), pero tan sólo para realizar una reflexión puramente religiosa sobre la expansión del cristianismo amoroso frente al belicoso islam.

En las novelas de caballerías aparecen con más frecuencia, ya desde el propio Tirante el Blanco (1490). En el Palmerín de Oliva (1525) entra en escena por vez primera en la literatura española el Gran Turco, que es retratado como un “lascivo, codicioso de hermosas doncellas”.

En el teatro el tema turco se inaugura con la Farsa dicha turquesana contra el Turco muy galana (1529) atribuida a Hernán López de Yanguas. Se trata de una obra muy imbuida en el espíritu de cruzada, en la que el cristianismo resulta finalmente vencedor, tras superar numerosos apuros y vicisitudes.

En esta primera época sólo las crónicas rimadas sobre las gestas de Carlos V incluyen de forma sistemática a los turcos, como La Carolea (1560), de Jerónimo Sempere; o Carlo Famoso (1566) de Luis Zapata de Chaves.

Batalla de Lepanto

Batalla de Lepanto

En cualquier caso en este primer momento los turcos de la ficción tan sólo aparecen en contextos de marcado carácter documental e histórico, generalmente como un medio para ensalzar las gestas de los héroes (históricos o caballerescos) a los que se pretende encumbrar literariamente. No es hasta después de las victorias de Malta (1565) y Lepanto (1571) cuando los autores españoles empiezan a incorporar a los turcos a la ficción literaria plena. En una época en la que triunfa una literatura de evasión y de ensueño (novela morisca y caballeresca, poemas épicos) Albert Mas, autor de un magno estudio sobre este tema, sostiene que los turcos representaban para los españoles una realidad demasiado amarga como para prestarse a una idealización o plegarse a convenciones literarias.

EL VIAJE DE TURQUÍA 

Sin embargo, en esos mismos años se iba a concebir en España una obra original y única, una obra que por su innovador tratamiento del tema turco y su espíritu profundamente humanista tardó casi tres siglos y medio en ver la luz. Nos referimos al Viaje de Turquía (1557).

No sólo desconocemos quién fue su autor (ha sido atribuido entre otros a Cristóbal de Villalón y al doctor Andrés Laguna), sino que ignoramos también si éste estuvo alguna vez realmente en Turquía, ya que gran parte de los pasajes de la obra se basan en fuentes librescas perfectamente identificables. Su originalidad reside sin embargo en el retrato lúcido y ecuánime de la organización social y las costumbres de los turcos, y en el uso que se hace de ese retrato para sacar a la luz y censurar, mediante un humor típicamente erasmista, vicios identificados como españoles, como la incredulidad irracional, la soberbia, la hipocresía religiosa, la impericia de los médicos, y muchos otros que pueden tal vez explicar por qué la obra permaneció tanto tiempo inédita.

Plano de Estambul obra de Matrakçi, realizado veinte años antes que el Viaje de Turquía

Plano de Estambul obra de Matrakçi, realizado veinte años antes que el Viaje de Turquía

El Viaje de Turquía es la narración de un cautivo, Pedro de Urdemalas, que tras huir de Constantinopla relata a dos compatriotas sus peripecias de cautiverio y las costumbres de los otomanos, las cuales compara constantemente con las españolas. Sin dejar de ocultar los vicios frecuentemente atribuidos a los turcos, que detallaremos más adelante, no escatima espacio para hablar bien de todas sus virtudes. En cierto modo parece que trata de hacer ver a los españoles que podrían aprender mucho de los turcos.

Desde el punto de vista militar admira su disciplina, su sobriedad y su buena conducta. Elogia también su forma de administrar la justicia, que no distingue entre judíos, cristianos y musulmanes, y que se conduce con gran agilidad, como irónicamente comenta:

Allí no hay pleitos de treinta años y cuarenta como acá, porque niegan haber más de un infierno; y si eso tuviesen, eran obligados a confesar dos.

La tolerancia religiosa de los otomanos le hace añorar, si bien tibiamente, el espíritu español de las tres religiones, aunque también es consciente de la discriminación que sufren (los cristianos y judíos tienen más restricciones vestimentarias y pagan más impuestos). En cualquier caso el Viaje de Turquía ofrece una visión ideológica muy diferente a toda la propaganda antiturca que prolifera en Europa por esas fechas.

La obra sorprende por la riqueza de su documentación. Aunque contiene algunos errores e imprecisiones notables, constituye un cuadro vivo y profundo del mundo turco. Describe con precisión las galeras, la vida de los cautivos, los oficios de Constantinopla -sobre todo la profesión médica-, y da información sobre el islam y sobre las costumbres,  ceremonias, indumentaria, precios de las cosas, gastronomía, y otras facetas diversas de la vida turca,

Se detiene en aquellas prácticas que cree que pueden interesar al lector español. Así por ejemplo detalla la cultura de los baños, una costumbre poco conocida en España, y alaba la limpieza de las gentes en Constantinopla:

Una de las cosas que más nos motejan los turcos, y con razón, es de sucios, que no hay hombre ni mujer en España que se lave dos veces de como nace hasta que muere.

Elogia también el desdén de los turcos por divertimentos crueles e inútiles como son los torneos, o los juegos de azar, que consideran “gran vileza y deservicio de Dios, y tiempo malgastado, y daño del prójimo y homicidio de sí mismo”. Explica que tan sólo algunos hombres de mar juegan al ajedrez, y aun estos lo hacen “por pasatiempo, sin dineros”.

Miniatura otomana. Un banquete en palacio.

Miniatura otomana. Un banquete en palacio.

Los hábitos de la mesa ocupan una buena parte de sus observaciones. Algunos resultan irreconocibles actualmente, como cuando afirma que comen “más para vivir que por deleite” ya que lo hacen “con tanta prisa, que parece que el diablo va tras [ellos]”. Sin embargo otros nos pueden parecer mucho más familiares, como cuando menciona platos que aún hoy en día se ven en las mesas turcas. Habla de varias formas de preparar el arroz (pilao, tauc sorba, etc.), cereal que los turcos aprecian especialmente porque creen que los hace fuertes; y especifica que la mayoría de los platos son cocidos, que “ellos llaman sorbas, [que] es como acá diríamos potajes”.

Le llama también la atención la costumbre turca de los rellenos y describe así los platos que modernamente conocemos como yaprak sarma y patlıcan dolması:

Al tiempo de las hojas de parras, usan otro potaje de picar muy menudo el carnero, y meterlo dentro de la hoja de la parra y hacerlo a modo de albóndiga, y cuando hay berenjenas o calabazas sácanles lo de dentro y rellénanlas de aquel carnero picado y hácenlas como morcillas…

Aunque asegura que su amo es “enemigo del pescado y de los huevos”, menciona que los turcos consumen caviar. Del pan dice que es una especie de “tortas que llaman pitas”, y sobre la bebida asegura que en lugar de vino beben sorbetas, que son “aguas confeccionadas de cocimientos de guindas y albaricoques pasados”.

Los lácteos llaman también su atención. Menciona el caimac, que es como “las natas nuestras dulces”, y sobre todo da noticia de una leche agria de la que

comen tanta que no se hartan. […] Esta que acá tenéis por vinagrada estiman ellos más que nuestras dulces natas, y llámanla yagurt. Hay gran provisión de ella todo el año.

La mesa del sultán

La mesa del sultán

En muchos momentos de la obra habla Pedro de Urdemalas de las mujeres turcas y de las relaciones de género sin esconder sus opiniones abiertamente misóginas:

En una sola cosa viven los turcos en razón y es ésta: que no estiman a las mujeres ni hacen más caso de ellas que de los asadores, cucharas y cazos que tienen colgados de la espetera; en ninguna cosa tienen voto, ni admiten consejo suyo.

De ellas le sorprende que cabalgan a horcajadas como los hombres, y que “andan tan galanas o más que aquí”, pero que por la calle “no se las puede conocer porque no puede ir ninguna descubierta sino tan tapadas que es imposible que el marido ni el padre ni el hermano la conozca fuera de casa.” Y en otro pasaje afirma que los turcos son “la gente más celosa que hay, y con razón, porque como por la mayor parte son bujarrones, ellas buscan su remedio”.

Dama turca en un grabado de La Chapelle de mediados del s.XVII

Dama turca en un grabado de La Chapelle de mediados del s.XVII

Toda la obra está además trufada de juicios y observaciones que revelan una gran conciencia lingüística por parte del autor. Se maravilla ante el multilingüismo de la ciudad de Constantinopla, y de lo común que es allí oír el español (a causa tal vez de los judíos sefardíes), aunque de los turcos afirma que no saben muchas letras (“algunos hay que saben arábigo y leen a Avicena, pero tampoco entienden mucho”).

Sobre la lengua turca opina que es “algo oscura, y tiene palabras que se parecen unas a otras”, y asegura que el mismísimo sultán se divierte escuchando a los extranjeros que tratan de hablarlo porque “no hay vizcaíno en Castilla más gracioso que uno que allá quiere hablar la lengua”. En diversos momentos de la obra incluye frases enteras en turco, transcritas en alfabeto latino, como las fórmulas de agradecimiento tras la comida. Él mismo afirma que aprendió turco, y aunque atribuye la soltura que consiguió a la intervención divina, admite que su competencia no es del todo satisfactoria, algo que en ocasiones le da lugar a sabrosos equívocos, como cuando confunde gequier (“azúcar”, moderno şeker), con zequier (“pene”) y en lugar de pedir a la dama que le sirva azúcar para la ensalada le dice que necesita tener un pene encima. Este malentendido en concreto le sirve a Pedro de Urdemalas para concluir, haciendo gala de una fina consciencia intercultural, que “el mejor alcahuete que hay para con las damas es no saber su lengua, porque es lícito decir cuanto quisieras y tiene de ser perdonado”.

En otras ocasiones es la falta de lo que podríamos llamar competencia cultural lo que corrige el propio Pedro de Urdemalas a sus interlocutores, como cuando Juan se sorprende al oír que las mujeres de Oriente son blancas, y Pedro le replica de un modo que puede sonar familiar a más de uno incluso en la actualidad:

¿Qué hace al caso caer al Oriente la tierra para ser caliente, si participa del Septentrión? Constantinopla tiene 55 grados de longitud y 43 de latitud, y no menos frío hay en ella que en Burgos y Valladolid.

La obra se completa con una descripción de la ciudad de Constantinopla y un apéndice que contiene una historia de la dinastía otomana. La descripción de la ciudad se centra sobre todo en el suburbio de Gálata, tal vez por haber sido allí cautivo, y resulta sorprendente y un tanto decepcionante su insensibilidad ante la belleza monumental de la ciudad (“cosas memorables hay pocas” dice antes de afirmar que el mejor edificio de la ciudad es el bazar).

En resumen se trata de una obra excepcional, demasiado original y audaz para su época (y no sólo por su visión del mundo turco, sino también por otras razones formales, como el uso de la primera persona), lo que tal vez la condenó al ostracismo. Aunque en cierto modo se podría considerar precursora de las Cartas persas de Montesquieu (y por ende de las Cartas marruecas de Cadalso), poca gente pudo leerla en su momento, por lo que se puede sostener que su influencia en la literatura posterior fue escasa o directamente inexistente. Sin embargo brilla con luz propia en el panorama literario de temas turcos en el s.XVI por su prolija documentación y su lúcida humanidad.

HACIA LA TURQUERÍA  

Las victorias de Malta y Lepanto cambian radicalmente la imagen de los turcos en España. Si hasta entonces se había percibido al Imperio Otomano como una fuerza casi invencible, a partir de ese momento su fiereza parece haber menguado a ojos de los españoles, algo que se refleja también en las letras. La literatura épica surgida al calor de las derrotas otomanas en el Mediterráneo, así como los nuevos romances de temática netamente turca van integrando poco a poco a los turcos en la ficción literaria, al tiempo que presentan aspectos de su humanidad hasta entonces desatendidos. Ya antes incluso de Lepanto dos novelas preludian un futuro género literario que hará uso de los turcos como recurso argumental. Nos referimos a la Selva de aventuras (anterior a 1569) de Jerónimo Contreras , y El patrañuelo, de Juan de Timoneda.

Por lo que respecta al teatro, otras dos obras normalizan por aquellas fechas la presencia turca en la escena dramática: La destrucción de Constantinopla (1587) de Gabriel Lobo Lasso de Vega, y el Cerco de Rodas, de Francisco Tárrega, piezas en las que se sigue haciendo hincapié en el peligro que representaba el Imperio Otomano.

Comedia del Cerco de Rodas, de Francisco Tárrega

Comedia del Cerco de Rodas, de Francisco Tárrega

Se va fraguando en España un género, que aunque nunca contó con nombre propio, se corresponde en cierta medida a lo que en otros países, especialmente en Francia, se denominó “turquería”. En España no obstante este género presenta rasgos netamente distintos a los del resto de Europa. Si en los demás países la turquería nacía de un marcado gusto por el exotismo y se desarrollaba al calor de la literatura documental, en España el género tuvo que lograr diferenciarse del ya existente exotismo local, representado por el islam peninsular. La confusión entre moros y turcos, sobre todo en un primer momento, es total. Incluso en el Viaje de Turquía Pedro de Urdemalas a la pregunta de si ha sido cautivo de moros responde con un “de turcos, que es lo mesmo.” En los primeros romances de temática turca se caracteriza a los otomanos como si fuesen granadinos (vestidos con corazas marroquíes, almaizares, tejidos de Almería, albornoces verdosos, jaeces, etc.), y del mismo modo los turcos impregnan el romance morisco (por ejemplo en algunos romances se habla de jenízaros en Granada).

Y si la confusión entre moriscos y turcos era común, la de estos con los berberiscos era aún más frecuente. Incluso entre quienes diferenciaban claramente a unos y otros, se solía denominar turco a cualquier súbdito del Imperio Otomano, independientemente de su origen o lengua. A efectos dramáticos, en la ficción española Berbería y Turquía eran realidades en muchas ocasiones intercambiables. Cervantes es autor de un ciclo berberisco y un ciclo turco (representado por El amante liberal y La gran sultana), sin embargo no parece que en ellos esté describiendo mundos diferentes. Aunque en Cervantes aparecen en general bien diferenciados los turcos de los moros, la confusión la subraya uno de los personajes de Los baños de Argel cuando exclama:

Válame Dios ¿qué es esto?
Moros hay en la costa.

A lo que otro replica

Turcos son en conclusión

En definitiva, mientras en Europa los turcos evocaban en la literatura el exotismo, y satisfacían la curiosidad por una religión distinta y unas costumbres sorprendentes; en España se encuentran con un molde literario preexistente que ya cumplía esa función, el morisco, al que se irán superponiendo hasta quedar en un primer plano. El clima literario de finales del s.XVI se presta a la entrada de los turcos en las intrigas de pura ficción. Las tentativas aisladas que hemos mencionado hasta ahora testimonian la existencia de una corriente favorable al empleo de temas más típicamente turcos, corriente a la que, por motivos diferentes, se adherirán Cervantes y Lope y que ganará una gran popularidad en el primer tercio del XVII.

CERVANTES Y LOS TURCOS   

Cuando Miguel de Cervantes regresa de su cautiverio en 1580 los turcos comienzan a ser populares en la literatura de ficción. El Príncipe de los Ingenios también se siente tentado por incorporarlos a sus obras, ya sea porque pretendiese abogar por la causa de los cautivos, o bien porque creía que podía tratar esos temas mejor que ningún otro, ya que había conocido de primera mano a los turcos en Argel.

Mercado de los esclavos en Argel. Grabado holandés de finales del s.XVII

Mercado de los esclavos en Argel. Grabado holandés de finales del s.XVII

Lo cierto es que su experiencia en el cautiverio está presente a lo largo de toda su obra y no se limita al ciclo turco-berberisco. Las evocaciones a Turquía son múltiples tanto en el Quijote como en las novelas ejemplares, las comedias y Los trabajos de Persiles y Sigismunda.

