La extraña fauna de Kazajistán

Tamerlán de caza

Recuerdo haber leído que el gran Tamerlán era un apasionado de la caza. Se cuenta que en su corte tenía nada menos que 20.000 halconeros expertos. Antes de una crucial batalla en su guerra contra la Horda de Oro, organizó una espectacular batida de caza con los 100.000 hombres de su ejército.  La relación de especies que atrapaban me pareció en su momento fabulosa, y muy sugerente: en las zonas altas cazaban osos, marjores, leopardos persas (a los que llamaban jangul “flor del rey”), hienas manchadas, ciervos bactrianos, puercoespines, marmotas Menzbier, tejones y otros animales peludos que cazaban a caballo o con gavilanes. Y más abajo, en el piedemonte estepario, el guepardo del desierto, el muflón del Kyzylkum, camellos salvajes y onagros, una especie de asno salvaje asiática. Sin embargo parece que todas estas piezas no eran dignas del emir, sobre todo cuando en la “jungla” togai, a lo largo de los ríos Amu Darya y Sir Darya, le esperaban el majestuoso tigre real, el yak salvaje del Pamir, el águila dorada  y el leopardo de las nieves. En la actualidad estos dos últimos son respectivamente los símbolos de la república de Kazajistán y de la ciudad de Almaty.

Para un señor como Tamerlán, que gobernaba en un territorio tan extenso, ni siquiera el reino animal tenía secretos. Se cuenta que durante su campaña en India su ejército se tuvo que enfrentar a cien elefantes de combate, y que estuvo a punto de perder la batalla por el temor que infundieron los paquidermos en sus tropas. En esa ocasión Tamerlán ideó un ardid que le acabaría dando la victoria: ordenó colocar balas de paja a lomos de sus camellos y les prendió fuego. Los camellos echaron a correr despavoridos hacia las líneas enemigas, asustando a los elefantes del ejército indio. Estos abandonaron sus posiciones y terminaron cargando contra sus propias tropas. Hoy día el camello sigue siendo uno de los animales más importantes para los pueblos de Asia Central. Uno de los nombres de mujer más comunes en Kazajistán, el que llevan miles de chicas jóvenes, es “Botaköz”, que significa literalmente “ojo de camello recién nacido”.

Pero es que el propio ejército de Tamerlán fue en ocasiones comparado con animales. Su cronista Arabshah enumeraba así los efectivos del gran emir antes de su campaña en Anatolia:

Había hombres de Turán, guerreros de Irán, leopardos de Turkistán, tigres de Balkhshan, halcones de Dasht y de Khata, buitres mongoles, águilas de Jata, víboras de Khajend, basiliscos de Andakan, reptiles de Corasmia, animales salvajes de Jurjan, águilas de Zaghanian, jaurías de Hisar Shadman, caballeros de Fars, leones de Jorasan y hienas de Jil, leones de Mazandarán, bestias de las montañas, cocodrilos de Rustamdar y de Talqan, áspides de las tribus de Khuz y Kerman, lobos de Ispahán, envueltos en chales, lobos de Rei, Gazni y Hamadan, elefantes de Hind, Sind y Multan, carneros de las provincias de Lur, toros de las altas montañas de Ghor, escorpiones de Shahrizor y serpientes de Askar Makram y Jandisabur… además había cachorros de hiena esclavos, cachorros de los turcomanos y voraces perroes árabes y jejenes persas y masas de idólatras y sacerdotes profanos.

Ruy González de Clavijo también da cuenta, por su parte, de un animal fabuloso que un embajador del sultán de Babilonia llevaba como regalo a Tamerlán, y lo describía así:

una alimaña que es llamada jirafa, la cual alimaña era hecha de esta guisa: había el cuerpo tan grande como un caballo, y el pescuezo muy luengo, y los brazos mucho más altos de las piernas, y el pie había así como el buey hendido, y desde la uña del brazo hasta encima del espalda había diez y seis palmos: y desde las agujas hasta la cabeza había otros diez y seis palmos, y cuando quería enhestar el pescuezo, alzábalo tan alto que era maravilla, y el pescuezo había delgado como de ciervo, y las piernas había muy cortas según la longura de los brazos, que hombre que no la hubiese visto bien pensaría que estaba sentada aunque estuviese levantada, y las ancas había derrocadas a yuso como búfalo: y la barriga blanca, y el cuerpo había de color dorado y rodado de unas ruedas blancas grandes: y el rostro había como de ciervo, en lo bajo de hacia las narices: y en la frente había un cerro alto agudo, y los ojos muy grandes y redondos y las orejas como de caballo, y cerca de las orejas tenía dos cornezuelos pequeños redondos, y lo más de ellos cubiertos de pelo, que parecían a los del ciervo cuando le nacen, y tan alto había el pescuezo y tanto lo extendía cuanto quería, que encima de una pared que tuviese cinco o seis tapias en alto podría bien alcanzar a comer: otrosí encima de un alto árbol alcanzaba a comer las hojas, que las comía mucho.

