Los turcos en la literatura española del Siglo de Oro

A finales del s.XVI y principios del s.XVII España y el Imperio Otomano se disputan el predominio material y espiritual del mundo. La lucha por el control del Mediterráneo y de Europa oriental se escenificaba en diversos frentes e impregnaba la vida política y cultural de todo el continente. Surgidos en el horizonte europeo tan sólo un par de siglos antes, los turcos se habían convertido en parte de la vida cotidiana, un elemento de referencia distante pero a la vez familiar, un espejo cuya imagen deformada sirvió para reafirmar los valores sacudidos por una época de gran convulsión. El turco era el Otro por excelencia del mundo cristiano civilizado.

En España su poderío llevaba varias décadas causando tanta inquietud como asombro y fascinación. La llegada de los Habsburgo al trono de los Reyes Católicos había proporcionado por primera vez una frontera común a ambos imperios en las llanuras de Hungría. En 1518 entran en contacto de forma más directa cuando Barbarroja, convertido en sultán de Argel, se pone bajo la tutela de Constantinopla. En 1527 Carlos V reúne a las Cortes en Valladolid para tratar la importancia del avance turco, recientemente vencedor en Mohács. El Imperio Otomano ingresaba así de lleno en la agenda política de la monarquía hispánica. En los años siguientes los turcos llegaron a ocupar la mayor parte de Europa oriental y la Berbería hasta los confines de Marruecos. Sus corsarios acosaban las costas mediterráneas de la península, e incluso en ocasiones las atlánticas. La amenaza turca era una realidad palpable para los españoles.

Sitio otomano sobre Viena en el s.XVI

Sitio otomano sobre Viena en el s.XVI

Se despierta entonces una gran curiosidad por conocer mejor a aquel temible enemigo que en tan pocos años había logrado victorias tan contundentes. Hasta entonces en España no se había considerado a los turcos como muy diferentes de los propios musulmanes que vivían en la península. Cuando los geógrafos e historiadores acudieron a sus propias obras no encontraron información relevante sobre ellos. Las crónicas de Muntaner y Desclot acerca de las expediciones aragonesas y catalanas al Levante habían caído en el olvido. También estaba casi olvidada la obra de Ruy Gonzalez de Clavijo, que había visitado tierras turcas a principios del s.XV.

El conocimiento español sobre los turcos era pues muy limitado, al contrario que en otros países europeos que llevaban varias décadas de contactos militares, comerciales y diplomáticos con la Sublime Puerta. Para paliar estas carencias a partir de la segunda mitad del s.XVI se empezaron a publicar en español  diversas obras documentales que abordaban aspectos militares, históricos y sociales de los turcos, algunas de ellas traducidas, como el Commentario de las cosas de los turcos (1543) de Paolo Giovio, la Historia de los turcos (1555) de Vicente Roca, o la obra de Vasco Díaz Tanco publicada con el amistoso título de Palinodia de la nephanda y fiera nación de los Turcos (1547).

Una constante en estas obras es la elucubración acerca del origen de los turcos. Su ausencia en las fuentes clásicas desconcertaba a los autores, y daba lugar a extravagantes teorías que identificaban a los turcos con los escitas o con los troyanos (llamados “teucros” en los textos griegos). Sobre su nombre Díaz Tanco avanzaba algunas hipótesis fantasiosas que ya preludiaban uno de los rasgos que caracterizarían a los turcos literarios en España:

 Algunos [historiadores] dicen que este nombre turco se dice a torquendo; o a tortura por los tormentos que dan a los tristes que en sus manos caen. Y otros dicen que a trux trucis, porque su gran crueldad es excesiva […]

En general estas obras mostraban admiración por los vastos territorios y las inconmensurables riquezas a disposición del Gran Turco, así como por el rápido ascenso de la dinastía otomana. También el ejército era objeto de sus elogios. Se ensalzaba su disciplina, el rigor de sus reglamentos, el valor con que se desempeñaban los jenízaros en el campo de batalla e incluso el respeto que mostraban a la población civil de las tierras que invadían.

Victoria de los Habsburgo sobre los otomanos cerca de Budapest en 1603 (grabado de Matthäus Merian el Joven)

Victoria de los Habsburgo sobre los otomanos cerca de Budapest en 1603 (grabado de Matthäus Merian el Joven)

No obstante la mayoría de autores achacaban a los turcos multitud de vicios. Señalaban su crueldad, su lujuria, su falta de palabra y su fe ciega en una religión falsa y perniciosa, defectos que, como veremos, retomarán más tarde las obras literarias. Se les acusaba de todo tipo de tropelías. Una obra de 1510 los tacha de “trocadores, crueles y homicidiosos y en toda lujuriosa bruteza y deshonestidad envueltos”. Se alertaba del peligro que suponía su avance y Pedro Mexía los llega a calificar de “azote de Dios para castigar y enmendar al pueblo cristiano”.

A lo largo de todo este periodo el tema turco va colonizando también el espacio literario hispánico. Al principio los turcos suponían más una preocupación política que literaria y su presencia en las letras españolas es más bien esporádica. Garcilaso de la Vega los combatió pero apenas les dedica espacio en sus obras, tan sólo los menciona brevemente en su égloga II. Asimismo se encuentran totalmente ausentes en la obra de Hernando de Acuña y de Diego Hurtado de Mendoza. En la lírica tan sólo Cristóbal de Castillejo los convierte en materia literaria. Un poco más adelante Fray Luis de León trae a los turcos a las páginas de De los nombres de Cristo (1589), pero tan sólo para realizar una reflexión puramente religiosa sobre la expansión del cristianismo amoroso frente al belicoso islam.

En las novelas de caballerías aparecen con más frecuencia, ya desde el propio Tirante el Blanco (1490). En el Palmerín de Oliva (1525) entra en escena por vez primera en la literatura española el Gran Turco, que es retratado como un “lascivo, codicioso de hermosas doncellas”.

En el teatro el tema turco se inaugura con la Farsa dicha turquesana contra el Turco muy galana (1529) atribuida a Hernán López de Yanguas. Se trata de una obra muy imbuida en el espíritu de cruzada, en la que el cristianismo resulta finalmente vencedor, tras superar numerosos apuros y vicisitudes.

En esta primera época sólo las crónicas rimadas sobre las gestas de Carlos V incluyen de forma sistemática a los turcos, como La Carolea (1560), de Jerónimo Sempere; o Carlo Famoso (1566) de Luis Zapata de Chaves.