En El trato de Argel el drama de los cautivos está en primer plano, aunque se incluyan otros hilos argumentales menos serios. Lo mismo se puede decir de las comedias Los baños de Argel y La gran sultana, la novela ejemplar El amante liberal y por supuesto el relato del cautivo incluido en la primera parte del Quijote.

El amante liberal  se desarrolla íntegramente en Turquía, y por sus enredos y su forma de abordar el tema del amor y el deseo recuerda mucho a las turquerías italianas de Giraldi Cinthio , aunque también se ha visto en ella una sátira de las novelas bizantinas. Los turcos en El amante liberal son personajes perfectamente integrados en la ficción, su vida y sus costumbres se describen al principio de la obra con bastante detalle y cierto respeto. La obra, eso sí, ofrece un cuadro negativo del sistema administrativo y judicial otomano, carcomido por la corrupción; un juicio que contrasta con el más benévolo del Viaje de Turquía.

Las novelas ejemplares de Miguel de Cervantes

Las novelas ejemplares de Miguel de Cervantes

También la comedia La gran sultana doña Catalina de Oviedo presenta todos los rasgos característicos de una turquería concebida como puro divertimento. La obra nos transporta a Constantinopla, donde el Gran Turco se enamora perdidamente de Catalina, una esclava española a la que ofrece matrimonio. El amor del sultán es tan intenso que accede a la petición de Catalina de permitirle conservar su religión y sus costumbres después de casados. La obra aborda los problemas del poder, de la ortodoxia religiosa, del extrañamiento cultural, y de los límites del amor y el deseo; pero al mismo tiempo está trufada de momentos de gran comicidad.

El Gran Turco de esta obra es un personaje sumamente contradictorio. Por una parte se nos presenta como un soberano cruel y lascivo, pero por otra se pone de manifiesto su alma poética, y termina apareciendo como un soberano indulgente y romántico.

La ambientación cobra un papel muy importante. A pesar de no haber estado nunca en Turquía, Cervantes recrea a partir de fuentes orales la capital otomana y la corte del sultán, con sus fastos y su protocolo. Por el escenario desfilan eunucos, bajáes, el gran cadí, un embajador de Persia… Se muestra un ambiente muy distinto del que caracterizaba al islam español, que ya era mucho más familiar para el espectador de la época. Constantinopla representaba un entorno diferente, la puerta de una Asia desconocida y mágica, un lugar propicio para la maravilla. Aunque la obra no fue representada hasta el siglo XX, su puesta en escena preveía también el uso de un vestuario colorido y extravagante, y de una música oriental.

Vista de Constantinopla. Grabado de Le Blond (1711)

Vista de Constantinopla. Grabado de Le Blond (1711)

En una de sus secuencias finales Madrigal, uno de los personajes, se despide de la ciudad de una forma muy conmovedora, dejando traslucir su admiración y asombro por los maravillosos escenarios en los que ha vivido, pero también la animosidad y el recelo que le inspira el poderío naval otomano:

¡Adiós, Constantinopla famosísima!
¡Pera y Permas, adiós! ¡Adiós, escala,
Chifutí y aun Guedí! ¡Adiós, hermoso
jardín de Visitax! ¡Adiós, gran templo
que de Santa Sofía sois llamado,
puesto que ya servís de gran mezquita!
¡Tarazanas, adiós, que os lleve el diablo,
porque podéis al agua cada día
echar una galera fabricada
desde la quilla al tope de la gavía.

En los versos se reconocen algunos lugares modernos de Estambul, como Pera o Beşiktaş (Visitax); mientras que otros no están del todo claros. Permas (tal vez el barrio bizantino de Perama, o acaso se refiere a las barcazas que cruzaban el Cuerno de Oro). Chifutí puede referirse a Çifut Kapısı, nombre con que era conocido un barrio judío de Constantinopla. Guedí por su parte es más difícil de identificar, tal vez se refiera a la fortaleza de Yedikule.

Como vemos en general Cervantes es muy cuidadoso con la verosimilitud de los personajes y ambientes turcos que incluye en sus obras, aunque tal vez esto se deba a su propia experiencia de cautiverio más que a una tarea expresa de documentación. En sus obras asistimos a diversas escenas de la vida de los turcos, desde el ambiente palaciego y del harén, con su trajín de eunucos, embajadores y visires, a las visitas del sultán a la mezquita de los viernes, sin dejar de lado la gastronomía, que incluye los sorbetes, el arroz pilao y otros platos no menos sorprendentes.

También es interesante el celo de Cervantes al reproducir determinados aspectos de la lengua turca. En su obra se encuentran, salpicadas aquí y allá, numerosas palabras como fende (“señor”, del turco efendi), chauz (“portero”, relacionado con el turco moderno çavuş), chilibí (“caballero”, del turco çelebi) o dabaxí (jefe de una escuadra de jenízaros, del turco odabaşı). En Los trabajos de Persiles y Sigismunda se mencionan ciertos insultos que emplean los turcos contra los infieles: rospeni (“puta” del turco orospu, palabra originariamente griega), denimaniyoc (probablemente de dini imani yok, “sin fe ni religión”), que según explica Cervantes “son palabras y razones turquescas, encaminadas a la deshonra y vituperio de los cautivos cristianos”. A veces incluye frases enteras en turco, como en El trato de Argel, cuando el rey exclama tras ordenar azotar a un cautivo “Yuru ja caur” donde se entiende el moderno turco yürü ya gâvur (“márchate, infiel”), aunque en otras ocasiones lo que pone en boca de turcos y renegados es la lengua franca de los marinos del Mediterráneo, mezcla de italiano, griego, árabe, turco y otras lenguas.

Vista de Argel en el s.XVII

Vista de Argel en el s.XVII

Cervantes, que estuvo a punto de ser conducido a Constantinopla durante su cautiverio (si bien hay quien afirma que efectivamente lo fue), no es ajeno a la turcofobia y la denigración del turco tan frecuente entre los autores de su época. En su caso es incluso más comprensible, no sólo por sus padecimientos en Argel, sino porque durante su carrera militar no conoció más enemigo que el Imperio Otomano. A lo largo de toda la obra cervantina se vislumbra la formulación, tal vez de manera no muy precisa, de un ideal social. En muchas ocasiones, Cervantes parece servirse de los turcos como antítesis de ese ideal que intenta aventurar.

Así en Los baños de Argel se afirma que los turcos se han trastocado en corsarios, en “hombres de nación confusa”. Más que infieles o pertenecientes a otro orden y otra ley, son bárbaros inhumanos que convierten a los hombres en mercancía. También en el Persiles los turcos son presentados de forma cruda. Cervantes les reprocha su lujuria, su hipocresía y su gusto por la sodomía. El juicio crítico de Cervantes sigue suscitando reacciones encontradas incluso en la Turquía del s.XXI. En 2010 una representación de La gran sultana en Estambul fue recibida con gran polémica.

Sin embargo Cervantes también deja entrever bastante respeto e incluso admiración por los turcos. Reconoce la lealtad que muestran en los combates y encomia su desprecio por la traición. Elogia también el poderío otomano y su habilidad política. Y al contrario de muchos otros de sus contemporáneos, en Cervantes no se encuentran palabras de desprecio por el islam. Rechaza la religión por considerarla errónea, pero no la ridiculiza ni la vitupera. Cuando menciona a Mahoma lo hace evitando las expresiones peyorativas que solían acompañar a su nombre en las obras de otros autores.

Por otra parte no deja de apreciar, como muchos otros humanistas, que los turcos sean más tolerantes que los propios cristianos con las demás religiones. Como dice uno de los personajes de Los baños de Argel:

Y aun otra cosa si adviertes,
que es de más admiración
y es que estos perros sin fe
nos dejen como se ve
guardar nuestra religión

Ese mismo humanismo que profesa Cervantes se refleja en otros episodios que revelan un acentuado tacto intercultural, como cuando en El gallardo español un soldado cristiano se despide de uno musulmán deseándole que

Tu Mahoma, Alí, te guarde

A lo que el musulmán le replica con la misma cortesía y a la vez el mismo reconocimiento de las creencias que los separan:

Tu Cristo vaya contigo.

Tal vez el episodio más revelador en este sentido lo encontramos en La gran sultana, cuando Amurates, el Gran Turco, entabla un coloquio con Catalina, la cautiva española que se convertirá en su mujer, y le confiesa que desea tener un heredero con ella que aúne lo mejor de las dos razas. Quiere, dice, engendrar con ella “un otomano español”.

En palabras de Emilio Sola, Cervantes, más que nadie, fue “el que consiguió llevar a la gran literatura la más matizada, variada y sintetizadora de las imágenes del turco y del turco-berberisco, caso único ya no sólo en la literatura española sino también en la literatura europea clásica.”

LOPE Y LA CONSOLIDACIÓN DE LA TURQUERÍA   

Al mismo tiempo que Cervantes aparcaba temporalmente los temas turcos en 1593, Lope de Vega publicaba El favor agradecido, la primera turquería de una larga serie. Si bien algunas de las comedias turquescas atribuidas en algún momento a Lope son hoy en día de autoría dudosa, podemos decir que indiscutiblemente el Fénix de los ingenios escribió unas veinte en las que el tema turco tiene especial preponderancia, ya sea en Turquía o en Berbería. Además en otras diez intervienen brevemente personajes turcos.

Retrato de Lope hacia 1612, atribuido a Eugenio Cagés

Retrato de Lope hacia 1612, atribuido a Eugenio Cagés

A diferencia de Cervantes, para quien los turcos eran una realidad humana, y que se preocupaba por la veracidad o al menos por la verosimilitud de sus tramas turcas; en Lope éstas no son más que un artificio que le permite dar color a un argumento y variar los episodios. Por este motivo Albert Mas considera que en cierto modo es Lope, más que Cervantes, el verdadero creador de la turquería española. Cervantes se limitó a transponer en sus obras su experiencia argelina, mientras que Lope se percató del filón dramático que atesoraban los ambientes y personajes turcos y lo aprovechó sentando las bases de un modelo que él mismo y otros explotarán hasta la saciedad.

Cervantes apenas idealiza la realidad turca, en cambio Lope lo hace a capricho cuando así lo requiere el curso de la narración, los convierte en una convención literaria. En ocasiones las comedias de Lope se inspiran en hechos históricos, como en Lo que hay que fiar del mundo, donde dramatiza la historia de Ibrahim Bajá, el gran visir de Solimán el Magnífico, o La Santa Liga, donde recrea la batalla de Lepanto y se interesa por la vida cotidiana de los turcos. En otras ocasiones las tramas son puramente imaginarias.

A veces la aparición del tema turco es simplemente un recurso dramático para aportar comicidad, o para explicar una larga ausencia a causa del cautiverio, como en el caso del desenlace de El perro del hortelano, que parece inspirado en las turquerías italianas, al igual que El avaro de Molière. El tema de los cautivos reaparecerá en El favor agradecido, Jorge Toledano y La pobreza estimada.

La obra Argel fingido y renegado de amor marca un hito en el que los turcos ya no quedan confinados a los papeles históricos de antaño. Se trata de una auténtica turquería paródica donde en realidad todos los turcos que aparecen son falsos turcos. En la misma línea van La doncella Teodor, La boba para los otros y discreta para sí, y Los Ponces de Barcelona, que parece una parodia del propio género que Lope ha consagrado. En su último acto Lope se ríe de la credulidad de los turcos, encarnados aquí en Barbarroja, cuya obesidad también es objeto de burla.

Pero es probablemente la novela La desdicha por la honra la obra de tema turco más lograda de Lope. La obra se desarrolla en Constantinopla, y de todas las turquerías de la literatura española es la que hace entrar al lector más íntimamente en el ambiente del serrallo. Sabemos que está inspirada en el Nuevo tratado de Turquía, de Sapiencia, y en ella Lope recrea Constantinopla y las costumbres de los turcos con cierto detalle.

Manuscrito de

Manuscrito de “El favor agradecido”, autografiado por Lope en 1593

De todas formas en general la ambientación y la verosimilitud no parecen preocupar demasiado a Lope. Para componer su Bayaceto, Racine realizaría una importante labor documental, entrevistando a numerosos embajadores y viajeros. Lope de Vega en cambio se conforma con la erudición que le aporta la obra de Sapiencia y aun así no hace un uso intensivo de ella. La ambientación es en general (salvo en La desdicha…) vagamente musulmana, pero no expresamente turca. Se percibe el peso de los héroes musulmanes del romancero y de las novelas moriscas, de forma que los turcos no aparecen especialmente caracterizados.

En ocasiones emplea Lope giros lingüísticos específicos para caracterizar a ciertos personajes o para dotarles de comicidad, aunque en general los personajes turcos y moros se confunden y lo mismo ocurre con sus lenguas. En La pobreza estimada se habla de una carta que han enviado “los chupeques de Argel”, preguntado qué significa chupeque, el personaje Julio responde que “perro, en arábigo lenguaje”. Sin embargo lo más probable es que se trate de la forma del turco moderno köpek (“perro”). En La desdicha por la honra, que como hemos dicho toma muchos elementos de la obra de Sapiencia, Lope gusta de emplear turquismos. En algunos pasajes que son prácticamente calcados, donde Sapiencia usa “fragata” Lope dice “caique”, y lo explica “si vuesa merced se acuerda que le dije que era pequeña barca, pero no excuso una palabra turca, como algunos que saben poco griego”.

Otras veces son los juegos onomásticos los que originan la comicidad, como en La boda entre dos maridos, en la que un personaje que se hace pasar por quiromántico incluye lo siguiente entre otras fórmulas “mágicas”:

Titón, Tirín, Tulimán
nombres del Gran Turco son.

No hay faceta de los turcos que Lope no considere susceptible de burla y chanza. En La boba para los otros y discreta para sí un falso embajador del Gran Turco enumera de esta forma cómica las posesiones de los otomanos, que antaño tanto impresionaban a los españoles:

El gran Mahometo, sultán
emperador de la China,
de Tartaria y de Dalmacia
de Arabia y Fuenterrabía,
señor de todo Oriente
desde Persia hasta Galicia,

En definitiva, cuando Lope empieza a escribir sobre temas turcos, aún parecían estos rodeados de un cierto halo de admiración y de profundo respeto. De alguna forma, a pesar de algunas derrotas estrepitosas, los turcos se percibían como demasiado poderosos para parecer ridículos, demasiado graves para prestarse a intrigas frívolas. Lope de Vega se propone incluirlos en comedias y obras burlescas y lo consigue con creces, instaurando así una nueva moda en la literatura de su tiempo.

DIFUSIÓN DE LOS TEMAS TURCOS   

A principios del s.XVII la aparición de los turcos en comedias y obras de ficción se había convertido en una convención corriente, una especie de moda. Esto no se debía sólo a la popularidad de las obras de Lope o Cervantes, sino que como hemos visto desde Lepanto existía un clima favorable a los temas turcos. Sabemos que en los festejos en honor a Felipe III en 1600 hubo personas disfrazadas de turcos en los desfiles. Lo mismo sucedió en años posteriores en las fiestas de San Isidro. En 1622 se recreó una batalla naval entre españoles y turcos en Madrid. Años antes los trofeos de Lepanto, entre los que figuraba el fabuloso estandarte de Ali Bajá, habían sido expuestos para admiración del pueblo madrileño. En otras ciudades españolas se vieron acontecimientos similares que contribuían a materializar la realidad turca por medio de imágenes visuales cada vez más frecuentes. En una fecha tan tardía como 1640 un romance dedicado a Madrid recuerda que las victorias españolas sobre los turcos se seguían celebrando en el colegio de Atocha:

Adiós colegio de Atocha,
donde las fiestas se hazen
del armada que perdieron
los turquesanos turbantes

En esta época proliferan también los avisos, las relaciones militares, las gacetas y demás géneros protoperiodísticos que acercan a España noticias de todo tipo provenientes de Constantinopla y el Imperio Otomano. La proximidad se manifestaba incluso en la existencia de un popular convento en Madrid, llamado de Nuestra Señora de Constantinopla, que se mantuvo activo hasta el s.XIX.