Ilustración de una jirafa en el “Viaje Egipcio” de Ciríaco de Ancona (s.XV)

Todo esto viene a cuento porque acabo de hojear un folleto que lleva el escueto título de Catálogo de los Parques Estatales Nacionales Naturales y de los Territorios Naturales Vigilados de forma especial, que edita, en exquisito español, la Embajada de la República de Kazajistán en Madrid, y aún no salgo de mi asombro al ver el extraordinario avance en biodiversidad que se ha producido desde los tiempos de Tamerlán.

El folleto enumera los espacios protegidos más importantes de Kazajistán y presenta de forma resumida la fauna y flora de cada lugar, prestando especial atención a las especies raras, incluidas en lo que llaman el “Libro Rojo de la República”, que visto lo visto sospecho que no tiene nada que ver con el de la vecina China. O tal vez sí. El caso es que la enumeración de las especies animales y vegetales de los parques kazajistaníes, puestas en román paladino, lleva mi imaginación a tiempos y territorios míticos, y me hace pensar en otro tipo de inventarios: no sabría decir si en un bestiario medieval, los componentes del gelocatil o la alineación de algún equipo de fútbol de la liga camboyana.

Y es que el folleto nos cuenta que en lugares con nombres de ecos tan legendarios como el Bosque de Plata, el Cabo de Frambuesa, o la Isla del Lago Imantau; y entre praderas salpicadas de tulipanes Greiga, Kauffman y Albert, peonías y agracejos de la estepa, rojos fecundos y adonis primaverales, podemos ver pastar a extraños seres que se llaman el serpenario, el podalir, el macaón, el manul, el ktyr gigantesco, los grifos, la marta de Asia Central de piedra, la osa de puntos rojos, la onza de las nieves, el turpan de nariz aguileña, el osman desnudo y el ular altaico.

Hemíonos turcomanos

En las montañas de Bayanul, una tierra según el folleto “llena de leyendas y más leyendas”, habita el carnero karatau montañoso, y más al oeste, en las montañas Kurgantas, “con las cuevas inabordables, donde la población local en la Edad Media se salvaban de los conquistadores”, la marmota-marmota y el muflón de ustiurt. Los lagos míticos, como el Yasibai, llamado así en honor a un héroe épico, son el reino del patín de rayas rojas y del de cuatro rayas, de la marinka ilieska, la maja de agua y ordinario, y el zambulle del baljash.

Otro lugar llamado el prado de Tamgal, parece ser el sitio ideal para ver pastar, a la sombra amable de plantas y árboles de delicados nombres como el fresnal relicto de sogdiansk, la solianka de jiva, el zapato pequeño de gran color y el verdadero zapato pequeño, a los célebres hemíonos turcomanos, a los caballos de Priyeval, al apolón, al balobán, al riabok cadshya de vientre negro, al caracal y al caracul (de los que ya hablamos en otra entrada), al barbudo y al glotón (que creo que existen también en España) y al castrado-skopa (que seguro que existe también en España, por desgracia), los cuales se alimentan quién sabe si de cereales mariev, manzanas Sivers y Niezdvedski, peras Reguelia, cerezas magalebiska, cabello de adiantum venerin (la comida preferida del barbudo), setas blancas de la estepa o raíz maralí.

En los cielos, sobre los rebaños de ovejas y cabras montañosas, vuelan con majestuosidad las cigüeñas negras, las grullas grises y sterj, el cavka; los tres tipos de pelícanos (el rizado, el rosado y el castrado, cada uno amante de un tipo de vino distinto), la zambullida de ojos blancos, la avutarda bonita, el reídor de cabeza negra, el águila de mar de cola blanca, el urogallo y el temible osoied.

En vista de esta abrumadora riqueza natural que recoge el catálogo, y hasta que se confirmen las informaciones según las cuales el gobierno de Kazajistán planea reintroducir el tigre para poner un poco de orden en todo este barullo ecológico, parece que la misteriosa e inquietante fauna kazaja está pidiendo a gritos un Esopo, un Kipling o un Walt Disney que cante sus glorias y calidades, que le vuelva a dar el lustre y prestigio que se merece, y que la saque del injusto letargo mediático en que se encuentra sumida.

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