Batalla de Lepanto

Batalla de Lepanto

En cualquier caso en este primer momento los turcos de la ficción tan sólo aparecen en contextos de marcado carácter documental e histórico, generalmente como un medio para ensalzar las gestas de los héroes (históricos o caballerescos) a los que se pretende encumbrar literariamente. No es hasta después de las victorias de Malta (1565) y Lepanto (1571) cuando los autores españoles empiezan a incorporar a los turcos a la ficción literaria plena. En una época en la que triunfa una literatura de evasión y de ensueño (novela morisca y caballeresca, poemas épicos) Albert Mas, autor de un magno estudio sobre este tema, sostiene que los turcos representaban para los españoles una realidad demasiado amarga como para prestarse a una idealización o plegarse a convenciones literarias.

EL VIAJE DE TURQUÍA 

Sin embargo, en esos mismos años se iba a concebir en España una obra original y única, una obra que por su innovador tratamiento del tema turco y su espíritu profundamente humanista tardó casi tres siglos y medio en ver la luz. Nos referimos al Viaje de Turquía (1557).

No sólo desconocemos quién fue su autor (ha sido atribuido entre otros a Cristóbal de Villalón y al doctor Andrés Laguna), sino que ignoramos también si éste estuvo alguna vez realmente en Turquía, ya que gran parte de los pasajes de la obra se basan en fuentes librescas perfectamente identificables. Su originalidad reside sin embargo en el retrato lúcido y ecuánime de la organización social y las costumbres de los turcos, y en el uso que se hace de ese retrato para sacar a la luz y censurar, mediante un humor típicamente erasmista, vicios identificados como españoles, como la incredulidad irracional, la soberbia, la hipocresía religiosa, la impericia de los médicos, y muchos otros que pueden tal vez explicar por qué la obra permaneció tanto tiempo inédita.

Plano de Estambul obra de Matrakçi, realizado veinte años antes que el Viaje de Turquía

Plano de Estambul obra de Matrakçi, realizado veinte años antes que el Viaje de Turquía

El Viaje de Turquía es la narración de un cautivo, Pedro de Urdemalas, que tras huir de Constantinopla relata a dos compatriotas sus peripecias de cautiverio y las costumbres de los otomanos, las cuales compara constantemente con las españolas. Sin dejar de ocultar los vicios frecuentemente atribuidos a los turcos, que detallaremos más adelante, no escatima espacio para hablar bien de todas sus virtudes. En cierto modo parece que trata de hacer ver a los españoles que podrían aprender mucho de los turcos.

Desde el punto de vista militar admira su disciplina, su sobriedad y su buena conducta. Elogia también su forma de administrar la justicia, que no distingue entre judíos, cristianos y musulmanes, y que se conduce con gran agilidad, como irónicamente comenta:

Allí no hay pleitos de treinta años y cuarenta como acá, porque niegan haber más de un infierno; y si eso tuviesen, eran obligados a confesar dos.

La tolerancia religiosa de los otomanos le hace añorar, si bien tibiamente, el espíritu español de las tres religiones, aunque también es consciente de la discriminación que sufren (los cristianos y judíos tienen más restricciones vestimentarias y pagan más impuestos). En cualquier caso el Viaje de Turquía ofrece una visión ideológica muy diferente a toda la propaganda antiturca que prolifera en Europa por esas fechas.

La obra sorprende por la riqueza de su documentación. Aunque contiene algunos errores e imprecisiones notables, constituye un cuadro vivo y profundo del mundo turco. Describe con precisión las galeras, la vida de los cautivos, los oficios de Constantinopla -sobre todo la profesión médica-, y da información sobre el islam y sobre las costumbres,  ceremonias, indumentaria, precios de las cosas, gastronomía, y otras facetas diversas de la vida turca,

Se detiene en aquellas prácticas que cree que pueden interesar al lector español. Así por ejemplo detalla la cultura de los baños, una costumbre poco conocida en España, y alaba la limpieza de las gentes en Constantinopla:

Una de las cosas que más nos motejan los turcos, y con razón, es de sucios, que no hay hombre ni mujer en España que se lave dos veces de como nace hasta que muere.

Elogia también el desdén de los turcos por divertimentos crueles e inútiles como son los torneos, o los juegos de azar, que consideran “gran vileza y deservicio de Dios, y tiempo malgastado, y daño del prójimo y homicidio de sí mismo”. Explica que tan sólo algunos hombres de mar juegan al ajedrez, y aun estos lo hacen “por pasatiempo, sin dineros”.

Miniatura otomana. Un banquete en palacio.

Miniatura otomana. Un banquete en palacio.

Los hábitos de la mesa ocupan una buena parte de sus observaciones. Algunos resultan irreconocibles actualmente, como cuando afirma que comen “más para vivir que por deleite” ya que lo hacen “con tanta prisa, que parece que el diablo va tras [ellos]”. Sin embargo otros nos pueden parecer mucho más familiares, como cuando menciona platos que aún hoy en día se ven en las mesas turcas. Habla de varias formas de preparar el arroz (pilao, tauc sorba, etc.), cereal que los turcos aprecian especialmente porque creen que los hace fuertes; y especifica que la mayoría de los platos son cocidos, que “ellos llaman sorbas, [que] es como acá diríamos potajes”.

Le llama también la atención la costumbre turca de los rellenos y describe así los platos que modernamente conocemos como yaprak sarma y patlıcan dolması:

Al tiempo de las hojas de parras, usan otro potaje de picar muy menudo el carnero, y meterlo dentro de la hoja de la parra y hacerlo a modo de albóndiga, y cuando hay berenjenas o calabazas sácanles lo de dentro y rellénanlas de aquel carnero picado y hácenlas como morcillas…

Aunque asegura que su amo es “enemigo del pescado y de los huevos”, menciona que los turcos consumen caviar. Del pan dice que es una especie de “tortas que llaman pitas”, y sobre la bebida asegura que en lugar de vino beben sorbetas, que son “aguas confeccionadas de cocimientos de guindas y albaricoques pasados”.

Los lácteos llaman también su atención. Menciona el caimac, que es como “las natas nuestras dulces”, y sobre todo da noticia de una leche agria de la que

comen tanta que no se hartan. […] Esta que acá tenéis por vinagrada estiman ellos más que nuestras dulces natas, y llámanla yagurt. Hay gran provisión de ella todo el año.

La mesa del sultán

La mesa del sultán

En muchos momentos de la obra habla Pedro de Urdemalas de las mujeres turcas y de las relaciones de género sin esconder sus opiniones abiertamente misóginas:

En una sola cosa viven los turcos en razón y es ésta: que no estiman a las mujeres ni hacen más caso de ellas que de los asadores, cucharas y cazos que tienen colgados de la espetera; en ninguna cosa tienen voto, ni admiten consejo suyo.