Madrid y su antiguo alcázar en el s.XVII

Madrid y su antiguo alcázar en el s.XVII

El modelo de las novelas ejemplares de Cervantes cuaja en el Poema trágico del español Gerardo (1615), de Gonzalo de Céspedes, y Relaciones de la vida del escudero Marcos de Obregón (1618), de Vicente Espinel, que abordan entre otros el tema del cautiverio. También Antonio Eslava incluye en sus Noches de invierno (1609) un relato sobre el asesinato del hijo del sultán Solimán, un suceso que inspiró turquerías en toda Europa y que Eslava trata de una forma más bien macabra.

Una mención especial merece la novela Premiado el amor constante,  incluida en el Teatro Popular (1622) de Francisco de Lugo y Dávila, y ambientada en parte en Constantinopla. Aunque en ella los turcos sean tan sólo una excusa narrativa para apartar al héroe del cristianismo, la novela contiene muchos episodios pintorescos originales. Por ejemplo, es una de las pocas obras que señala la presencia de espías turcos en territorio español. Pero tal vez lo más singular de esta novela sea su tratamiento de la cuestión lingüística. La mayor parte de las turquerías presentaban a turcos que habían recibido educación española, por descender de moriscos, o por haber sido criados por cautivos españoles, de modo que cristianos y musulmanes, en esas obras, no tenían ningún problema de intercomprensión. Tan sólo el “Viaje de Turquía” se había planteado esta cuestión cuando los dos interlocutores de Pedro de Urdemalas le acribillan a preguntas para saber cómo se expresaba en Turquía. Otros dramaturgos como Lope ni siquiera plantean el problema. El conocimiento de lenguas extranjeras era una convención aceptada por los autores de ficción del siglo de Oro. Lugo y Dávila es tal vez el único que hace aparecer traductores en su obra sobre los turcos.

Asalto a Rodas en una miniatura otomana

Asalto a Rodas en una miniatura otomana

Pero es sin duda el teatro el género más rico en turquerías. Siguiendo el ejemplo de Lope muchos dramaturgos incluían en sus obras personajes y tramas turquescos. Muchas historias cautivaban y ofrecían a los autores una materia dramática difícil de igualar: los fratricidios sucesorios, las conspiraciones palaciegas, el harén, etc. Algunas de estas obras se inspiraban en hechos de la historia reciente, como la caída de Rodas, tratada en La pérdida honrosa y caballeros de San Juan; el sitio de Viena, sobre el que existen varias dramatizaciones, una de ellas de Lope; la toma de Túnez en El cerco de Túnez de Juan Sánchez; los acontecimientos de Hungría en la Famosa comedia y segunda parte del corsario Barbarroja y huérfano desterrado, también de Juan Sánchez; la victoria de Malta en El valor de Malta, anónima; y por supuesto Lepanto, como en El esclavo de Venecia, obra anónima que recrea muy bien el ambiente de Constantinopla. También se convirtieron en materia dramática algunos héroes extranjeros antiturcos, principalmente Segismundo de Transilvania, el albanés Skanderberg, o el celebrado Tamerlán, estimados por sus luchas contra los otomanos.

En casi todas las obras dramáticas se encuentran determinados elementos argumentales recurrentes. El más frecuente es sin duda el cautiverio. En la literatura española cautiverio y turquería forman un todo prácticamente inseparable, a diferencia de la turquería francesa. Los cautivos son, en la práctica totalidad de las obras, cristianos en tierra musulmana, ya sea Turquía o Berbería. Sólo raramente se trata el tema de los cautivos turcos en tierra española. Aparecen por ejemplo en El socorro en el peligro, de Alonso de Castillo Solórzano, o en La difunta pleiteada, anónima atribuida a Lope.

Roxelana en un grabado veneciano del s.XVI

Roxelana en un grabado veneciano del s.XVI

Otro elemento recurrente es, por supuesto, el amor. Un amor que puede surgir entre turcos, o entre turcos y cautivos. Los amores entre el sultán Solimán y Roxelana fueron objeto de gran interés en España mucho antes de las modernas series de televisión. Entre otros la historia la retomó, deformándola, Lope en su comedia Lo que hay que fiar del mundo.  Sobre el amor entre un cristiano y una turca la opinión de los autores era unánime: no podía existir. La musulmana debía abrazar el cristianismo para poder consumar el amor.

También se aprecian en las turquerías ciertas constantes ideológicas: en primer lugar se suele exaltar el poderío turco, la mayor parte de las veces con el objetivo de enaltecer a su vez las glorias hispanas. En este sentido se aprecia con bastante claridad en muchas obras una reivindicación de la dignidad imperial y de la misión providencial de España. Además es frecuente la exaltación de la fe católica, un rasgo que se acentuará a partir de la segunda mitad del s.XVII. La turquería, al plantear un enfrentamiento cómodo entre las dos religiones que han coexistido en España durante siglos se convierte en un instrumento de edificación religiosa, al tiempo que recuerda la condena a los renegados de la fe. Junto a esta exaltación se enfatiza también el desprecio por el islam. Aunque técnicamente se distinga en ocasiones a moriscos de turcos, en el plano de la fe esta distinción se hacía difícil, y el islam que practicaban era condenado por igual.

QUEVEDO Y LOS TURCOS. LA HORA DE TODOS

Por lo que respecta a la condena del islam, una de las apariciones de los turcos más desconcertantes de la literatura española la encontramos en la obra satírica La hora de todos (1635), de Francisco de Quevedo. En uno de sus capítulos más largos y complejos asistimos a una reunión del sultán otomano con todos sus prohombres y algunos esclavos cristianos. Un morisco expulsado de España, agradecido por haberle dado asilo, se permite aconsejar al Gran Turco algunas medidas de gobierno. Le recomienda que instaure universidades, que adopte el derecho de los romanos, que decrete la sustitución del alfanje por la espada y que fomente el consumo de vino. Un renegado llamado Sinán Bey se opone fieramente a estas propuestas, alabando la barbarie y la ignorancia del pueblo, ya que son estos atributos los que permiten que el ejército pelee con valor y que prevalezca el dominio del príncipe. Al final, el sultán hace suyas las palabras del renegado y condena al morisco a la hoguera añadiendo que prefiere “ser llamado bárbaro vencedor”.

Quevedo, retrato de mediados del s.XVII

Quevedo, retrato de mediados del s.XVII

Sobre este pasaje se han propuesto diversas interpretaciones. Parece claro que Quevedo pretende dar una imagen del Gran Turco que despierte el odio y la ira del lector. El sultán es un monarca orgulloso y cruel que mantiene a su pueblo en la ignorancia prohibiendo la imprenta y las universidades, un “emperador por los embustes de Mahoma” que extiende su dominio sobre un pueblo de esclavos.

No obstante también hay críticos que afirman que en este caso los otomanos, como en otras obras, tan sólo son una excusa para exponer determinados juicios de valor sobre España. Al fin y al cabo es un morisco quien propone al sultán una organización universitaria y legal como la española, mientras que quien se opone es un renegado cristiano. Además el renegado emplea una oratoria mucho más fina, y su lenguaje complejo parece insinuar el valor y la trascendencia de la misma cultura que pretende condenar. En cualquier caso parece que Quevedo se las arregla para elogiar los valores castrenses y la obediencia como requisito indispensable para el mantenimiento de la autoridad política; y al mismo tiempo condenar la ignorancia impuesta como programa general de gobierno. Los turcos son en ese sentido un elemento exótico muy oportuno desde el punto de vista discursivo.

Como curiosidad, La hora de todos es de las pocas obras de todo el Siglo de Oro en la que se llama Estambul a Constantinopla.

DECADENCIA DE LOS TEMAS TURCOS  

Hacia 1630 Lope deja de incluir personajes turcos en sus comedias, y parece que el formato empieza a dar síntomas de agotamiento. Sin embargo la moda no se pierde bruscamente, y el interés por los turcos se seguirá manifestando en lo sucesivo en algunos ecos literarios. En 1638 se traduce y se publica con gran éxito la obra de Almosnino sobre la vida turca, Extremos y grandezas de Constantinopla, que demuestra que la seducción del mundo otomano aún gozaba de vitalidad.

El principio del fin de las turquerías vendría poco después de mano de sendas condenas por parte de dos de los autores más reputados de la época: Quevedo y Vélez de Guevara. Quevedo condenaba en La premática del tiempo el abuso de la trama turquesca y morisca:

Y otrosí declaramos por moros y turcos a todos los poetas que como renegando de su patria, disfrazan los nombres de damas, galanes y de sus amores con los de turcos y moros.

Luis Vélez de Guevara precisa con ironía en las “ordenanzas poéticas” incluidas al final de su Diablo cojuelo (1641), que las obras moriscas deben “bautizarse” en el plazo de cuarenta días o de lo contrario dejar el reino. Es evidente que le disgustan sobre todo las obras de tema granadino, que habían llegado a un grado de artificiosidad y convencionalismo notables en aquella época; sin embargo podemos figurar que su diatriba se dirige también contra los temas turcos.

Placa de la calle dedicada a Luis Vélez de Guevara en Madrid

Placa de la calle dedicada a Luis Vélez de Guevara en Madrid

No obstante Vélez de Guevara había cultivado con anterioridad la turquería, aunque muy a su manera. La nueva ira de Dios y Gran Tamerlán de Persia (1635) es una obra en la línea de Lope, del tipo que después condenaría. También El príncipe esclavo y El águila de agua abordan en parte temas turcos. En El asombro de Turquía paradójicamente no aparece un solo turco, aunque se los menciona en repetidas ocasiones.

Finalmente los turcos están del todo ausentes en la obra de Pedro Calderón de la Barca. Aunque presenta personajes musulmanes en ciertas obras, como en El gran príncipe de Fez, no parece que los turcos le interesen lo más mínimo. En sus obras la fe se presenta fundamentalmente como un ejercicio en el interior del alma, y no ve necesidad de contraponerla a otros credos para fundamentar la victoria de la religión cristiana.

Sin embargo los turcos no desaparecen del todo y continuarán durante unos cuantos años poblando las páginas de las obras literarias españolas. Entre las novelas de este periodo sobresale La peregrina ermitaña (1641) de Alonso de Alcalá y Herrera, una obra muy original del ciclo turco-barbaresco, en la que dos cautivos unen sus fuerzas para intentar evadirse, sin que aparezca en la trama ningún enamoramiento entre los cautivos, o de estos con turcos, como venía siendo habitual en las manidas fórmulas de la época.

En el teatro a partir de la segunda mitad del s.XVII se acentúa el carácter religioso de las turquerías. Uno de los mejores ejemplos de esta tendencia es Dexar un reyno por otro y Mártires de Madrid (1678), obra escrita a tres manos por Agustín Moreto, Jerónimo de Cáncer y Sebastián Rodríguez de Villaviciosa y que se desarrolla casi íntegramente en Turquía. La corte otomana aparece estilizada y aunque no se puede hablar exactamente de pintoresquismo y color local, la total ausencia de personajes cristianos durante la mayor parte del primer acto seguro que hubo de impresionar al auditorio, y acentuar el orientalismo de las escenas.

Audiencia del sultán Selim en el palacio de Topkapı

Audiencia del sultán Selim III en el palacio de Topkapı

Otros ejemplos los constituyen El azote de su patria, de Moreto, donde se sacrifican las manidas aventuras de héroes cristianos cautivos en aras de presentar problemas más elevados, El Genízaro de Hungría de Juan de Matos Fragoso, obra donde se recrea el ambiente más exótico de Constantinopla, y sobre todo El tirano castigado (1671), de Juan Bautista Diamante, que muestra al sultán Osmán II viendo en un sueño a todos los sultanes que le han precedido evocar sus gestas más importantes. Está llena de pinceladas de exotismo, no siempre sugerido por otros dramaturgos: los eunucos del harén, los rostros tapados de las damas, los funerales del propio Osmán II, etc. En palabras de Albert Mas es tal vez la última gran turquería española.

RETRATO DE LOS TURCOS EN LAS TURQUERÍAS ESPAÑOLAS  

Los turcos de la literatura española son descritos en muchas ocasiones como robustos y fuertes, normalmente altos. Según Sapiencia eran “hombres de buen talle, no morenos como los moros, sino blancos y de buenos rostros”. Los dramaturgos a veces indican cómo es el aspecto de sus personajes turcos. Por ejemplo Cervantes en La gran sultana presenta al Gran Turco como un joven de aspecto hermoso. En otras ocasiones aparecen como negros, sobre todo cuando se quería criticar su religión, pero eran las menos, ya que el público en general sabía que los turcos eran blancos como los españoles.

Sultán Mehmet III, retrato de Cristofano dell'Altissimo. S.XVI

Sultán Mehmet III, retrato de Cristofano dell’Altissimo. S.XVI

Otros detalles físicos que aparecen con frecuencia son los referidos a las peculiaridades capilares. El bigote es un elemento definitorio de los turcos literarios. Ya a mediados del s.XVI en la Carolea de Sampere se leía

[…] de allí las gentes turcas, fuertes, feas
que en boca sus mostachos apretaban.

En La desdicha por la honra Lope describe de esta forma a un cristiano que se disfraza para hacerse pasar por otomano:

Sus hopalandas traía y su turbante, y como era moreno, alto y bien puesto de bigotes, veníale el hábito como nacido.

Otro elemento muy citado, puede que incluso más que el bigote, es la costumbre de rasurarse el cabello dejando tan sólo un mechón. En Los baños de Argel Cervantes lo describe de esta manera:

Trae el Turco en la corona
una guedeja sola
de peinados cabellos.

Según Pedro de Urdemalas este extraño corte de pelo era una concesión a los enemigos, para que pudieran transportar fácilmente su cabeza en caso de que cayesen en combate. Otros elementos que debieron de causar impresión a los espectadores contemporáneos son las colas de caballo en el pendón de Solimán, algún brazo tatuado de henna de los turcos de Argel o el pendiente en la oreja de Mehmet III en El prodigioso príncipe transilvano.

Müezzinzade Ali Paşa, almirante otomano en Lepanto. Grabado alemán, s.XVI

Por lo que respecta al vestido no parece que en general los autores caracterizasen a los turcos de una forma especial. Las referencias a prendas suelen señalar términos árabes peninsulares. En La gran sultana Cervantes señala que un paje entra “vestido a lo turquesco”. El turbante era también un elemento recurrente.

En cuanto a las costumbres que se evocan en las turquerías españolas, algunas son comunes a todos los musulmanes, como la prohibición del alcohol y el cerdo, o la poligamia. Otras casi no aparecen en la literatura española, como la circuncisión, o el matrimonio. Se menciona sin embargo en algunas obras una novedad: el divorcio, llamado “repudiación”, una práctica que no era admitida en la España cristiana. Tampoco aparecen muchos funerales. Diamante muestra una escena en un cementerio de Constantinopla. Lo describe como un verdadero jardín, muy diferente de las capillas mortuorias sombrías y lúgubres de las iglesias cristianas, o de las filas interminables de nichos superpuestos de los cementerios italianos o españoles

Bien dicen
que no se entierran en templos
los moros, sino en jardines

Otro elemento recurrente son los baños, una costumbre típicamente musulmana. Cuando los compañeros de Pedro de Urdemalas le preguntan en qué consiste la religión musulmana, éste les responde de forma concisa y calculadamente ambigua: “ir limpio”. Los baños se mencionan frecuentemente en las comedias. En El amigo hasta la muerte, de Lope, uno de los personajes femeninos aparece medio desnuda, saliendo del baño.

Recreación de un hamam femenino, obra de Lebarbier, 1785

Recreación de un hamam femenino, obra de Lebarbier, 1785

También la cortesía turca es representada en las comedias hasta la caricatura, por medio de saludos interminables, con gestos ceremoniosos y espectaculares, todo un conjunto que, de la palabra árabe salam, ha obtenido el español el vocablo “zalamero”.