De ellas le sorprende que cabalgan a horcajadas como los hombres, y que “andan tan galanas o más que aquí”, pero que por la calle “no se las puede conocer porque no puede ir ninguna descubierta sino tan tapadas que es imposible que el marido ni el padre ni el hermano la conozca fuera de casa.” Y en otro pasaje afirma que los turcos son “la gente más celosa que hay, y con razón, porque como por la mayor parte son bujarrones, ellas buscan su remedio”.

Dama turca en un grabado de La Chapelle de mediados del s.XVII

Dama turca en un grabado de La Chapelle de mediados del s.XVII

Toda la obra está además trufada de juicios y observaciones que revelan una gran conciencia lingüística por parte del autor. Se maravilla ante el multilingüismo de la ciudad de Constantinopla, y de lo común que es allí oír el español (a causa tal vez de los judíos sefardíes), aunque de los turcos afirma que no saben muchas letras (“algunos hay que saben arábigo y leen a Avicena, pero tampoco entienden mucho”).

Sobre la lengua turca opina que es “algo oscura, y tiene palabras que se parecen unas a otras”, y asegura que el mismísimo sultán se divierte escuchando a los extranjeros que tratan de hablarlo porque “no hay vizcaíno en Castilla más gracioso que uno que allá quiere hablar la lengua”. En diversos momentos de la obra incluye frases enteras en turco, transcritas en alfabeto latino, como las fórmulas de agradecimiento tras la comida. Él mismo afirma que aprendió turco, y aunque atribuye la soltura que consiguió a la intervención divina, admite que su competencia no es del todo satisfactoria, algo que en ocasiones le da lugar a sabrosos equívocos, como cuando confunde gequier (“azúcar”, moderno şeker), con zequier (“pene”) y en lugar de pedir a la dama que le sirva azúcar para la ensalada le dice que necesita tener un pene encima. Este malentendido en concreto le sirve a Pedro de Urdemalas para concluir, haciendo gala de una fina consciencia intercultural, que “el mejor alcahuete que hay para con las damas es no saber su lengua, porque es lícito decir cuanto quisieras y tiene de ser perdonado”.

En otras ocasiones es la falta de lo que podríamos llamar competencia cultural lo que corrige el propio Pedro de Urdemalas a sus interlocutores, como cuando Juan se sorprende al oír que las mujeres de Oriente son blancas, y Pedro le replica de un modo que puede sonar familiar a más de uno incluso en la actualidad:

¿Qué hace al caso caer al Oriente la tierra para ser caliente, si participa del Septentrión? Constantinopla tiene 55 grados de longitud y 43 de latitud, y no menos frío hay en ella que en Burgos y Valladolid.

La obra se completa con una descripción de la ciudad de Constantinopla y un apéndice que contiene una historia de la dinastía otomana. La descripción de la ciudad se centra sobre todo en el suburbio de Gálata, tal vez por haber sido allí cautivo, y resulta sorprendente y un tanto decepcionante su insensibilidad ante la belleza monumental de la ciudad (“cosas memorables hay pocas” dice antes de afirmar que el mejor edificio de la ciudad es el bazar).

En resumen se trata de una obra excepcional, demasiado original y audaz para su época (y no sólo por su visión del mundo turco, sino también por otras razones formales, como el uso de la primera persona), lo que tal vez la condenó al ostracismo. Aunque en cierto modo se podría considerar precursora de las Cartas persas de Montesquieu (y por ende de las Cartas marruecas de Cadalso), poca gente pudo leerla en su momento, por lo que se puede sostener que su influencia en la literatura posterior fue escasa o directamente inexistente. Sin embargo brilla con luz propia en el panorama literario de temas turcos en el s.XVI por su prolija documentación y su lúcida humanidad.

HACIA LA TURQUERÍA  

Las victorias de Malta y Lepanto cambian radicalmente la imagen de los turcos en España. Si hasta entonces se había percibido al Imperio Otomano como una fuerza casi invencible, a partir de ese momento su fiereza parece haber menguado a ojos de los españoles, algo que se refleja también en las letras. La literatura épica surgida al calor de las derrotas otomanas en el Mediterráneo, así como los nuevos romances de temática netamente turca van integrando poco a poco a los turcos en la ficción literaria, al tiempo que presentan aspectos de su humanidad hasta entonces desatendidos. Ya antes incluso de Lepanto dos novelas preludian un futuro género literario que hará uso de los turcos como recurso argumental. Nos referimos a la Selva de aventuras (anterior a 1569) de Jerónimo Contreras , y El patrañuelo, de Juan de Timoneda.

Por lo que respecta al teatro, otras dos obras normalizan por aquellas fechas la presencia turca en la escena dramática: La destrucción de Constantinopla (1587) de Gabriel Lobo Lasso de Vega, y el Cerco de Rodas, de Francisco Tárrega, piezas en las que se sigue haciendo hincapié en el peligro que representaba el Imperio Otomano.

Comedia del Cerco de Rodas, de Francisco Tárrega

Comedia del Cerco de Rodas, de Francisco Tárrega

Se va fraguando en España un género, que aunque nunca contó con nombre propio, se corresponde en cierta medida a lo que en otros países, especialmente en Francia, se denominó “turquería”. En España no obstante este género presenta rasgos netamente distintos a los del resto de Europa. Si en los demás países la turquería nacía de un marcado gusto por el exotismo y se desarrollaba al calor de la literatura documental, en España el género tuvo que lograr diferenciarse del ya existente exotismo local, representado por el islam peninsular. La confusión entre moros y turcos, sobre todo en un primer momento, es total. Incluso en el Viaje de Turquía Pedro de Urdemalas a la pregunta de si ha sido cautivo de moros responde con un “de turcos, que es lo mesmo.” En los primeros romances de temática turca se caracteriza a los otomanos como si fuesen granadinos (vestidos con corazas marroquíes, almaizares, tejidos de Almería, albornoces verdosos, jaeces, etc.), y del mismo modo los turcos impregnan el romance morisco (por ejemplo en algunos romances se habla de jenízaros en Granada).

Y si la confusión entre moriscos y turcos era común, la de estos con los berberiscos era aún más frecuente. Incluso entre quienes diferenciaban claramente a unos y otros, se solía denominar turco a cualquier súbdito del Imperio Otomano, independientemente de su origen o lengua. A efectos dramáticos, en la ficción española Berbería y Turquía eran realidades en muchas ocasiones intercambiables. Cervantes es autor de un ciclo berberisco y un ciclo turco (representado por El amante liberal y La gran sultana), sin embargo no parece que en ellos esté describiendo mundos diferentes. Aunque en Cervantes aparecen en general bien diferenciados los turcos de los moros, la confusión la subraya uno de los personajes de Los baños de Argel cuando exclama:

Válame Dios ¿qué es esto?
Moros hay en la costa.

A lo que otro replica

Turcos son en conclusión

En definitiva, mientras en Europa los turcos evocaban en la literatura el exotismo, y satisfacían la curiosidad por una religión distinta y unas costumbres sorprendentes; en España se encuentran con un molde literario preexistente que ya cumplía esa función, el morisco, al que se irán superponiendo hasta quedar en un primer plano. El clima literario de finales del s.XVI se presta a la entrada de los turcos en las intrigas de pura ficción. Las tentativas aisladas que hemos mencionado hasta ahora testimonian la existencia de una corriente favorable al empleo de temas más típicamente turcos, corriente a la que, por motivos diferentes, se adherirán Cervantes y Lope y que ganará una gran popularidad en el primer tercio del XVII.

CERVANTES Y LOS TURCOS   

Cuando Miguel de Cervantes regresa de su cautiverio en 1580 los turcos comienzan a ser populares en la literatura de ficción. El Príncipe de los Ingenios también se siente tentado por incorporarlos a sus obras, ya sea porque pretendiese abogar por la causa de los cautivos, o bien porque creía que podía tratar esos temas mejor que ningún otro, ya que había conocido de primera mano a los turcos en Argel.

Mercado de los esclavos en Argel. Grabado holandés de finales del s.XVII

Mercado de los esclavos en Argel. Grabado holandés de finales del s.XVII

Lo cierto es que su experiencia en el cautiverio está presente a lo largo de toda su obra y no se limita al ciclo turco-berberisco. Las evocaciones a Turquía son múltiples tanto en el Quijote como en las novelas ejemplares, las comedias y Los trabajos de Persiles y Sigismunda.

En El trato de Argel el drama de los cautivos está en primer plano, aunque se incluyan otros hilos argumentales menos serios. Lo mismo se puede decir de las comedias Los baños de Argel y La gran sultana, la novela ejemplar El amante liberal y por supuesto el relato del cautivo incluido en la primera parte del Quijote.

El amante liberal  se desarrolla íntegramente en Turquía, y por sus enredos y su forma de abordar el tema del amor y el deseo recuerda mucho a las turquerías italianas de Giraldi Cinthio , aunque también se ha visto en ella una sátira de las novelas bizantinas. Los turcos en El amante liberal son personajes perfectamente integrados en la ficción, su vida y sus costumbres se describen al principio de la obra con bastante detalle y cierto respeto. La obra, eso sí, ofrece un cuadro negativo del sistema administrativo y judicial otomano, carcomido por la corrupción; un juicio que contrasta con el más benévolo del Viaje de Turquía.

Las novelas ejemplares de Miguel de Cervantes

Las novelas ejemplares de Miguel de Cervantes

También la comedia La gran sultana doña Catalina de Oviedo presenta todos los rasgos característicos de una turquería concebida como puro divertimento. La obra nos transporta a Constantinopla, donde el Gran Turco se enamora perdidamente de Catalina, una esclava española a la que ofrece matrimonio. El amor del sultán es tan intenso que accede a la petición de Catalina de permitirle conservar su religión y sus costumbres después de casados. La obra aborda los problemas del poder, de la ortodoxia religiosa, del extrañamiento cultural, y de los límites del amor y el deseo; pero al mismo tiempo está trufada de momentos de gran comicidad.

El Gran Turco de esta obra es un personaje sumamente contradictorio. Por una parte se nos presenta como un soberano cruel y lascivo, pero por otra se pone de manifiesto su alma poética, y termina apareciendo como un soberano indulgente y romántico.

La ambientación cobra un papel muy importante. A pesar de no haber estado nunca en Turquía, Cervantes recrea a partir de fuentes orales la capital otomana y la corte del sultán, con sus fastos y su protocolo. Por el escenario desfilan eunucos, bajáes, el gran cadí, un embajador de Persia… Se muestra un ambiente muy distinto del que caracterizaba al islam español, que ya era mucho más familiar para el espectador de la época. Constantinopla representaba un entorno diferente, la puerta de una Asia desconocida y mágica, un lugar propicio para la maravilla. Aunque la obra no fue representada hasta el siglo XX, su puesta en escena preveía también el uso de un vestuario colorido y extravagante, y de una música oriental.

Vista de Constantinopla. Grabado de Le Blond (1711)

Vista de Constantinopla. Grabado de Le Blond (1711)

En una de sus secuencias finales Madrigal, uno de los personajes, se despide de la ciudad de una forma muy conmovedora, dejando traslucir su admiración y asombro por los maravillosos escenarios en los que ha vivido, pero también la animosidad y el recelo que le inspira el poderío naval otomano:

¡Adiós, Constantinopla famosísima!
¡Pera y Permas, adiós! ¡Adiós, escala,
Chifutí y aun Guedí! ¡Adiós, hermoso
jardín de Visitax! ¡Adiós, gran templo
que de Santa Sofía sois llamado,
puesto que ya servís de gran mezquita!
¡Tarazanas, adiós, que os lleve el diablo,
porque podéis al agua cada día
echar una galera fabricada
desde la quilla al tope de la gavía.

En los versos se reconocen algunos lugares modernos de Estambul, como Pera o Beşiktaş (Visitax); mientras que otros no están del todo claros. Permas (tal vez el barrio bizantino de Perama, o acaso se refiere a las barcazas que cruzaban el Cuerno de Oro). Chifutí puede referirse a Çifut Kapısı, nombre con que era conocido un barrio judío de Constantinopla. Guedí por su parte es más difícil de identificar, tal vez se refiera a la fortaleza de Yedikule.

Como vemos en general Cervantes es muy cuidadoso con la verosimilitud de los personajes y ambientes turcos que incluye en sus obras, aunque tal vez esto se deba a su propia experiencia de cautiverio más que a una tarea expresa de documentación. En sus obras asistimos a diversas escenas de la vida de los turcos, desde el ambiente palaciego y del harén, con su trajín de eunucos, embajadores y visires, a las visitas del sultán a la mezquita de los viernes, sin dejar de lado la gastronomía, que incluye los sorbetes, el arroz pilao y otros platos no menos sorprendentes.