Un papel importante en la caracterización turca lo desempeñan también la magia, la brujería, la adivinación y la astrología, supersticiones que se atribuían a los turcos. Abundan los sueños premonitorios y en ocasiones los personajes turcos son presentados como sanadores.

En cuanto a la lengua, como hemos mencionado antes, los turcos nobles o dignos empleaban un lenguaje elevado, una convención común a todas las literaturas europeas. Por el contrario los autores que intentaban imitar con fines cómicos la forma en que un turco se podía expresar en castellano componían una especie de jerigonza que debía de causar hilaridad por su uso intempestivo. Sin embargo, como señala Albert Mas, la ficción morisca impidió la aparición de un falso lenguaje turco en la literatura española, ya que ésta disponía de una jerga peninsular hispano-árabe de gran vitalidad que los autores utilizaron para hacer hablar a todos sus “graciosos” musulmanes, turcos incluidos. Algunos turquismos que aparecen en las turquerías españolas, aparte de los ya mencionados del Viaje de Turquía y de Cervantes, son xumá por “viernes” (turco cuma), arnaute por “albanés” (turco arnavut), o mar Blanco por mar Mediterráneo (calco del turco Akdeniz), amén de otros muchos, algunos ya citados en la entrada sobre turquismos en español.

Sultán Murat III en un retrato del s.XVII atribuido a un pintor español desconocido

Sultán Murat III en un retrato del s.XVII atribuido a un pintor español desconocido

Aunque no son estrictamente costumbres, otro elemento recurrente típicamente turco es la representación de la vida administrativa del imperio. Se mencionan constantemente los consejos de visires que reunía el sultán, las audiencias de los embajadores y la administración de justicia. También eran evocados el harén, los eunucos, y otras intimidades de la vida palaciega, como el silencio que caracterizaba el protocolo en torno a sultán (“El turco hizo una señal muda” dice Quevedo en La hora de todos para referir la decisión del sultán)

En ese sentido el sultán es sin duda el personaje que más aparece en las obras de tema turco. Y casi siempre lo hace teñido de los mismos rasgos, independientemente de que se trate de Osmán I, Mehmet II, Murat III o Solimán el Magnífico. En general todos presentan las mismas reacciones y todos exhiben los mismos vicios, y en ese sentido son, como veremos a continuación, los mejores representantes de su pueblo a ojos de los autores españoles.

DEFECTOS ATRIBUIDOS A LOS TURCOS  

El retrato moral de los turcos en las obras del Siglo de Oro ofrece en general rasgos denigratorios. Como hemos visto, ya en las primeras obras documentales sobre los turcos se les presentaba en muchos casos como meros contenedores de vicios reprobables que los situaban en las antípodas de la virtud cristiana.

El primer vicio que podemos señalar es la crueldad y el gusto por la tortura y el empalamiento. La literatura documental lo subraya desde sus inicios, y la literatura de ficción lo retoma una y otra vez. El Gran Turco es presentado las más de las veces como un monarca cruel e implacable. La política de fratricidio real en la corte otomana alimentaba esta imagen sanguinaria. Los asesinatos de los hermanos de Mehmet III se reflejan en numerosas obras. Algunos autores lo utilizan incluso como recurso de humor negro. En El diablo cojuelo de Vélez de Guevara, una obra donde tan sólo se menciona a los turcos de pasada, el diablo pide disculpas por ausentarse una noche, ya que debe ir a Constantinopla de urgencia a degollar a doce o trece hermanos del Gran Turco que podían conspirar contra su persona.

Suplicios a los que eran sometidos los cristianos cautivos. Grabado de finales del s.XVIII

Suplicios a los que eran sometidos los cristianos cautivos. Grabado de finales del s.XVIII

Otro vicio que se atribuye frecuentemente a los turcos es la avaricia. Se les presenta como criaturas adictas al oro. Esta fama se nutría de los relatos de muchos embajadores cristianos, que explicaban que en Constantinopla la mayoría de asuntos sólo se podían resolver recurriendo al bahşiş (“propina”). Busbecq por ejemplo resumía la cuestión afirmando que nada más entrar en tierras turcas había que estar dispuesto a abrir bien la cartera, y no cerrarla hasta haber terminado el viaje. Cervantes, en El amante liberal, concreta mucho más la acusación: “[…] no se dan allí los cargos y oficios por merecimientos, sino por dineros; todo se vende y todo se compra.” Los autores subrayan la avaricia de los turcos cuando se trata el tema de los cautivos. En Premiado de amor constante Barbarroja pone en su lote personal de esclavos a una mujer encinta, ya que espera obtener dos rescates: el de la madre, y el del niño cuando nazca.

El tercer vicio que se señala es la ebriedad. Era un lugar común en todo el mundo cristiano la querencia de los turcos por las bebidas alcohólicas. En cierto modo esta fama representaba la quintaesencia de la hipocresía musulmana en materia religiosa. Pedro de Urdemalas cuenta que durante su fuga siempre llevaba una gran cantimplora llena de vino porque los jenízaros siempre acosaban a los cristianos por los caminos con la esperanza de que les diesen algo de vino. Por aquella época se generalizó el uso de la expresión “coger una turca” como sinónimo de borrachera, una acepción que aún recoge el DRAE. En este caso se debe a que era muy frecuente que el vino se rebajase con agua. El vino puro era conocido como “turco” porque no había sido “bautizado” con agua.

Otro defecto que se achacaba a los turcos era el orgullo y la jactancia, sobre todo en los príncipes otomanos. Es difícil encontrar en la literatura española un Gran Turco que no se creyese un ser superior, destinado a dominar el mundo. En El esclavo de Venecia Selim II se asombra de que haya un rey en España, un papa en Roma y un emperador en Alemania cuando ya está él reinando en Turquía. El Solimán de Lope antes del asalto a Viena tiene un sueño en el que ve a Carlos V amenazante con su espada desenvainada. Se revuelve entonces y sus imprecaciones son tan exageradas que sin duda alguna tuvieron que hacer reir al público:

¿Yo temo a Carlos de España?
y yo ¿temo a un reyezuelo?
¿Un roble teme a una caña?
O me agravia el mismo cielo
o algún hechizo me engaña.

El pueblo llano también es presentado como jactancioso, con rasgos que recuerdan al miles gloriosus de las comedias latinas. La cobardía es el defecto complementario al orgullo y pretenciosidad. A cada una de estas bravatas le sucede una huida ignominiosa.

También se apunta en las turquerías el defecto de la falta de palabra, y el uso de ardides y engaños. En general los musulmanes se representan por principio como seres que ignoran las reglas del honor caballeresco. De los turcos dice el personaje Marcos de Obregón que “[…] por acá esta bárbara nación dice que el guardar la palabra es de mercaderes y no de caballeros”. Sin duda una percepción curiosa en vista del significado del vocablo palavra en turco moderno.

Otro defecto común en los turcos de la literatura es sin duda la lujuria. El turco lascivo es una imagen clásica de la literatura española, y puede que este sea el estereotipo que más ha pervivido en las letras hispánicas. En muchas ocasiones esa lascivia se materializa en el interior del harén. Cervantes, Lope y muchos otros autores nos muestran escenas de sus sugerentes salones. La lujuria providencial de los turcos impregna también los romances populares. En uno recogido por Agustín Durán se lee

En el Serrallo está el Turco
con la sultana holgando
palabras le está diciendo
con que la está enamorando.

En relación con el pecado de la lujuria está el mucho más deshonroso de la sodomía. Se le denominaba “vicio nefando”, pues no era aceptable ni mencionarlo. En la España del Siglo de Oro se reprueba activamente ya que se consideraba que los sodomitas pecaban contra Dios y eran representantes del demonio en la tierra. En el Viaje de Turquía se señala este vicio de una forma muy directa, repitiendo el mismo término denigratorio varias veces:

Cuantos turcos hay son bujarrones, y cuando yo estaba en la cámara de Zinan Bajá, los veía los muchachos entre sí que lo deprendían con tiempo y los mayores festejaban a los menores.

No obstante el resto de los autores son más comedidos a la hora de señalar este pecado. Diego Galán cuenta en su relato de cautiverio cómo tuvo que escapar de un turco que se interesaba mucho por él

[…] en este tiempo se acercó a mí un turco tan grande y fornido […] y comenzó a halagarme pasando la mano por el cabello diciendo: no tengáis pena gentil hombre, que no os harán mal.

Cervantes sugiere uno de estos episodios en Los baños de Argel. En La gran sultana Lamberto se viste de mujer y se oculta en el harén. El Gran turco lo elige, y aunque el engaño se descubre rápidamente, durante un tiempo se dejaba al público la posibilidad de elucubrar ciertas hipótesis escabrosas, tanto más plausibles cuanto que los turcos tenían fama de sodomitas.

Baños de una comunidad sufí, miniatura del s.XVI

Baños de una comunidad sufí, miniatura del s.XVI

En el Quijote la acusación es mucho más directa. El amante de la hija de Ricote el morisco recibe el consejo de disfrazarse de mujer para librarse del deseo de los turcos ya que “entre aquellos bárbaros turcos en más se tiene y estima mochacho o mancebo hermoso que una mujer, por bellísima que sea”. Y en otras ocasiones se menciona sólo de pasada. Jerónimo de Corterreal en su poema sobre Lepanto dice de Selim III que

Piensa en Ceres glotono y en la inmunda
vil y carnal libídine, asquerosa
y puede ser muy bien que la hermosura
de una dama, al nefando error posponga.

Junto a estos muy frecuentes, los turcos aparecían esporádicamente caracterizados con otros defectos, como la cólera, la envidia o la indiscreción.

JUICIOS FAVORABLES A LOS TURCOS

A pesar de atribuírseles muchos vicios, en algunas obras se subrayan algunos caracteres positivos de los turcos. Quizás el mejor ejemplo de ello sea el Viaje de Turquía, pero no es el único. Tanto en El pasajero (1618) como en Varias noticias importantes a la humana comunicación (1621), Cristóbal Suárez de Figueroa tiene palabras de admiración para un pueblo generalmente despreciado por los españoles. Según uno de sus personajes, aunque la religión de los turcos es condenable, no hay que confundirla con su forma de vivir, que le parece digna de elogios. Son excelentes soldados que aman la disciplina, entre otras cosas porque sólo aceptan órdenes de quien lo merece, sin importar nobleza o riqueza. El sistema judicial de los turcos, sin abogados ni procuradores, es para Suárez de Figueroa digno de admirar. El autor ve en los turcos virtudes de las que cree que los españoles podrían aprender:

Deténgome tal vez en las alabanzas de estos que entre nosotros tienen nombre de bárbaros por ver si, refiriendo en razón de lo moral acciones egregias, sirviessen como de estímulos en nuestra remisión.

Aunque estos dos casos son bastante excepcionales, algunos autores comprendieron que pintar a los turcos de forma excesivamente negativa no era demasiado acertado ni reflejaba bien la realidad. De tanto en tanto emergen en algunas obras algunas cualidades entre infinidad de defectos. Aparte de las ya mencionadas del valor y el coraje militar, se señala la generosidad. En ocasiones el turco se conmueve por el sufrimiento del cristiano cautivo y le concede la libertad. En algunas comedias se señala que los turcos son más nobles que los moros. En La palabra vengada (1678), atribuida a Fernando de Zárate uno de los personajes exclama:

Soy caballero,
soy turco y no soy moro.

Otros versos de La difunta pleiteada de Lope resumen este sentir

Es turco y noble en linaje.
Estos son hidalgos todos,
ricos, gentilhombres bellos.

También la tolerancia es un rasgo que se atribuye a menudo a los turcos, aunque no está muy claro si era realmente percibida como una virtud o como un remordimiento de los turcos al saber en su fuero interno que su religión no era la verdadera. Es cierto que en ocasiones los turcos que se vitupera o se elogia en las obras no son realmente turcos, sino “falsos turcos” o “turcos de profesión”, es decir, renegados. Es el caso del célebre Uchalí, que aparece en varias obras, incluido el Quijote, y que en general merece un juicio muy positivo. También el del padre del protagonista de Guzmán de Alfarache (1599), de Mateo Alemán, un hombre de vida disoluta que “se hace turco” para huir de sus deudas en Sevilla.

En ocasiones, y como ya hemos visto, los autores ensalzan la imagen de los turcos para enfatizar la grandeza de las victorias cristianas. Es lo que sucede en El desafío de Carlos V, de Francisco Rojas Zorrilla. El sultán Solimán es presentado como magnánimo y culto. El autor pone incluso las siguientes alabanzas en boca de Carlos V:

Solimán, emperador,
generoso y siempre invicto,
valiente siendo galán,
sin ser soberbio, atrevido;
sin codicia poderoso;
y sin avaricia rico;
Señor del África y Asia,
horror del persa y del indio
(que yo hablo como quien soy
aunque hablo con mi enemigo)

El sultán Solimán en una miniatura del s.XVI

El sultán Solimán en una miniatura del s.XVI

En este sentido La pérdida honrosa y caballeros de San Juan es una obra excepcional que presenta un clima de generosidad recíproca y espíritu caballeresco repartido equitativamente entre cristianos y turcos, que no es en absoluto habitual en la época. Por encima de las barreras religiosas o raciales los dos protagonistas, Solimán el Magnífico y Villiers de L’isle Adam, conmueven por su altruismo y su profunda humanidad. En la escena final los turcos muestran su respeto por las reliquias de San Juan evacuadas por los caballeros de Rodas tras su derrota. Un momento emotivo en el que el sultán turco dirigiéndose al Gran Maestre, confiesa:

No sé qué tienes, que trueca
mi mortal odio en amor

Como sostiene Albert Mas tras estudiar en profundidad esta obra (a la que por otra parte no reconoce gran calidad dramática): “En una tradición literaria que es en general anti-turca, habituada a presentar infamias, traiciones, crueldad y depravación, el autor (y es una pena que no se pueda certificar la paternidad de Lope) da una bella lección de dignidad humana.”

CONCLUSIÓN

Hemos visto cómo los turcos entraron en la literatura española del Siglo de Oro a través de poemas y romances donde se destacaba el coraje de los cristianos y la gloria de los monarcas que se oponían al avance otomano. A partir de la victoria de Lepanto los turcos comienzan a aparecer en otro tipo de obras, protagonizando todo tipo de intrigas. Cervantes lleva a la novela y al teatro su traumática experiencia argelina y su convivencia con el mundo turco, y Lope ve en él tremendas posibilidades dramáticas y cómicas. Aunque él no es el creador de la turquería española, contribuye decisivamente a imponerla y difundirla. El movimiento es de alcance europeo, pero en España reviste un carácter peculiar, ya que la ficción nacida del islam peninsular impide que se forme una convención literaria clara con respecto a los turcos. La ficción turca no se separa nunca de la ficción morisca.

Además, incluso cuando se individualiza, el mundo turco se presenta como un todo homogéneo, una imagen estilizada, estereotípica y tremendamente simplificada. Los turcos son en la mayoría de estas obras sujetos sometidos a un soberano cruel que viven en una ciudad antigua protegida por un solo tipo de soldado. Además aparecen colmados de atributos negativos, como la crueldad y la lujuria, que sin duda los hacían odiosos a ojos del público contemporáneo, pero también en cierto modo atractivos.

A finales del s.XVII los turcos prácticamente desaparecen de la literatura española, y la percepción del mundo otomano en Europa experimenta un cambio paulatino, paralelo al declive del imperio. El Viage á Constantinopla (1790), de José Moreno, presentará un retrato mucho más amable de los otomanos, elogiando su

[…] gravedad, nobleza de corazón, indolencia genial, orgullo sano, reserva sin cavilosidad, ciega sumisión a cuanto dimana del cielo o del trono, y firmeza en la amistad.

En lo sucesivo los turcos aparecerán sólo espóradicamente como materia literaria, ya rara vez objeto de las injurias más odiosas del pasado, aunque casi nunca completamente despojados de un halo de exotismo orientalizante que tal vez haya dificultado hasta nuestros días una comprensión más cabal de su compleja realidad.