También es interesante el celo de Cervantes al reproducir determinados aspectos de la lengua turca. En su obra se encuentran, salpicadas aquí y allá, numerosas palabras como fende (“señor”, del turco efendi), chauz (“portero”, relacionado con el turco moderno çavuş), chilibí (“caballero”, del turco çelebi) o dabaxí (jefe de una escuadra de jenízaros, del turco odabaşı). En Los trabajos de Persiles y Sigismunda se mencionan ciertos insultos que emplean los turcos contra los infieles: rospeni (“puta” del turco orospu, palabra originariamente griega), denimaniyoc (probablemente de dini imani yok, “sin fe ni religión”), que según explica Cervantes “son palabras y razones turquescas, encaminadas a la deshonra y vituperio de los cautivos cristianos”. A veces incluye frases enteras en turco, como en El trato de Argel, cuando el rey exclama tras ordenar azotar a un cautivo “Yuru ja caur” donde se entiende el moderno turco yürü ya gâvur (“márchate, infiel”), aunque en otras ocasiones lo que pone en boca de turcos y renegados es la lengua franca de los marinos del Mediterráneo, mezcla de italiano, griego, árabe, turco y otras lenguas.

Vista de Argel en el s.XVII

Vista de Argel en el s.XVII

Cervantes, que estuvo a punto de ser conducido a Constantinopla durante su cautiverio (si bien hay quien afirma que efectivamente lo fue), no es ajeno a la turcofobia y la denigración del turco tan frecuente entre los autores de su época. En su caso es incluso más comprensible, no sólo por sus padecimientos en Argel, sino porque durante su carrera militar no conoció más enemigo que el Imperio Otomano. A lo largo de toda la obra cervantina se vislumbra la formulación, tal vez de manera no muy precisa, de un ideal social. En muchas ocasiones, Cervantes parece servirse de los turcos como antítesis de ese ideal que intenta aventurar.

Así en Los baños de Argel se afirma que los turcos se han trastocado en corsarios, en “hombres de nación confusa”. Más que infieles o pertenecientes a otro orden y otra ley, son bárbaros inhumanos que convierten a los hombres en mercancía. También en el Persiles los turcos son presentados de forma cruda. Cervantes les reprocha su lujuria, su hipocresía y su gusto por la sodomía. El juicio crítico de Cervantes sigue suscitando reacciones encontradas incluso en la Turquía del s.XXI. En 2010 una representación de La gran sultana en Estambul fue recibida con gran polémica.

Sin embargo Cervantes también deja entrever bastante respeto e incluso admiración por los turcos. Reconoce la lealtad que muestran en los combates y encomia su desprecio por la traición. Elogia también el poderío otomano y su habilidad política. Y al contrario de muchos otros de sus contemporáneos, en Cervantes no se encuentran palabras de desprecio por el islam. Rechaza la religión por considerarla errónea, pero no la ridiculiza ni la vitupera. Cuando menciona a Mahoma lo hace evitando las expresiones peyorativas que solían acompañar a su nombre en las obras de otros autores.

Por otra parte no deja de apreciar, como muchos otros humanistas, que los turcos sean más tolerantes que los propios cristianos con las demás religiones. Como dice uno de los personajes de Los baños de Argel:

Y aun otra cosa si adviertes,
que es de más admiración
y es que estos perros sin fe
nos dejen como se ve
guardar nuestra religión

Ese mismo humanismo que profesa Cervantes se refleja en otros episodios que revelan un acentuado tacto intercultural, como cuando en El gallardo español un soldado cristiano se despide de uno musulmán deseándole que

Tu Mahoma, Alí, te guarde

A lo que el musulmán le replica con la misma cortesía y a la vez el mismo reconocimiento de las creencias que los separan:

Tu Cristo vaya contigo.

Tal vez el episodio más revelador en este sentido lo encontramos en La gran sultana, cuando Amurates, el Gran Turco, entabla un coloquio con Catalina, la cautiva española que se convertirá en su mujer, y le confiesa que desea tener un heredero con ella que aúne lo mejor de las dos razas. Quiere, dice, engendrar con ella “un otomano español”.

En palabras de Emilio Sola, Cervantes, más que nadie, fue “el que consiguió llevar a la gran literatura la más matizada, variada y sintetizadora de las imágenes del turco y del turco-berberisco, caso único ya no sólo en la literatura española sino también en la literatura europea clásica.”

LOPE Y LA CONSOLIDACIÓN DE LA TURQUERÍA   

Al mismo tiempo que Cervantes aparcaba temporalmente los temas turcos en 1593, Lope de Vega publicaba El favor agradecido, la primera turquería de una larga serie. Si bien algunas de las comedias turquescas atribuidas en algún momento a Lope son hoy en día de autoría dudosa, podemos decir que indiscutiblemente el Fénix de los ingenios escribió unas veinte en las que el tema turco tiene especial preponderancia, ya sea en Turquía o en Berbería. Además en otras diez intervienen brevemente personajes turcos.

Retrato de Lope hacia 1612, atribuido a Eugenio Cagés

Retrato de Lope hacia 1612, atribuido a Eugenio Cagés

A diferencia de Cervantes, para quien los turcos eran una realidad humana, y que se preocupaba por la veracidad o al menos por la verosimilitud de sus tramas turcas; en Lope éstas no son más que un artificio que le permite dar color a un argumento y variar los episodios. Por este motivo Albert Mas considera que en cierto modo es Lope, más que Cervantes, el verdadero creador de la turquería española. Cervantes se limitó a transponer en sus obras su experiencia argelina, mientras que Lope se percató del filón dramático que atesoraban los ambientes y personajes turcos y lo aprovechó sentando las bases de un modelo que él mismo y otros explotarán hasta la saciedad.

Cervantes apenas idealiza la realidad turca, en cambio Lope lo hace a capricho cuando así lo requiere el curso de la narración, los convierte en una convención literaria. En ocasiones las comedias de Lope se inspiran en hechos históricos, como en Lo que hay que fiar del mundo, donde dramatiza la historia de Ibrahim Bajá, el gran visir de Solimán el Magnífico, o La Santa Liga, donde recrea la batalla de Lepanto y se interesa por la vida cotidiana de los turcos. En otras ocasiones las tramas son puramente imaginarias.

A veces la aparición del tema turco es simplemente un recurso dramático para aportar comicidad, o para explicar una larga ausencia a causa del cautiverio, como en el caso del desenlace de El perro del hortelano, que parece inspirado en las turquerías italianas, al igual que El avaro de Molière. El tema de los cautivos reaparecerá en El favor agradecido, Jorge Toledano y La pobreza estimada.

La obra Argel fingido y renegado de amor marca un hito en el que los turcos ya no quedan confinados a los papeles históricos de antaño. Se trata de una auténtica turquería paródica donde en realidad todos los turcos que aparecen son falsos turcos. En la misma línea van La doncella Teodor, La boba para los otros y discreta para sí, y Los Ponces de Barcelona, que parece una parodia del propio género que Lope ha consagrado. En su último acto Lope se ríe de la credulidad de los turcos, encarnados aquí en Barbarroja, cuya obesidad también es objeto de burla.

Pero es probablemente la novela La desdicha por la honra la obra de tema turco más lograda de Lope. La obra se desarrolla en Constantinopla, y de todas las turquerías de la literatura española es la que hace entrar al lector más íntimamente en el ambiente del serrallo. Sabemos que está inspirada en el Nuevo tratado de Turquía, de Sapiencia, y en ella Lope recrea Constantinopla y las costumbres de los turcos con cierto detalle.

Manuscrito de

Manuscrito de “El favor agradecido”, autografiado por Lope en 1593

De todas formas en general la ambientación y la verosimilitud no parecen preocupar demasiado a Lope. Para componer su Bayaceto, Racine realizaría una importante labor documental, entrevistando a numerosos embajadores y viajeros. Lope de Vega en cambio se conforma con la erudición que le aporta la obra de Sapiencia y aun así no hace un uso intensivo de ella. La ambientación es en general (salvo en La desdicha…) vagamente musulmana, pero no expresamente turca. Se percibe el peso de los héroes musulmanes del romancero y de las novelas moriscas, de forma que los turcos no aparecen especialmente caracterizados.

En ocasiones emplea Lope giros lingüísticos específicos para caracterizar a ciertos personajes o para dotarles de comicidad, aunque en general los personajes turcos y moros se confunden y lo mismo ocurre con sus lenguas. En La pobreza estimada se habla de una carta que han enviado “los chupeques de Argel”, preguntado qué significa chupeque, el personaje Julio responde que “perro, en arábigo lenguaje”. Sin embargo lo más probable es que se trate de la forma del turco moderno köpek (“perro”). En La desdicha por la honra, que como hemos dicho toma muchos elementos de la obra de Sapiencia, Lope gusta de emplear turquismos. En algunos pasajes que son prácticamente calcados, donde Sapiencia usa “fragata” Lope dice “caique”, y lo explica “si vuesa merced se acuerda que le dije que era pequeña barca, pero no excuso una palabra turca, como algunos que saben poco griego”.

Otras veces son los juegos onomásticos los que originan la comicidad, como en La boda entre dos maridos, en la que un personaje que se hace pasar por quiromántico incluye lo siguiente entre otras fórmulas “mágicas”:

Titón, Tirín, Tulimán
nombres del Gran Turco son.

No hay faceta de los turcos que Lope no considere susceptible de burla y chanza. En La boba para los otros y discreta para sí un falso embajador del Gran Turco enumera de esta forma cómica las posesiones de los otomanos, que antaño tanto impresionaban a los españoles:

El gran Mahometo, sultán
emperador de la China,
de Tartaria y de Dalmacia
de Arabia y Fuenterrabía,
señor de todo Oriente
desde Persia hasta Galicia,

En definitiva, cuando Lope empieza a escribir sobre temas turcos, aún parecían estos rodeados de un cierto halo de admiración y de profundo respeto. De alguna forma, a pesar de algunas derrotas estrepitosas, los turcos se percibían como demasiado poderosos para parecer ridículos, demasiado graves para prestarse a intrigas frívolas. Lope de Vega se propone incluirlos en comedias y obras burlescas y lo consigue con creces, instaurando así una nueva moda en la literatura de su tiempo.

DIFUSIÓN DE LOS TEMAS TURCOS   

A principios del s.XVII la aparición de los turcos en comedias y obras de ficción se había convertido en una convención corriente, una especie de moda. Esto no se debía sólo a la popularidad de las obras de Lope o Cervantes, sino que como hemos visto desde Lepanto existía un clima favorable a los temas turcos. Sabemos que en los festejos en honor a Felipe III en 1600 hubo personas disfrazadas de turcos en los desfiles. Lo mismo sucedió en años posteriores en las fiestas de San Isidro. En 1622 se recreó una batalla naval entre españoles y turcos en Madrid. Años antes los trofeos de Lepanto, entre los que figuraba el fabuloso estandarte de Ali Bajá, habían sido expuestos para admiración del pueblo madrileño. En otras ciudades españolas se vieron acontecimientos similares que contribuían a materializar la realidad turca por medio de imágenes visuales cada vez más frecuentes. En una fecha tan tardía como 1640 un romance dedicado a Madrid recuerda que las victorias españolas sobre los turcos se seguían celebrando en el colegio de Atocha:

Adiós colegio de Atocha,
donde las fiestas se hazen
del armada que perdieron
los turquesanos turbantes

En esta época proliferan también los avisos, las relaciones militares, las gacetas y demás géneros protoperiodísticos que acercan a España noticias de todo tipo provenientes de Constantinopla y el Imperio Otomano. La proximidad se manifestaba incluso en la existencia de un popular convento en Madrid, llamado de Nuestra Señora de Constantinopla, que se mantuvo activo hasta el s.XIX.

Madrid y su antiguo alcázar en el s.XVII

Madrid y su antiguo alcázar en el s.XVII

El modelo de las novelas ejemplares de Cervantes cuaja en el Poema trágico del español Gerardo (1615), de Gonzalo de Céspedes, y Relaciones de la vida del escudero Marcos de Obregón (1618), de Vicente Espinel, que abordan entre otros el tema del cautiverio. También Antonio Eslava incluye en sus Noches de invierno (1609) un relato sobre el asesinato del hijo del sultán Solimán, un suceso que inspiró turquerías en toda Europa y que Eslava trata de una forma más bien macabra.