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Árboles venerables en Estambul

En el parque de Gülhane soy un nogal […]
mis hojas son mis manos.
Tengo exactamente cien mil manos.
Y con mis cien mil manos yo te toco
y toco Estambul.

Nâzım Hikmet

Según una antigua creencia extendida en otro tiempo entre los turcos, algunos árboles estaban permanentemente custodiados por los djinns, genios protectores invisibles que velaban por su integridad y protegían sus frutos. En la obra Crear a un hombre, del autor turco Necip Fazıl, el joven protagonista Hüsrev cae víctima de uno de estos genios por atreverse a jugar bajo una higuera que estaba protegida, lo cual obliga a su abuela a preparar un dulce especial para intentar aplacar con él la ira del vengativo y goloso djinn.

5839_545406818857415_659332182_nEn vista de los planes que las autoridades de Estambul tienen para el parque Gezi, uno de los últimos reductos de quietud en esta frenética megalópolis, y en vista también de las talas masivas que está provocando la construcción del tercer puente sobre el Bósforo, se podría pensar que aquellos celosos djinns han abandonado definitivamente estas regiones, dejando a la cada vez más indefensa ciudadanía la dura tarea de preservar el patrimonio natural amenazado.

Las protestas contra la brutal aniquilación del parque Gezi parecen haber desembocado en algo de mayor calado, un clamor insoslayable que apunta directamente a los atropellos de unos gobernantes empeñados en someter los espacios públicos a intereses particulares, y que insisten en tratar a sus ciudadanos como si fueran delincuentes o, en el mejor de los casos, menores de edad necesitados de tutela. Sin embargo, en medio de la algarabía que producen estos vientos de cambio, que aún no sabemos con certeza hacia dónde nos llevan, no deberíamos olvidar que todo empezó con un simple árbol.

Y no es nada extraño, ya que éste ha sido siempre un pueblo amante de los árboles. Del chamanismo preislámico parece haber pervivido una cierta dendrolatría que aún se percibe en los motivos de muchas alfombras anatolias, y en la costumbre, muy viva en toda Turquía, de los árboles votivos, en cuyas ramas se atan  trozos de tela o papel con la esperanza de que se cumpla un deseo.

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Árbol en el barrio de Yenikapı

Aunque en Estambul hay muy pocos parques, la ciudad cuenta con muchísimos árboles (alguien debería explicarle la diferencia al primer ministro), y no es la primera vez que la ciudadanía se moviliza para salvar un ejemplar. En la memoria de muchas personas está la lucha que mantuvieron hace menos de dos décadas los vecinos del distrito de Bakırköy para salvar un lentisco milenario que iba a sucumbir a la construcción de una autopista. O, unas décadas antes, las movilizaciones de los habitantes del barrio de Şehremini para impedir que se talase un plátano centenario que se creía plantado por el mismísimo Mehmet el Conquistador.

Desde nuestro humilde espacio queremos rendir un modesto homenaje a estos silenciosos vigilantes de la ciudad de Estambul, recordando a aquellos que han alcanzado fama, bien por haber llegado a una edad provecta, por haber sido testigos o incluso protagonistas de hechos curiosos e insólitos, o bien por habérseles atribuido propiedades mágicas o sobrenaturales.

Los árboles de Estambul

La región del Bósforo era en otro tiempo rica en bosques cuyos últimos vestigios (mientras lo permita el gobierno) aún se pueden disfrutar en las inmediaciones del mar Negro. Las especies más comunes eran los castaños, hayas, olmos, robles, fresnos (cuyas hojas dice la leyenda que se añadieron a la argamasa empleada en la construcción de Santa Sofía, para dotarla de mayor robustez), tilos, pistacheros, nogales, sauces y otras muchas. Ni siquiera los olivos eran extraños en la costa del mar de Mármara, e incluso hay una especie, que aunque no es originaria de la región, se conoce en las lenguas occidentales como “acacia de Constantinopla”.

Hoy en día entre las especies más comunes se encuentran el pino piñonero, la higuera, que inunda con su perfume y sus apreciados frutos los rincones más insospechados de la ciudad, y también el árbol del amor, o árbol de Judas. Este último, a pesar de ser de introducción relativamente reciente, se ha aclimatado perfectamente, e incluso cuenta con una Asociación de Amigos del Árbol del Amor que promueve su plantación (aunque no lo necesite, pues se ha asilvestrado y crece espontáneamente) y va camino de convertirse, por sus espectaculares flores de color rosa, en uno de los símbolos de la ciudad.

Árbol del amor junto a al fortaleza de Rumelia

Árbol del amor junto a al fortaleza de Rumelia

La toponimia de Estambul está llena de referencias a árboles: Fındıklı ‘avellano’, Bademlik ‘almendro’, Zeytinburnu ‘cabo de la aceituna’, Elmadağ ‘pomarada’, İncirlibostan ‘jardín de las higueras’, Söğütlüçeşme ‘fuente de los sauces’, Kirazlımescit ‘mezquita de los cerezos’, y muchas otras. Pero si tuviésemos que elegir las dos especies de árboles más representativas de Estambul, las más presentes, características y longevas, las que han sido más veces testigos mudos de las peripecias de sus habitantes, éstas serían sin ninguna duda el ciprés y el plátano.

Los cipreses

Al parecer el ciprés no es una especie propia de la región del Bósforo, y sólo fue introducida masivamente en época bizantina para proveer de madera a la industria naval. En uno de los mosaicos de la iglesia de San Salvador de Chora, el de los Siete pasos de la Virgen, ya aparecen en segundo plano varios cipreses agitados por el viento, una representación que inspiraría un emotivo poema al premio nobel griego Giorgios Seferis. El propio Teodoro Metoquites, refundador del monasterio de Chora y mecenas de esos mosaicos, dejaría escrito a principios del s.XIV que el ciprés simbolizaba el ascenso espiritual de los monjes ya que “proclama sin ningún tipo de artificio el camino que habrán de seguir afanosamente los que meditan”.

Cementerio de Üsküdar hacia 1890

Cementerio de Üsküdar hacia 1890

Como en muchas otras partes de Europa, también los cementerios de Estambul están poblados de cipreses. Por su hoja perenne, sus ramas siempre llenas de frutos, su olor a incienso, y su afilada copa apuntando al cielo, han sido en muchas culturas un símbolo de la vida eterna. Aunque las razones por las que se plantan cipreses en los cementerios pueden ser también de otra índole: no necesita podas ni cuidados especiales, y además sus raíces son rectas, con lo cual se evitan posibles deterioros en tumbas, lápidas y ornamentos funerarios.

Pero en Estambul el ciprés no sólo tiene connotaciones fúnebres. En la literatura culta otomana, llamada de divan, los bellos enamorados son frecuentemente “altos y robustos como cipreses”. Junto con los minaretes y las cúpulas de las mezquitas, conformaron durante mucho tiempo la silueta clásica de la ciudad. El propio Chateaubriand, probablemente el viajero occidental más inclemente con la ciudad del Bósforo, confiesa sentirse impresionado por la imagen de los cipreses y los minaretes desde el mar a través de la bruma, que daban a la ciudad el aspecto “de un bosque desnudo”.

Aún es posible ver ejemplares muy longevos y hermosos, especialmente en el cementerio Karacaahmet de Üsküdar.

Los plátanos

Si el ciprés representa en cierta medida el mundo celestial, se puede decir que el plátano hace lo propio con lo terrenal. Al parecer, el fabuloso árbol de bronce que se encontraba en la sala del trono del Gran Palacio de la corte bizantina y que, aparte de maravillar y desconcertar a los embajadores extranjeros con sus prodigiosos autómatas, inspiró el famoso poema de Yeats, no era otro que la representación de un gran plátano.

Pero es en época otomana cuando el plátano alcanzó su gran esplendor. Cuenta una leyenda que Osmán I, el fundador de la dinastía otomana, tuvo un sueño cuando aún el imperio no era más que un insignificante principado anatolio. En su sueño veía como una luna se hundía en su pecho, y de él surgía un enorme plátano que crecía y crecía hasta cubrir con sus ramas todo el cielo.

El plátano, con sus enormes dimensiones, su ancho tronco, sus largas ramas y hojas amplias parecía representar la fuerza, el poder y el vigor de la casa de Osmán. Por ello adquirió casi el estatus de árbol oficial, una especie de monumento que debía alzarse en las plazas y espacios abiertos de todas las ciudades del imperio.

Plátano en el barrio de Sulukule, primera mitad del s.XX

Plátano en el barrio de Sulukule, primera mitad del s.XX

Su presencia en la poesía turca, tanto en la culta como en la popular, es constante como metáfora de la grandeza y el poder otomano, desde poetas del s.XVI como Nazmi o Hayreti, hasta otros más modernos como Tevfik Fikret, que deploraron, a través de la imagen de un plátano viejo y marchito, la realidad de un imperio en descomposición.

Dinos, plátano orgulloso, cuéntanos
qué fuego arde en tu corazón
qué gusanos tenebrosos te están royendo por dentro […]
 

La admiración por este árbol es tal, que el propio Nazım Hikmet pidió como último deseo ser enterrado bajo un gran plátano, voluntad que no fue cumplida.

En Estambul y alrededores hay miles de plátanos centenarios. Sólo en los jardines del palacio de Topkapı hay 91 considerados históricos, alguno con casi cinco siglos de antigüedad. Los ejemplares más antiguos se suelen encontrar en los patios de las mezquitas imperiales. Tradicionalmente en el centro de todos los barrios históricos había un plátano centenario cuya amable sombra daba refugio a un café donde los vecinos se reunían a beber café, té, fumar en narguile y charlar. La palabra Çınaraltı ‘bajo el plátano’, no es sólo el nombre de muchas de estas cafeterías, sino también de calles, plazas y hasta de barrios enteros, aunque en muchos casos el árbol original ya no exista.

Gran plátano en el barrio de Maltepe (fuente: agaclar.net)

Gran plátano en el barrio de Maltepe (fuente: agaclar.net)

Los extraños habitantes de los árboles

Una característica de los plátanos es que al llegar a una edad venerable se ahuecan por dentro. En Estambul muchos de estos árboles huecos llegaron a funcionar como almacenes, o incluso como viviendas de indigentes, bohemios, místicos o anacoretas. Reşad Ekrem Koçu, en su Enciclopedia de Estambul dedica una entrada a estos personajes, y menciona entre otros a un tal Osmán el Desnudo, que en el s.XVII vivió durante cuarenta años en un plátano hueco a orillas del río Lykos, donde recibía a decenas de peregrinos que creían que obraba milagros. También habla de otro personaje conocido como “el tío del hachís”, que vivía a principios del s.XIX en un árbol hueco en Üsküdar. Se sabe que un día, en 1825, entró a la mezquita cercana en un rapto de delirio, y asesinó a un joven almuédano que dormía en una de las estancias. Fue apresado y se ordenó que fuese colgado del mismo plátano donde vivía. Tras la ejecución el árbol fue talado.

Pero veamos ahora algunos árboles que tienen, o tuvieron, nombre propio en esta ciudad.

El Árbol Sangriento

Sin duda uno de los árboles más famosos de la historia de Estambul fue este plátano que se encontraba en la plaza del Hipódromo y que fue testigo de atroces acontecimientos. En 1648 los jenízaros se alzaron con intención de deponer al sultán Ibrahim el Loco. Como primera medida se dirigieron al palacio del gran visir Ahmet Paşa, lo estrangularon y arrastraron su cadáver con un caballo durante varios kilómetros para terminar dejándolo bajo este árbol. Cuenta la historia que algunos jenízaros, ebrios de ferocidad, despedazaron el cadáver y vendieron sus partes al grito de “¡grasa humana, ideal para el dolor de articulaciones!”

Grabado del hipódromo, con el Árbol Sangriento a la izquierda

Grabado del hipódromo, con el Árbol Sangriento a la izquierda

Pocos años más tarde, en 1656, tuvo lugar el llamado “incidente del plátano”. Los jenízaros volvieron a levantarse, enfurecidos por la reducción de sus pagas en la campaña de Creta. Tras unas negociaciones infructuosas en palacio, acabaron colgando a más de treinta miembros de la corte de las ramas del árbol, que desde entonces sería conocido como el árbol Vakvak, en referencia a un árbol legendario de la tradición islámica cuyos frutos son cabezas humanas.

El legendario árbol Vakvak

El legendario árbol Vakvak

Finalmente en 1826 el árbol volvería a conocer el horror. Cuando el sultán Mahmut II ordenó la disolución del cuerpo de jenízaros, muchos fueron ejecutados y sus cuerpos apilados bajo ese mismo árbol sangriento. A modo de venganza, el gran visir ordenó que se colgasen los cuerpos y las cabezas de algunos, de la misma manera que habían hecho ellos con su predecesor 178 años antes. El poeta İzzet Molla, celebraba el macabro acontecimiento con estos versos:

Eran en otro tiempo los sediciosos 
quienes colgaban cuerpos de inocentes junto a la mezquita del Sultan Ahmet.  
Hoy son cabezas de villanos las que caen.
El tiempo de la cosecha ha llegado al árbol Vakvak.  

 

A finales del s.XIX este árbol sangriento de tan infausta memoria fue talado para dejar espacio a la fuente del Kaiser Guillermo.

El Árbol de los jenízaros

Otro árbol histórico, y algo más pacífico a pesar de su nombre, fue el llamado “plátano de los jenízaros”, que estaba situado en el primer patio del palacio de Topkapı. Llamaba mucho la atención de los visitantes por sus tremendas dimensiones y su interior hueco, en el que cabían hasta quince personas.

Plátano de los jenízaros

Plátano de los jenízaros

Mucha gente creía que era la entrada a una cueva secreta. Según otra leyenda, un hombre encerró dentro de su tronco a una joven esclava que se había escapado del palacio. Para muchos niños que crecieron en las postrimerías del Imperio Otomano era un árbol mágico, que tenía una personalidad y un carácter propios.

Muy viejo ya, sucumbió a un vendaval en los primeros años de la República. Hoy en día se pueden admirar otros plátanos similares en el segundo y el tercer patio del palacio.

El plátano de Godofredo de Bouillón 

Este impresionante plátano milenario se mantuvo en pie hasta hace un siglo en la zona de Büyükdere. Por ser esta el lugar donde habían acampado los caballeros de la Primera Cruzada, se dice que a su sombra había estado la tienda del propio Godofredo de Bouillón. Tenía siete troncos enormes que le daban el sobrenombre de Los Siete Hermanos.

Durante mucho tiempo constituyó una auténtica atracción turística, y son muchos los relatos de viajes que lo mencionan, entre los que destaca el de Théophile Gautier que dice de él:

No hay nada más majestuosamente pintoresco que esta gigantesca masa de follaje sobre la que se han deslizado los siglos como gotas de agua, y que ha visto extenderse a su sombra las tiendas de los héroes cantados por Tasso en su Jerusalén liberada.

El plátano de Godofredo de Bouillón

El plátano de Godofredo de Bouillón

Después de la primera guerra mundial, un incendio acabó con él, y sus restos fueron definitivamente talados en 1930.

El Ciprés de la Cadena

En el corazón del Estambul intramuros, no muy lejos de la fortaleza de las Siete Torres, se encuentra el humilde barrio de Koca Mustafa, un barrio tranquilo para los estándares estambuliotas, lejos del bullicio de las zonas más turísticas o más densamente pobladas de la ciudad. En el centro de este barrio se halla la mezquita de Sümbül Efendi. Aunque no es un templo de arquitectura especialmente impresionante, nos encontramos ante uno de los santuarios más antiguos de la ciudad, primero como iglesia de San Andrés en Krisei durante casi mil años, y luego como mezquita desde 1486. En el patio de esta mezquita yacen (o mejor decir se yerguen) los restos de un árbol muy especial.

Para una persona que, como yo, proviene de una ciudad que es famosa entre otras cosas por la tumba de un árbol, el patio de esta mezquita tiene algo de extrañamente familiar, aunque más que una simple lápida, aquí lo que tenemos es un auténtico mausoleo con árbol momificado incluido.

Se trata de los restos del Ciprés de la Cadena, un milenario ejemplar que sucumbió hace menos de un siglo. Evliya Çelebi decía de él ya a principios del s.XVII que era un árbol “digno de contemplar”. Según la leyenda, tenía una larga cadena que terminaba en una especie de mano de bronce con la cual dirimía pleitos, señalando, entre dos litigantes, al que tenía la razón.

Restos del Ciprés de la Cadena

Restos del Ciprés de la Cadena

Se cuenta que en una ocasión un moroso negaba deber cierta cantidad a un hombre, por lo que fue invitado a someterse al juicio del Ciprés de la Cadena. El moroso, temiendo ser descubierto por aquel primitivo pero infalible detector de mentiras, ideó un ardid. Cogió un bastón hueco y lo rellenó con monedas hasta completar la cantidad exacta que debía. Al llegar bajo el ciprés pidió a su acreedor que sujetase un momento el bastón mientras él preguntaba “Venerable ciprés, ¿acaso no he devuelto ya la cantidad que ahora me reclaman?” La leyenda dice que el anciano ciprés no se dejó engañar y que, con un golpe de su cadena, tiró al suelo el bastón, que se quebró dejando al descubierto su ingeniosa artimaña.

Según otra creencia, este árbol tenía el poder de impedir la llegada del Juicio Final, que se desataría si algún día el ciprés es talado o arrancado. Tal vez por eso, a pesar de que lleva décadas seco, nadie ha querido moverlo de su lugar.

El plátano de Alibeyköy  

Es muy doloroso ir a visitar el árbol que hace 30 años recibió el título de más antiguo de la ciudad, para comprobar que hoy no es más que que un tocón abandonado y medio putrefacto.

El barrio de Alibeyköy, al fondo del Cuerno de Oro, está en una zona que antaño se conocía como “Aguas dulces de Europa”, uno de los lugares favoritos de recreo de los estambulíes durante bastantes siglos.

Plátano de Alibeyköy

Plátano de Alibeyköy

Evliya Çelebi dice de él en el s.XVII que “cuenta con no más de 40 casas y está adornado con 70 u 80 grandes plátanos”.  Probablemente uno de ellos era el gran plátano que nos ocupa, mencionado en el libro Árboles Monumentales de Estambul, de Çelik Gülersoy.

Hoy Alibeyköy es un barrio populoso, en el que destaca una importante comunidad de inmigrantes de los Balcanes. Aunque en la zona todavía hay varios plátanos centenarios impresionantes, después de mucho preguntar descubrí que el que buscaba hacía tiempo que había sufrido daños importantes y tan sólo conservaba una pequeña parte de su tronco. Un anciano me contó que aquel árbol había sido un personaje muy importante en su infancia, cuando los niños del barrio jugaban en su amplísimo interior hueco.

Los plátanos de Eyüp

Se dice que durante el sitio de Constantinopla por parte de los otomanos, el sultán Mehmet quería encontrar nuevas formas de subir la moral de sus tropas. Pensó que una buena forma sería encontrar la tumba de Abu Ayyub, adalid del profeta Mahoma caído durante el primer sitio musulmán a la ciudad en 670. De modo que ordenó a su maestro espiritual Akşemseddin que la buscase y señalase su emplazamiento plantando dos plátanos.

Plátano del patio exterior de Eyüp

Plátano del patio exterior de Eyüp

Hoy en día esos plátanos aún pueden verse en la gran mezquita de Eyüp. Uno de ellos en el patio interior y otro en el exterior. Independientemente de la veracidad de la leyenda, se calcula que ambos pueden tener más de 600 años de antigüedad.

El plátano de Helvacı Baba

En el jardín de la mezquita de Şehzade, mandada construir por Solimán el Magnífico para su hijo fallecido, hay varios plátanos centenarios. Uno de ellos es más antiguo que el propio templo, se calcula que ronda los 500 años y pudo haber sido trasplantado allí en 1542.

La historia de este lugar, y de este árbol, está íntimamente ligada a un personaje llamado Yakup Efendi, también conocido como Helvacı Baba.

Gran plátano de Helvacı Baba

Gran plátano de Helvacı Baba

Todos los viernes tras el rezo, este anciano se ponía bajo el árbol a repartir a los fieles necesitados helva, un dulce típico de Turquía, que llevaba en un cesto. Por muchos fieles que hubiera los dulces del cesto nunca se acababan.

Por este y otros portentos similares Helvacı Baba era considerado un santo, y aún hoy en día en su tumba nunca faltan peregrinos que acuden a pedirle favores o intercesión.

El Árbol de la Piedra 

Frente a la entrada del parque Gülhane, y justo partiendo en dos las vías del tranvía, se encuentra otro de los plátanos más célebres de Estambul, conocido como Taşlı Çınar, el Árbol de la Piedra. Se trata de un ejemplar enorme, de 30 metros de altura y aproximadamente 350 años. Su nombre le viene porque en una de sus ramas es posible distinguir una piedra enganchada.

Se cuenta que un sultán había descubierto esa piedra enganchada en el casco de su caballo, y que después de sacarla la lanzó al árbol, donde sigue desde entonces. La realidad puede ser un poco más prosaica.

Árbol de la Piedra

Árbol de la Piedra

Al parecer el árbol se encontraba justo en medio del muro de un pequeño cementerio, muro que fue derribado al construir el tranvía, no sin antes dejar como recuerdo involuntario la mencionada piedra.

El Árbol de los Verdugos

En Turquía hubo ejecuciones públicas por ahorcamiento hasta mediados del s.XX. En Estambul el escenario de las ejecuciones era otro árbol de desdichado recuerdo: el gran plátano de la mezquita de Beyazit, justo a la salida del mercado de libros de viejo.

El Árbol Asesino

Y siguiendo con los árboles de nombre tranquilizador, llegamos a este magnífico ejemplar, uno de los habitantes más antiguos de Estambul, ya que se calcula que fue plantado a principios del s.XIII. Se encuentra en el centro de la localidad de Çengelköy, en la orilla asiática del Bósforo. Es emocionante pensar que probablemente nació cuando la ciudad estaba en manos de los latinos de la Cuarta Cruzada, y cómo desde su emplazamiento pudo haber sido testigo de la construcción de la fortaleza Rumelia, y de la llegada de la flota otomana en abril de 1453.

El Árbol Asesino

El Árbol Asesino

Su desgraciado nombre le viene de un suceso acontecido hace pocas décadas. Un fuerte viento derribó una de sus grandes ramas y mató a un hombre que estaba tomando el té a su sombra.

Los plátanos de Subaşı

Más antiguos todavía parecen ser dos plátanos que se encuentran en las colinas del distrito de Çatalca, en la parte asiática, que por ahora son, según me consta, los dos únicos árboles de Estambul declarados monumento natural nacional.

El Árbol-Pulpo

En un terreno conocido como la granja Bilezikçi, cerca del mar Negro, se encuentra otro de los candidatos al título de árbol más antiguo de Estambul. Se trata de un plátano milenario, que cuenta con varios troncos principales que le han valido su extraño apelativo. Además en sus inmediaciones hay bastantes más ejemplares de plátanos centenarios espectaculares.

Árbol "pulpo" de Bilezikçi

Árbol “pulpo” de Bilezikçi

Otros árboles venerables

Vamos a enumerar aquí otros sabiendo que nos dejaremos muchos en el teclado: en el parque de Yıldız, en Beşiktaş, el fabuloso roble de Yıldız tiene más de 400 años de antigüedad.

También en el patio de la mezquita de Sinanpaşa del mismo barrio se encuentra un plátano varias veces centenario.

Junto a la tumba de Abdülhamit II está el conocido como Almez Solitario, un árbol de la familia de los olmos de excepcionales dimensiones.

En el jardín de la pequeña iglesia de San Jorge, la única iglesia ortodoxa de la ciudad que depende del Patriarcado de Jerusalén y no del de Constantinopla, inmediatamente pegado al muro hay un plátano soberbio que según el vigilante de la iglesia tiene más de mil años. Aunque tal vez sea una exageración, se trata de un ejemplar espléndido. No es difícil imaginarse a Dimitrie Cantemir contemplándolo desde su casa unos metros más arriba.

Plátano de la iglesia de San Jorge

Plátano de la iglesia de San Jorge

En el jardín de la mezquita de Sultanahmet, uno de los plátanos centenarios lleva poco más de treinta años compartiendo espacio con una hiedra que ha alcanzado un tamaño imponente, en una lenta pero encarnizada batalla de la que nos tememos que el plátano resultará derrotado. Mientras tanto la imagen es ciertamente impresionante.

En el jardín de la mezquita de Rum Mehmet Paşa, la más antigua de la parte asiática, hay dos árboles, un plátano y un pino, cuyos troncos están tan juntos que a día de hoy se puede decir que se están abrazando sin ningún tipo de pudor.

Y muchos, muchos más árboles excepcionales en esta ciudad sin igual, árboles que a tenor de los últimos acontecimientos, sabemos que no son sólo venerables, sino también vulnerables. Por su bien, esperemos poder ser dignos herederos de aquellos djinns protectores.

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Bibliografía básica

– Aktaş, Uğur. İstanbul’un 100 Ağacı. Kültür A.Ş. – İstanbul’un Yüzleri Dizisi, 2011.
– Bilgili, Ahmet Emre (ed.). Şehir ve kültür İstanbul. Profil, 2010.
– Carnoy, Henry  y Jean Nicolaïdes. Folklore de Constantinople, 1894.
– Gülersoy, Çelik. İstanbul’un anıtsal ağaçları. Türkiye Turing ve Otomobil Kurumu, 1984.
– Koçu, Reşad Ekrem. «Çınar» y «Çınar kovuğunda barınanlar». En İstanbul Ansiklopedisi vol 7. Koçu Yayınları, Estambul, 1964.
– Maguire, Henry (ed.). Byzantine Garden Culture. Dumbarton Oaks, 2002.
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Los apellidos de los turcos

Yılmaz ‘valiente’, Kaya ‘roca’, Demir ‘hierro’, Şahin ‘halcón’ y Çelik ‘acero’ son, en ese orden, los cinco apellidos más frecuentes en Turquía, según una noticia publicada recientemente.

Como habíamos prometido en la entrada dedicada a los nombres de los turcos, vamos a hacer ahora un repaso por los diferentes apellidos que lleva la gente por estas tierras y vamos a ver cuáles son los más populares, y también los más extraños.

Los apellidos turcos son sumamente interesantes, ya que la mayoría fueron acuñados en 1934, año en que el gobierno de la nueva república decretó por ley su uso obligatorio. Aún queda gente, bien es cierto que ya poca, que recuerda cómo fue aquel proceso, y cómo su padre o su abuelo eligieron tal o cual apellido, a veces de la forma más insólita y por los motivos más peregrinos. Pero empecemos echando un vistazo a cómo era la vida antes de la Ley de Apellidos de 1934.

Un mundo sin apellidos

Los súbditos del Imperio Otomano, y los ciudadanos de los primeros años de la República de Turquía, no tenían por lo general nombres de familia al estilo de los que conocemos en los países occidentales. Las autoridades registraban en sus censos tan sólo el nombre o nombres de pila de la persona en cuestión, el nombre de su padre, su lugar y fecha de nacimiento, y otro tipo de información que no seguía necesariamente un patrón estandarizado, como por ejemplo la profesión propia o la del padre, el apodo propio o el del padre, el origen geográfico de la familia, el rango militar y otros.

Campesinos en Anatolia, años treinta

Campesinos en Anatolia, años treinta

La gente corriente empleaba a su vez diferentes mecanismos de identificación. En primer lugar los patronímicos, que funcionaban generalmente añadiendo –oğlu (“hijo de”) o –kız (“hija”) al nombre del padre. Así Ali Mehmetoğlu era “Ali, el hijo de Mehmet”.  Entre las clases altas se solían preferir otros modos de formación patronímica, como la simple yuxtaposición, o la voz de origen persa –zade. Así “Ali, el hijo de Kemal” era Ali Kemalzade, o simplemente Ali Kemal.

Otro mecanismo era el uso de apodos. Estos podían ser rasgos físicos*, pero también oficios o gentilicios. Por ejemplo, Topal Orhan era “Orhan el cojo” y Arnavut Ali era “Ali el albanés”.  En muchas ocasiones estos apodos se heredaban de padres a hijos, pero sólo raramente funcionaban como los modernos apellidos, ya que su vigencia se extinguía en una o dos generaciones.

Mucho más estable era el mecanismo de los llamados lakap, nombres que identificaban a todo un clan, algo que respondía a la tradicional forma de organización social de los turcos anatolios en linajes segmentarios (aşiret), clanes basados en el territorio y en el nomadismo pastoral. Este sistema fue válido durante mucho tiempo, incluso en zonas donde el asentamiento agrícola databa de antiguo, y en cierto modo pervive hoy en día. Los lakaps provenían en su mayoría de topónimos o de epónimos heroicos. Algunos ejemplos eran Kılıçlar “los Espadas” o Hacı Huseyinlerden “los del linaje de Huseyin el Peregrino”, donde el tal Huseyin era el fundador cuasi-legendario del clan, cuya historia se hundía en la noche de los tiempos.

izmir

Una calle de Izmir a principios del s.XX

Aunque estos lakaps podían funcionar como apellidos de familias extendidas, en realidad no lo eran, ya que se trataba tan sólo un instrumento para definir el linaje desde el punto de vista de los no miembros. De hecho cuando entró en vigor la Ley de Apellidos, los nuevos nombres de familia entraron en fuerte contradicción con los antiguos “nombres de clan”, y por este motivo el mundo rural fue muy reticente a la adopción del sistema de apellidos, reticencia que aún hoy es posible observar en determinados lugares.

Finalmente otro mecanismo lo constituían los distintos y muy variados títulos y formas de cortesía. Por ejemplo Hacı Davut era “Davut el peregrino” (por haber completado su peregrinación a la Meca), y Ahmet Usta era “Ahmet el maestro artesano” (del oficio que fuese).

La Ley de Apellidos

Los dirigentes de la recién nacida República de Turquía pronto comprendieron que la adopción de los apellidos era un paso fundamental para el funcionamiento de cualquier estado moderno. Era algo que ya había advertido unos años antes el ideólogo del nacionalismo turco Ziya Gökalp, quien había llegado a acuñar para sí mismo un apellido, Gökalp, con el significado de “guerrero azul”.

La adopción de los nombres de familia dotaría al nuevo estado de una mayor eficacia en la esfera administrativa, fiscal y militar. Otro de los objetivos declarados era socavar el poder de los clanes y caudillos locales que, sobre todo en el sudeste kurdo, estaban poniendo en jaque la autoridad del estado.  Şükrü Kaya, a la sazón Ministro de Interior, lo expresaba ante la Asamblea Nacional en estos términos:

El sistema de clanes es propio de la Edad Media […], si aceptamos la afinidad tribal, si no eliminamos las lealtades de clan, en el futuro muchos se podrán oponer a nosotros alegando que ellos no son ciudadanos, sino miembros [del clan] de los Haydaranlı, de los Yusufanlı, o de cualquier otra tribu. Es necesario abolir estos clanes en aras de la unidad nacional.

Finalmente, la adopción de los apellidos suponía asimismo otro paso decidido hacia la occidentalización del país. Uno más, tras la abolición de la sharia y del califato, el cambio del calendario, la adopción del sistema métrico, el cambio del alfabeto y la reforma lingüística.

Portada del diario Milliyet anunciando la abolición de los títulos

Portada del diario Milliyet anunciando la abolición de los títulos, “signos de las diferencias de clase”

La primera medida que tomó el gobierno, previamente a la aprobación de la Ley de Apellidos, fue la abolición de los títulos honoríficos. De la noche a la mañana quedaron específicamente prohibidos los títulos Ağa, Hacı (peregrino), Molla (mulá), Hafız (reservado a quien ha memorizado el Corán), Hoca (maestro) Bey y Beyefendi (señor), Hanım y Hanımefendi (señora), Paşa (general, gobernador), Hazretleri (excelencia). Para reemplazarlos sólo se podría utilizar Bay (señor) y Bayan (señora). Curiosamente, casi ochenta años después, la mayoría de los títulos abolidos sigue gozando de una excelente vitalidad en la lengua cotidiana. Además muchos de ellos fueron adoptados como apellidos, tal era el apego que se les llegaba a tener.