Una mención especial merece la novela Premiado el amor constante,  incluida en el Teatro Popular (1622) de Francisco de Lugo y Dávila, y ambientada en parte en Constantinopla. Aunque en ella los turcos sean tan sólo una excusa narrativa para apartar al héroe del cristianismo, la novela contiene muchos episodios pintorescos originales. Por ejemplo, es una de las pocas obras que señala la presencia de espías turcos en territorio español. Pero tal vez lo más singular de esta novela sea su tratamiento de la cuestión lingüística. La mayor parte de las turquerías presentaban a turcos que habían recibido educación española, por descender de moriscos, o por haber sido criados por cautivos españoles, de modo que cristianos y musulmanes, en esas obras, no tenían ningún problema de intercomprensión. Tan sólo el “Viaje de Turquía” se había planteado esta cuestión cuando los dos interlocutores de Pedro de Urdemalas le acribillan a preguntas para saber cómo se expresaba en Turquía. Otros dramaturgos como Lope ni siquiera plantean el problema. El conocimiento de lenguas extranjeras era una convención aceptada por los autores de ficción del siglo de Oro. Lugo y Dávila es tal vez el único que hace aparecer traductores en su obra sobre los turcos.

Asalto a Rodas en una miniatura otomana

Asalto a Rodas en una miniatura otomana

Pero es sin duda el teatro el género más rico en turquerías. Siguiendo el ejemplo de Lope muchos dramaturgos incluían en sus obras personajes y tramas turquescos. Muchas historias cautivaban y ofrecían a los autores una materia dramática difícil de igualar: los fratricidios sucesorios, las conspiraciones palaciegas, el harén, etc. Algunas de estas obras se inspiraban en hechos de la historia reciente, como la caída de Rodas, tratada en La pérdida honrosa y caballeros de San Juan; el sitio de Viena, sobre el que existen varias dramatizaciones, una de ellas de Lope; la toma de Túnez en El cerco de Túnez de Juan Sánchez; los acontecimientos de Hungría en la Famosa comedia y segunda parte del corsario Barbarroja y huérfano desterrado, también de Juan Sánchez; la victoria de Malta en El valor de Malta, anónima; y por supuesto Lepanto, como en El esclavo de Venecia, obra anónima que recrea muy bien el ambiente de Constantinopla. También se convirtieron en materia dramática algunos héroes extranjeros antiturcos, principalmente Segismundo de Transilvania, el albanés Skanderberg, o el celebrado Tamerlán, estimados por sus luchas contra los otomanos.

En casi todas las obras dramáticas se encuentran determinados elementos argumentales recurrentes. El más frecuente es sin duda el cautiverio. En la literatura española cautiverio y turquería forman un todo prácticamente inseparable, a diferencia de la turquería francesa. Los cautivos son, en la práctica totalidad de las obras, cristianos en tierra musulmana, ya sea Turquía o Berbería. Sólo raramente se trata el tema de los cautivos turcos en tierra española. Aparecen por ejemplo en El socorro en el peligro, de Alonso de Castillo Solórzano, o en La difunta pleiteada, anónima atribuida a Lope.

Roxelana en un grabado veneciano del s.XVI

Roxelana en un grabado veneciano del s.XVI

Otro elemento recurrente es, por supuesto, el amor. Un amor que puede surgir entre turcos, o entre turcos y cautivos. Los amores entre el sultán Solimán y Roxelana fueron objeto de gran interés en España mucho antes de las modernas series de televisión. Entre otros la historia la retomó, deformándola, Lope en su comedia Lo que hay que fiar del mundo.  Sobre el amor entre un cristiano y una turca la opinión de los autores era unánime: no podía existir. La musulmana debía abrazar el cristianismo para poder consumar el amor.

También se aprecian en las turquerías ciertas constantes ideológicas: en primer lugar se suele exaltar el poderío turco, la mayor parte de las veces con el objetivo de enaltecer a su vez las glorias hispanas. En este sentido se aprecia con bastante claridad en muchas obras una reivindicación de la dignidad imperial y de la misión providencial de España. Además es frecuente la exaltación de la fe católica, un rasgo que se acentuará a partir de la segunda mitad del s.XVII. La turquería, al plantear un enfrentamiento cómodo entre las dos religiones que han coexistido en España durante siglos se convierte en un instrumento de edificación religiosa, al tiempo que recuerda la condena a los renegados de la fe. Junto a esta exaltación se enfatiza también el desprecio por el islam. Aunque técnicamente se distinga en ocasiones a moriscos de turcos, en el plano de la fe esta distinción se hacía difícil, y el islam que practicaban era condenado por igual.

QUEVEDO Y LOS TURCOS. LA HORA DE TODOS

Por lo que respecta a la condena del islam, una de las apariciones de los turcos más desconcertantes de la literatura española la encontramos en la obra satírica La hora de todos (1635), de Francisco de Quevedo. En uno de sus capítulos más largos y complejos asistimos a una reunión del sultán otomano con todos sus prohombres y algunos esclavos cristianos. Un morisco expulsado de España, agradecido por haberle dado asilo, se permite aconsejar al Gran Turco algunas medidas de gobierno. Le recomienda que instaure universidades, que adopte el derecho de los romanos, que decrete la sustitución del alfanje por la espada y que fomente el consumo de vino. Un renegado llamado Sinán Bey se opone fieramente a estas propuestas, alabando la barbarie y la ignorancia del pueblo, ya que son estos atributos los que permiten que el ejército pelee con valor y que prevalezca el dominio del príncipe. Al final, el sultán hace suyas las palabras del renegado y condena al morisco a la hoguera añadiendo que prefiere “ser llamado bárbaro vencedor”.

Quevedo, retrato de mediados del s.XVII

Quevedo, retrato de mediados del s.XVII

Sobre este pasaje se han propuesto diversas interpretaciones. Parece claro que Quevedo pretende dar una imagen del Gran Turco que despierte el odio y la ira del lector. El sultán es un monarca orgulloso y cruel que mantiene a su pueblo en la ignorancia prohibiendo la imprenta y las universidades, un “emperador por los embustes de Mahoma” que extiende su dominio sobre un pueblo de esclavos.

No obstante también hay críticos que afirman que en este caso los otomanos, como en otras obras, tan sólo son una excusa para exponer determinados juicios de valor sobre España. Al fin y al cabo es un morisco quien propone al sultán una organización universitaria y legal como la española, mientras que quien se opone es un renegado cristiano. Además el renegado emplea una oratoria mucho más fina, y su lenguaje complejo parece insinuar el valor y la trascendencia de la misma cultura que pretende condenar. En cualquier caso parece que Quevedo se las arregla para elogiar los valores castrenses y la obediencia como requisito indispensable para el mantenimiento de la autoridad política; y al mismo tiempo condenar la ignorancia impuesta como programa general de gobierno. Los turcos son en ese sentido un elemento exótico muy oportuno desde el punto de vista discursivo.

Como curiosidad, La hora de todos es de las pocas obras de todo el Siglo de Oro en la que se llama Estambul a Constantinopla.