Tras la abolición de los títulos honoríficos se aprobó la Ley de Apellidos. Esta establecía que el padre de familia de cada hogar debería elegir un apellido para toda su familia. A partir de ese momento estaba obligado a utilizarlo tras su nombre en todas sus relaciones con la administración. Asimismo en adelante debería figurar también en su firma. Para facilitar la tarea se publicaron decenas de miles de cuadernillos con listas de apellidos sugeridos que se distribuyeron hasta el último rincón de Anatolia.

Cédula de identidad de Atatürk

Cédula de identidad de Atatürk

Para dar ejemplo, el Presidente de la República fue el primero en adoptar un apellido, aprobado por la Asamblea Nacional. Quien hasta ese momento había sido conocido como Gazi Mustafa Kemal Paşa (general Mustafá Kemal el Victorioso, un título concedido tras su victoria en la batalla de Galípoli) pasaba a llamarse Kemal Atatürk (“padre de los turcos”, o “turco ancestral”) Se estableció que nadie más pudiera llevar ese apellido,  incluida la propia familia del presidente, que debería adoptar el de Atadan (“de la estirpe del padre”).

El propio Atatürk eligió personalmente los apellidos de muchos de sus amigos, compañeros y colaboradores. Por ejemplo, bautizó a su amigo İsmet Paşa, entonces Primer Ministro, como İsmet İnönü. por su victoria en la batalla de İnönü.

La ley establecía que las mujeres al casarse deberían adoptar el apellido de sus esposos, aunque una reforma del artículo 187 del Código Civil en 1997 permite a las mujeres conservar su apellido de solteras en primer lugar, siempre y cuando vaya seguido del de su marido.

Anuncio oficial del nuevo apellido del Primer Ministro, İsmet İnönü

Anuncio oficial del nuevo apellido del Primer Ministro, İsmet İnönü

El hecho de que la adopción de los apellidos sucediese en un momento tan reciente, hace apenas ochenta años, y la relativa libertad que concedieron las autoridades a la hora de acuñarlos, ha dado como resultado la existencia de una grandísima variedad de nombres de familia en Turquía, mucho mayor que la que se conoce en otros países europeos, como España o Italia.

Pese a todo aún hoy, comparado con otros países, en Turquía se concede mayor importancia a los nombres de pila que a los apellidos. Rara vez se nombra a una persona sólo por su apellido, ni siquiera en el ámbito académico o militar. Es algo bien visible en las camisetas de la selección nacional de fútbol, donde en otros países suelen figurar los apellidos, en Turquía figuran casi siempre los nombres de pila. Incluso hasta la década de los cincuenta, el listín telefónico de Estambul ordenaba a los abonados por su nombre de pila, y no por su apellido. A esto hay que unirle el hecho de que muchos apellidos, como Yılmaz (“valiente”) o Deniz (“mar”), son también nombres de pila, de modo que en ocasiones se producen confusiones.

Los apellidos

Dada la gran variedad de apellidos, clasificarlos no es tarea fácil. No obstante vamos a intentarlo, aunque sea de forma poco sistemática.

– Nombres de oficios: Demirci ‘herrero’, Arabacı ‘carretero’, Taşçı ‘cantero’, Sandalcı ‘barquero’ y Halıcı ‘vendedor de alfombras’ están entre los más comunes. Pero también aparecen otros como Deveci ‘camellero’ e incluso Polis ‘policía’ o Telefoncu ‘telefonista’. Todos ellos son también susceptibles de aparecer con el sufijo –oğlu ‘hijo de’. Por otra parte no era infrecuente escoger apellidos que pudieran servir a modo de reclamo publicitario. Conocemos los casos de un lechero que adoptó como apellido Özsüt ‘pura leche’, o un pastelero Temizel ‘manos limpias’.

– Accidentes geográficos, topónimos y gentilicios: Dağ ‘monte’, Deniz ‘mar’, Ege ‘Egeo’ Ankaralı ‘ankariota’, entre los cuales muchos nombres de ríos como Menderes, Seyhan, Orhon, Tunca, etc.

– Nombres con reminiscencias históricas o épicas: estos apellidos eran más comunes en el medio urbano y en ambientes nacionalistas. Se solían elegir nombres de sultanes selyúcidas como Alparslan, Tuğrul o Selçuk, o bien de kanes centroasiáticos como Teoman, Oğuz o Ayhan. Dentro de esta categoría entrarían también los apellidos de tipo racial como Öztürk ‘turco puro’, Özkan ‘sangre pura’, o Türkoğlu ‘hijo de turco, de estirpe turca’.

– Apodos: muchos fueron adoptados como apellidos, por ejemplo Topal ‘cojo’, Şişman ‘gordo’ o Sağır ‘sordo’.

Mehmet Topal, futbolista turco

Mehmet Topal, futbolista turco

– Antiguos lakap: algunos de los antiguos nombres de clan fueron reconvertidos en apellidos. Algunos autores calculan que un alrededor de un 10% de los lakap sobreviven hoy en día como apellidos. Se suelen reconocer porque contienen la forma – oğulları(ndan) ‘(de la estirpe de) los hijos de’. Por ejemplo Yakuphanoğullarından.

– Animales:  los más comunes, muchos de ellos con pretensiones de nobleza,  son Kurt ‘lobo’, Bozkurt ‘lobo gris’, Arslan y Aslan ‘león’ (nombre también de un sultán selyúcida), Ceylan ‘gacela’, Doğan ‘halcón’ (aunque también significa ‘naciente’) y Koç ‘carnero’. Curiosamente, como al aprobarse la ley mucha gente no se tomó en serio la obligación de adoptar un apellido, se registraron en un primer momento nombres de familia como Köpek ‘perro’ o Eşek ‘asno’, aunque la mayor parte de estos apellidos jocosos se modificaron en años sucesivos, a instancias del propio padre de familia o de sus descendientes. Como veremos más adelante, se dieron muchos casos de este tipo.

– Metales y minerales: los más comunes son Demir ‘hierro’ y Çelik ‘acero, pero también aparecen otros como Altın ‘oro’, o Zümrüt ‘esmeralda’.

– Cualidades: se elegían las que se consideraban respetables, como Yılmaz ‘valiente’, Çalışkan ‘diligente’, Bilen, Bilge o Çokbilmiş ‘sabio’, Doğru ‘honesto’, Dinlenmez ‘infatigable’ o incluso Ünlü ‘famoso’.  Como en el caso de los animales, no faltó quien se tomara la ley a chirigota y decidiese “bautizarse” como Aptal ‘estúpido’, Tembel ‘vago’, Yaramaz ‘travieso o inútil’ o Korkak ‘cobarde’. Aunque estos últimos apellidos han ido desapareciendo con el tiempo aún hay gente que los lleva, como atestigua el listín telefónico.

– Otros nombres eufónicos: en esta categoría entran una cantidad de apellidos que fueron elegidos por su sonoridad, y como en el caso de metales, animales y cualidades, tal vez porque se pensaba que proporcionarían a su portador estatus o nobleza. Algunos ejemplos serían Yüce ‘sublime’, Yıldız ‘estrella’, Güneş ‘sol’, Yıldırım ‘rayo’, Gezgin ‘viajero’, Kılıç ‘espada’, Ateş ‘fuego’, Gülen y Güler ‘risueño’, Aşık ‘enamorado’, Deligönül ‘loco de amor’, Aykaş ‘luna menguante’ o incluso Ölmez ‘inmortal’.

Otros, a pesar de haber sido elegidos por su carácter eufónico, son algo más modestos en sus pretensiones: Küçük ‘pequeño’, Su ‘agua’, Baş ‘cabeza’, Üç ‘tres’, Dört ‘cuatro’ y otros numerales; así como muchas frutas, verduras e incluso legumbres y cereales: Çilek ‘fresa’, Nohut ‘garbanzo’, Portakal ‘naranja’, Buğday ‘trigo’ o Mercimek ‘lenteja’.

Los apellidos de las minorías 

Aunque no se prohibieron explícitamente los apellidos de las minorías, sí que quedaban expresamente excluidas terminaciones como -yan (propia de los apellidos armenios), -of y (eslavos), -aki, -is y -poulos (griegos), -zade (persas), así como las partículas bin y veled (propia de los patronímicos árabes). Se prohibían además los topónimos extranjeros, así como los etnónimos. Quedaban pues excluidos apellidos como Laz, Arap (“árabe”), Çerkez (“circasiano”), Kürt y Kürtoğlu (“kurdo” e “hijo de kurdo”), etc. En muchas ocasiones, aunque de manera asistemática, tampoco se aceptaba el registro de lakap reconocidos. Se pretendía con ello profundizar en la turquificación de la población, y en la creación de una ciudadanía homogénea desde el punto de vista étnico.

En general los miembros de las minorías turquificaron sus apellidos (entre las minorías cristiana y judía ya existían apellidos al modo occidental), o simplemente los registraron eliminando las terminaciones delatoras correspondientes. Es curioso notar el destino de algunos apellidos de los judíos sefardíes, por ejemplo el apellido Sevilya (de Sevilla), que se convirtió en Sevil.

Huellas de la revolución lingüística

La Ley de Apellidos se aprobó en plena revolución lingüística, en un momento en que la recién creada Academia de la Lengua Turca acuñaba sin cesar multitud de neologismos basados en raíces turcas con el objetivo de sustituir los miles de préstamos del árabe y del persa que se habían venido empleando hasta entonces. Muchas de las palabras que se propusieron en un primer momento no cuajaron en el habla de la población y acabaron siendo desechadas. Algunos apellidos se escogieron entre esas nuevas palabras propuestas que más tarde caerían en desgracia. En ese sentido esos apellidos son como pequeños fósiles de aquel periodo de efervescencia lingüística. Son apellidos que “suenan” a turco, pero que no dicen nada a los modernos hablantes. Por citar un par de ejemplos relativamente extendidos: Adanç ‘*promesa’ o Bakman ‘*inspector’.

Apellidos extraños

Ibrahim Aksu recogió en un libro numerosas historias de los apellidos de su ciudad. En muchos casos, algunos apellidos inusuales eran el resultado de errores o de malentendidos con los funcionarios del registro. Un apellido relativamente frecuente en Turquía es Günaydın ‘buenos días’. Al parecer en muchos casos el motivo es que esa era una de las pocas palabras en turco que conocía el padre de familia, kurdo o árabe, encargado de ir a registrar el apellido, y probablemente la primera que decía al entrar en el registro.

Otro apellido que se registró profusamente en los primeros años (aunque con el paso del tiempo la mayoría de sus portadores se encargase de cambiarlo por otros menos estigmatizadores) fue Manyak ‘loco, maníaco’. Por algún motivo no esclarecido la palabra se había deslizado en las listas de apellidos sugeridos, y al ser una palabra culta desconocida para muchas personas poco instruidas, y tal vez porque les sonaba bien, fue la escogida por muchos padres de familia.

En otro caso, un hombre fue a registrar el apellido Boz ‘gris’ que era el apodo con el que lo conocían en su pueblo. Sin embargo el funcionario registró Buz ‘hielo’, y este es el apellido que lleva toda su familia desde entonces.

Otro caso es el de un hombre al que se le había pasado el plazo para registrar su apellido. Cuando por fin se dirigió al registro, preguntado por los motivos de su incomparecencia, dijo que no había tenido tiempo porque había estado por el monte plantando árboles. El funcionario decidió entonces “bautizarlo” como Ağaçdiken ‘plantador de árboles’. Otro de los apellidos que recoge Ibrahim Aksu es Dersin que se podría traducir como “lo que tú digas”, en el que podemos intuir que un funcionario se tomó muy al pie de la letra la respuesta del padre de familia a su pregunta “¿qué apellido te pongo?”.

Errores, malentendidos, burlas, tal vez una extraña forma de desobediencia civil o simple desinterés por parte de quienes creían que aquello era un mero trámite pasajero que pronto se olvidaría, y que en ningún caso tendría consecuencias para su familia y descendientes, el caso es que algunos de los apellidos que recoge Aksu desafían al más mínimo sentido común onomástico.

Adsız ‘sin nombre’, Geldi ‘ha venido’, Gitti ‘se ha ido’, Geldigitti ‘vino y se fue’, Aldıkaçtı ‘[lo] cogió y se marchó’, Bitti ‘se acabó’, Neyse ‘en fin’, Cinsel ‘sexual’, Ölü ‘muerto’, Olmaz ‘imposible’, Köle ‘esclavo’, Gerici ‘reaccionario’, Sormageç ‘déjalo estar’, Sineklidir ‘lleno de moscas’ o incluso Kızkaçıran ‘secuestrador de jovencitas’, o mi favorito,  Uzunkavakaltındayataruyuroğlu ‘hijo del hombre que duerme echado bajo el álamo alto’. Todos ellos son apellidos que figuran en el documento de identidad de más de una persona en Turquía.

Los más populares 

Los 20 apellidos turcos más comunes son en este orden: Yılmaz ‘valiente’, Kaya ‘roca’, Demir ‘hierro’, Şahin ‘halcón’, Çelik ‘acero’, Yıldız ‘estrella’, Yıldırım ‘rayo’, Öztürk ‘turco puro’, Aydın ‘iluminado, lúcido, intelectual’, Özdemir ‘hierro puro’, Arslan ‘león’, Doğan ‘halcón’ y también ‘naciente’, Kılıç ‘espada’, Aslan ‘león’, Çetin ‘duro’, Kara ‘negro’, Koç ‘carnero’, Kurt ‘lobo’, Özkan ‘sangre pura’ y Şimşek ‘rayo’.

Elif Şafak, novelista turca

Elif Şafak, novelista turca

Apellidos de turcos célebres 

Finalmente veamos qué significan los apellidos de algunas personas turcas que pueden ser conocidas para el público español e hispanohablante.

Fatih AKIN (cineasta): ‘torrente’

Sezen AKSU (cantante): ‘agua clara’

Ömer AŞIK (baloncestista): ‘enamorado’

Nuri Bilge CEYLAN (cineasta): ‘gacela’

Tansu ÇİLLER (ex primera ministra): ‘pecas’

Süleyman DEMİREL (ex primer ministro y ex presidente de la República): ‘mano de hierro’

Bülent ECEVİT (ex primer ministro): ‘ágil, astuto’

Recep Tayyip ERDOĞAN (primer ministro): ‘halcón luchador’ pero también ‘nacido soldado’

Sabiha GÖKÇEN (primera aviadora de combate de la historia): ‘de los cielos’ apellido acuñado por Atatürk.

Abdullah GÜL (presidente de la República de Turquía): ‘rosa (flor)’

Ara GÜLER (fotógrafo): ‘risueño’

Yılmaz GÜNEY (cineasta): ‘Sur’

Nazim HİKMET (poeta): ‘sabiduría’, era el nombre de pila de su padre.

Nihat KAHVECİ (futbolista): ‘cafetero, propietario de un café’

Abdullah ÖCALAN (fundador del PKK): ‘vengador’

Mesut ÖZİL (futbolista): ‘auténtico del país’

Orhan PAMUK (novelista): ‘algodón’

Elif ŞAFAK (novelista): ‘alba, amanecer’

Mehmet TOPAL (futbolista): ‘cojo’

Arda TURAN (futbolista): ‘Turán’ (ver esta entrada)

Ahmet ÜMİT (novelista): ‘esperanza’

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* Un interesante testimonio de esta costumbre de apodar a la gente por sus defectos físicos lo encontramos en la segunda parte del Quijote:

[…] el Uchalí, al cual llamaban Uchalí Fartax, que quiere decir en lengua turquesca ‘el renegado tiñoso’, porque lo era, y es costumbre entre los turcos ponerse nombres de alguna falta que tengan o de alguna virtud que en ellos haya; y esto es porque no hay entre ellos sino cuatro apellidos de linajes, que decienden de la casa otomana, y los demás, como tengo dicho, toman nombre y apellido ya de las tachas del cuerpo, y ya de las virtudes del ánimo. (El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, parte II, capítulo 40) 

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Bibliografía

– Aksu, Ibrahim. The Story of Turkish Surnames: An Onomastic Study of Turkish Family Names, Their Origins, and Related Matters. 1ST ed. Self-published., 2006.
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– Çalık, Kemal. Türk Ad ve Soyadı Sözlüğü. Kastaş Yayınları A.Ş., Estambul, 1991.
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Los nombres de Estambul

“¡Oh Estambul! De todos los nombres que aún me fascinan,
este sigue siendo el más mágico.”

Pierre Loti, Constantinopla, fin de siglo.

A petición de un querido lector vamos a hacer un breve repaso por los nombres que ha tenido Estambul a lo largo de la historia. Ahora que el posmodernismo parece haber resucitado la vieja máxima según la cual “lo que no se nombra no existe”, la profusión de nombres de la ciudad del Bósforo: Bizancio, Constantinopla, Estambul, Tsarigrad, Miklagard… caso único en el mundo de la toponimia, parece asegurar (por si alguien lo dudaba) la existencia obstinada de esta vieja ciudad a través de los siglos, y de paso también su indiscutible trascendencia en la historia de la humanidad.

BIZANCIO

Cuenta la leyenda que un griego, Bizas el Megariota, hijo del rey Nisos, fundó en el s.VII a.C a orillas del Bósforo y el Cuerno de Oro una colonia que en su honor se llamó Byzantion. Los historiadores y los filólogos han llegado a la conclusión de que Bizas no es un nombre griego sino tracio, o como mucho ilirio. Esto significaría que los colonos griegos de la ciudad de Megara simplemente habrían hecho suyo el nombre de una población anterior. En lo que están todos de acuerdo es en que este primer topónimo derivaba de un antropónimo, es decir, de un nombre de persona. De modo que el tal Bizas bien pudo ser una persona real, aunque no fuese ni griego ni hijo de rey. El origen último del nombre Bizas estaría en la raíz protoindoeuropea *bʰuHgos que significaba “macho cabrío”, “ciervo”, o más genéricamente “mamífero cuadrúpedo macho”.

Como curiosidad cabe recordar que en las fuentes griegas clásicas había otras dos ciudades con el nombre de Bizancio, una en Libia y otra en la costa occidental de la lejana India.

Moneda del s.III acuñada en Bizancio

El nombre de Bizancio no murió con la refundación de la ciudad por parte de Constantino. Se siguió utilizando para referirse a una ciudad cuyos habitantes fueron denominados durante mucho tiempo “bizantinos”, y que dio nombre también a una moneda muy utilizada en Europa occidental, el besante.

Hoy parece que Bizancio, esa palabra “mágica y picante” como la calificó John Romer en el fantástico documental The Lost Empire, sólo acude a nuestros labios cuando queremos desdeñar una discusión por “baldía, intempestiva o demasiado sutil”, que es la definición que da el DRAE para “discusión bizantina”. Algo que el viejo Bizas probablemente jamás se habría imaginado.

AUGUSTA ANTONINA

En el siglo III, el emperador Septimio Severo, tras reconstruir la ya vetusta ciudad de Bizancio (que previamente él mismo había destruido, todo sea dicho) decidió rebautizarla como Augusta Antonina en honor a su hijo Marco Aurelio Severo Augusto Antonino, el futuro emperador Caracalla. Sin embargo esta denominación no duró mucho tiempo ni llegó a ser en absoluto popular.

NUEVA ROMA

Constantino el Grande refunda la ciudad en el año 330 y hace de ella su nueva capital con la voluntad de equipararla a la antigua. En esta época se emplearon distintos nombres como Deutera Rōmē (Segunda Roma en griego), Byzantiás Rōmē (Roma Bizantina), Alma Roma (Roma Fértil en latín), así como Nea Rōmē y Nova Roma (Nueva Roma, en griego y en latín respectivamente), aunque probablemente durante un tiempo Bizancio siguió siendo el nombre más popular.

El nombre de Nueva Roma quedó consagrado en el tercer canon del I Concilio de Constantinopla, en 381, en el que se afirma que

El obispo de Constantinopla, sin embargo, tendrá la prerrogativa de honor después del Obispo de Roma, porque Constantinopla es la Nueva Roma.

La identificación de Constantinopla con Roma y el Imperio Romano llegó a ser tal que más tarde se generalizaron otras denominaciones como en árabe Rūmiyyat al-kubra (Gran Ciudad de los romanos), o en persa y urdu Takht-e Rum (Trono de los romanos). Incluso en las inscripciones de Orjón, primeros textos túrquicos, se menciona a los bizantinos como provenientes de Purum.

El nombre sigue en uso en el título oficial del Patriarca de Constantinopla: Su Suma y Divina Santidad Arzobispo de Constantinopla Nueva Roma y Patriarca Ecuménico; y aparece también en la denominación oficial de la minoría helenófona turca, los rum.

CONSTANTINOPLA

Pero el nombre más empleado ya desde el siglo IV fue Konstantinoúpolis, literalmente “la ciudad de Constantino”. La costumbre de dar a las ciudades el nombre de sus dirigentes es antigua y continúa hasta hoy en día, pensemos si no en ciudades como Washington o Leningrado.

De hecho otros dos lugares llevaron el nombre de Constantino el Grande aparte de la ciudad del Bósforo: un castillo en Isauria y la ciudad de Salamis en Chipre.

El nombre se adaptó como Konstandinj Grad en búlgaro antiguo, y Konstandnowpolis en armenio. En la mayoría de las lenguas europeas, sin embargo, proviene de la forma latina Constantinopolis, incluida la Constantinopla castellana y la Constantinoble catalana. Por si a alguien le parecen formas muy extrañas recordemos otras evoluciones de la forma -polis en distintas lenguas y periodos: Nablus (< Neapolis, y en castellano tradicionalmente Naplusa), Gelibolu (< Kallipolis), Antibes (< Antipolis), Grenoble (< Gratianopolis), etc.

En árabe se adaptó como Konstantiniyye “lugar de Constantino”, forma asumida también por los otomanos y nombre oficial de la ciudad hasta el s.XX, aunque su uso no fuera muy frecuente.

Cartel de Estambul como Konstantinoupolis en Kavala, Grecia

Las formas derivadas de Constantinopolis fueron las usuales en la mayoría de las lenguas europeas hasta bien entrado el siglo XX, y en Grecia sigue siendo la forma más utilizada.

Sin embargo, parece ser que siempre fue bastante habitual referirse a Constantinopla simplemente como La Ciudad. De la misma forma que muchos romanos se referían a su ciudad simplemente como Urbs, en el caso de Constantinopla era Polis. Los chinos adoptaron esta forma y, por metonimia, denominaban Fulin a todo el Imperio Bizantino. La forma sigue siendo muy frecuente en griego moderno, y en armenio, Bolis.

ESTAMBUL 

De esa denominación de Constantinopla como la Ciudad o Polis por antonomasia parece que proviene el nombre de Estambul. Ya en el s. X el geógrafo árabe Al-Masudi observa que los griegos no llaman a su ciudad Constantinopla sino simplemente Polin (polis en acusativo), y que cuando quieren enfatizar que se trata de la capital del imperio “debido a su grandeza la llaman Stan polin“. Esta expresión parece provenir de las formas griegas eis tēn polin o stēn poli, que significan “a la ciudad” o “en la ciudad”.

La expresión la atestan otros geógrafos del siglo XIII, como el árabe Yaqut, o el armenio Vardan, quien escribe que “el rey Heraclio se apoderó del trozo de la Vera Cruz que estaba en manos de los persas y lo llevó a Esdampol“.

A principios del s.XV el viajero bávaro Johann Schlitberger observa que “los griegos llaman a Constantinopla Istimboli, y los turcos la llaman Stambol“.

De la misma época es la primera atestación en español, de Ruy González de Clavijo, que afirma en su “Embajada a Tamerlán” que “los Griegos no llaman a Constantinopla como nos la llamamos, sino Escomboli“. Y un siglo y medio más tarde, el cautivo Diego Galán afirma que Constantinopla es “llamada por otro nombre Estambul, que quiere decir ‘lugar ancho’, porque comienzan los barrios desde los muros de la ciudad”

Señal que marca el límite de la provincia de Estambul

De todas formas hay que hacer notar que muchos geógrafos y viajeros durante el periodo otomano coinciden en limitar el uso de esta forma (escrita generalmente Stamboul) sólo a la península histórica. Estambul sería para ellos sólo una parte de Constantinopla, junto con Eyüp, Üsküdar, y Pera /Gálata.

La forma Istanbul derivada de stēn poli siguió siendo la más popular durante todo el periodo otomano, aunque al parecer contendió con otra Islambol, surgida de la etimología popular, que se podría traducir un poco libremente como “lugar donde abunda el Islam”, y que conoció cierto uso oficial. La denominación Istanbul sólo se convirtió en oficial con la promulgación de la Ley del Servicio Postal en marzo de 1930. A partir de ese momento se dejaron de entregar en Turquía paquetes o cartas dirigidas “a Constantinopla”, lo cual contribuyó a la generalización de la forma en otros idiomas. Actualmente los que emplean el alfabeto latino presentan mínimas variantes gráficas: Stambuł en polaco, Istambul en portugués, Isztambul en húngaro, Istanboel en neerlandés, Stambolli en albanés, etc.

Los judíos sefardíes naturales de la ciudad la llaman en su lengua Estambol. Y aunque sea como curiosidad hay que recordar que en turco se escribe İstanbul con una <İ> mayúscula con punto, que se distingue de la <I> sin punto.

TSARIGRAD 

En el mundo eslavo la denominación tradicional de la ciudad de Estambul era Tsarigrad. Esta forma se empezó a utilizar en antiguo eslavo eclesiástico y significa literalmente “la ciudad del Emperador (zar)”.

Estación de la avenida de Tsarigrad en el metro de Sofía

El término ha caído en desuso en la mayoría de las lenguas en beneficio de la forma Istanbul, incluido en rumano, donde había sido adaptado como Ţarigrad. A lo sumo se sigue empleando en contextos históricos.

Tan sólo en esloveno la forma Carigrad sigue teniendo plena vigencia. En búlgaro se encuentra fosilizada en ciertos refranes y frases hechas, así como en algún que otro topónimo, como la Tsarigradsko shose, la avenida de Estambul, una de las arterias principales de la ciudad de Sofía.

MIKLAGARD

Los vikingos tuvieron contactos con Bizancio desde el s.IX. Hasta por lo menos el s.XII el elemento nórdico fue muy importante en la capital bizantina gracias a los varegos, la guardia personal del ejército bizantino, formada principalmente por hombres reclutados en Escandinavia. Para todos estos pueblos Constantinopla se llamaba Miklagard, “ciudad grande”, tal y como aparece, por ejemplo, en la Saga de Eric el viajero, compuesta en el s.XIV, que narra la aventura de un noruego que viaja hasta Miklagard, y más al este.

Modernamente el nombre pervive en islandés Mikligarður y el feroés Miklagarður.

FURUK

En la poesía árabe clásica aparece con bastante frecuencia el nombre de Furuk, que probablemente significa “lugar entre dos continentes”. Lo utiliza por vez primera el poeta del s.IX Abu Tammam, pero se siguió empleando, aunque fuese esporádicamente, hasta el s.XIX.

SOBRENOMBRES

A lo largo de la historia se han utilizado multitud de denominaciones para Estambul que podríamos calificar de epítetos literarios, títulos honoríficos o variaciones estilísticas, algunas de las cuales gozaron de un estatus “oficial” en determinados momentos y contextos.

Ya en el s.IV era común que los rétores usaran expresiones como Ombligo del Mundo (ómphalos tēs gēs) y Ojo del Universo (ofthalmos tēs oikoumenēs) para referirse a la capital. Posteriormente se generalizaron otros como Ciudad Imperial (basileousa polis), muy utilizada por Procopio y sobre todo Ciudad de la Madre de Dios (Theotokopolis), debido a la gran veneración que se profesaba por la figura de la Virgen y la creencia en que protegía a la ciudad de todos los males, algo que también dio origen a otro epíteto frecuente, Ciudad Protegida por Dios (theophylaktos polis), que lo fue también en época otomana, La Bien Protegida (al-mahmiyya).

Otras denominaciones posteriores y relativamente recurrentes fueron Reina de las Ciudades, utilizada a lo largo de todo el periodo bizantino, Ojo y Corazón de la Tierra (empleada por Miguel Psellos), Nueva Jerusalén (bastante frecuente en el siglo XII), y Teatro del Universo (utilizada por muchos autores, como Metochites o Grégoras).

En época otomana este tipo de denominaciones fueron también muy frecuentes, y en ocasiones las únicas empleadas por las autoridades. Es el caso de la Puerta de la Felicidad (dersaadet), la Casa del Estado (asithane), o el Refugio del Mundo. Otras denominaciones como la Sublime Puerta (bab-ı ali) se referían a lugares físicos del complejo palaciego de Topkapı y se empleaban como metonimia de la ciudad, pero sobre todo de la administración otomana. En el mundo persa era común, al margen de Konstantiniyye, el uso de Kayser-i Zemin, literalmente “el lugar del César”. Modernamente parece tener bastante predicamento la Ciudad del Bósforo.

También ha habido en algunos momentos sobrenombres que podríamos calificar de despectivos, aunque su popularidad fuese efímera. El más antiguo de los que he recogido es Hija de Edom, que figura en algunas versiones del Libro de Alboraique, un libelo antisemita muy difundido en los sgs. XV y XVI, aunque no está claro que sea un término despectivo, y tal vez pudiera significar sin más “hija de Roma”.

Turcópolis se emplea como término despectivo en un lamento cretense anónimo sobre la caída de la ciudad, un término relacionado con el que acuñó siglos más tarde un miembro de la familia Ypsilanti, Barbarópolis, que se puso efímeramente de moda entre algunos griegos fanariotas durante la independencia de Grecia.

Finalmente durante la ocupación de Constantinopla, al finalizar la Primera Guerra Mundial, la prensa francesa hablaba con relativa frecuencia de Constantinobraltar, expresando su temor de que la ciudad se convirtiera en un nuevo Gibraltar en manos de los británicos.

Y no quiero terminar sin recordar el capítulo que el viajero otomano del s.XVII, Evliya Çelebi, dedica a los nombres de Estambul. Sin duda era consciente de que algunas lenguas tenían nombres diferentes para su ciudad natal, pero como muchos otros pasajes de su obra, el contenido es bastante fantasioso:

Estambul tiene distintos nombres en las distintas lenguas. El nombre original de la ciudadela de Estambul es en lengua latina “Macedonia”. Más tarde, cuando Yanko la construyó se llamó “Yankoviçe” en lengua siriaca. Más tarde, cuando Alejandro llevó a cabo en ella construcciones, se llamó, en lengua hebrea, “Alejandría”. En serbio “Pozanta”, en la lengua judía “Vejendoniya”, y en lengua franca “Yagfuriye”. En noveno lugar, como Constantino la había reconstruido, se llamó, en griego, “Poznatyam” y “Konstantiniyye”, y en alemán “Konstantinopol”. En la lengua de Moscú se llama “Tekuriye”, y en la de África “Grandorya”. En húngaro “Vezendovar”, en polaco “Kanatorya”, en checo “Aliyana”, en sueco “Herakliyan”, en flamenco “Istifanya”, en francés “Igrandona”, en portugués “Kostiyya”, en árabe “Kostantiniyye-i Kübrâ”, en persa “Kayser Zemin”, en indio “Taht-i Rum” [trono de los romanos], en mongol “Çakdurkan”, en tártaro “Sakâlib”, y en la lengua de los otomanos se llama “Islambol”.

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