DECADENCIA DE LOS TEMAS TURCOS  

Hacia 1630 Lope deja de incluir personajes turcos en sus comedias, y parece que el formato empieza a dar síntomas de agotamiento. Sin embargo la moda no se pierde bruscamente, y el interés por los turcos se seguirá manifestando en lo sucesivo en algunos ecos literarios. En 1638 se traduce y se publica con gran éxito la obra de Almosnino sobre la vida turca, Extremos y grandezas de Constantinopla, que demuestra que la seducción del mundo otomano aún gozaba de vitalidad.

El principio del fin de las turquerías vendría poco después de mano de sendas condenas por parte de dos de los autores más reputados de la época: Quevedo y Vélez de Guevara. Quevedo condenaba en La premática del tiempo el abuso de la trama turquesca y morisca:

Y otrosí declaramos por moros y turcos a todos los poetas que como renegando de su patria, disfrazan los nombres de damas, galanes y de sus amores con los de turcos y moros.

Luis Vélez de Guevara precisa con ironía en las “ordenanzas poéticas” incluidas al final de su Diablo cojuelo (1641), que las obras moriscas deben “bautizarse” en el plazo de cuarenta días o de lo contrario dejar el reino. Es evidente que le disgustan sobre todo las obras de tema granadino, que habían llegado a un grado de artificiosidad y convencionalismo notables en aquella época; sin embargo podemos figurar que su diatriba se dirige también contra los temas turcos.

Placa de la calle dedicada a Luis Vélez de Guevara en Madrid

Placa de la calle dedicada a Luis Vélez de Guevara en Madrid

No obstante Vélez de Guevara había cultivado con anterioridad la turquería, aunque muy a su manera. La nueva ira de Dios y Gran Tamerlán de Persia (1635) es una obra en la línea de Lope, del tipo que después condenaría. También El príncipe esclavo y El águila de agua abordan en parte temas turcos. En El asombro de Turquía paradójicamente no aparece un solo turco, aunque se los menciona en repetidas ocasiones.

Finalmente los turcos están del todo ausentes en la obra de Pedro Calderón de la Barca. Aunque presenta personajes musulmanes en ciertas obras, como en El gran príncipe de Fez, no parece que los turcos le interesen lo más mínimo. En sus obras la fe se presenta fundamentalmente como un ejercicio en el interior del alma, y no ve necesidad de contraponerla a otros credos para fundamentar la victoria de la religión cristiana.

Sin embargo los turcos no desaparecen del todo y continuarán durante unos cuantos años poblando las páginas de las obras literarias españolas. Entre las novelas de este periodo sobresale La peregrina ermitaña (1641) de Alonso de Alcalá y Herrera, una obra muy original del ciclo turco-barbaresco, en la que dos cautivos unen sus fuerzas para intentar evadirse, sin que aparezca en la trama ningún enamoramiento entre los cautivos, o de estos con turcos, como venía siendo habitual en las manidas fórmulas de la época.

En el teatro a partir de la segunda mitad del s.XVII se acentúa el carácter religioso de las turquerías. Uno de los mejores ejemplos de esta tendencia es Dexar un reyno por otro y Mártires de Madrid (1678), obra escrita a tres manos por Agustín Moreto, Jerónimo de Cáncer y Sebastián Rodríguez de Villaviciosa y que se desarrolla casi íntegramente en Turquía. La corte otomana aparece estilizada y aunque no se puede hablar exactamente de pintoresquismo y color local, la total ausencia de personajes cristianos durante la mayor parte del primer acto seguro que hubo de impresionar al auditorio, y acentuar el orientalismo de las escenas.

Audiencia del sultán Selim en el palacio de Topkapı

Audiencia del sultán Selim III en el palacio de Topkapı

Otros ejemplos los constituyen El azote de su patria, de Moreto, donde se sacrifican las manidas aventuras de héroes cristianos cautivos en aras de presentar problemas más elevados, El Genízaro de Hungría de Juan de Matos Fragoso, obra donde se recrea el ambiente más exótico de Constantinopla, y sobre todo El tirano castigado (1671), de Juan Bautista Diamante, que muestra al sultán Osmán II viendo en un sueño a todos los sultanes que le han precedido evocar sus gestas más importantes. Está llena de pinceladas de exotismo, no siempre sugerido por otros dramaturgos: los eunucos del harén, los rostros tapados de las damas, los funerales del propio Osmán II, etc. En palabras de Albert Mas es tal vez la última gran turquería española.

RETRATO DE LOS TURCOS EN LAS TURQUERÍAS ESPAÑOLAS  

Los turcos de la literatura española son descritos en muchas ocasiones como robustos y fuertes, normalmente altos. Según Sapiencia eran “hombres de buen talle, no morenos como los moros, sino blancos y de buenos rostros”. Los dramaturgos a veces indican cómo es el aspecto de sus personajes turcos. Por ejemplo Cervantes en La gran sultana presenta al Gran Turco como un joven de aspecto hermoso. En otras ocasiones aparecen como negros, sobre todo cuando se quería criticar su religión, pero eran las menos, ya que el público en general sabía que los turcos eran blancos como los españoles.

Sultán Mehmet III, retrato de Cristofano dell'Altissimo. S.XVI

Sultán Mehmet III, retrato de Cristofano dell’Altissimo. S.XVI

Otros detalles físicos que aparecen con frecuencia son los referidos a las peculiaridades capilares. El bigote es un elemento definitorio de los turcos literarios. Ya a mediados del s.XVI en la Carolea de Sampere se leía

[…] de allí las gentes turcas, fuertes, feas
que en boca sus mostachos apretaban.

En La desdicha por la honra Lope describe de esta forma a un cristiano que se disfraza para hacerse pasar por otomano:

Sus hopalandas traía y su turbante, y como era moreno, alto y bien puesto de bigotes, veníale el hábito como nacido.

Otro elemento muy citado, puede que incluso más que el bigote, es la costumbre de rasurarse el cabello dejando tan sólo un mechón. En Los baños de Argel Cervantes lo describe de esta manera:

Trae el Turco en la corona
una guedeja sola
de peinados cabellos.

Según Pedro de Urdemalas este extraño corte de pelo era una concesión a los enemigos, para que pudieran transportar fácilmente su cabeza en caso de que cayesen en combate. Otros elementos que debieron de causar impresión a los espectadores contemporáneos son las colas de caballo en el pendón de Solimán, algún brazo tatuado de henna de los turcos de Argel o el pendiente en la oreja de Mehmet III en El prodigioso príncipe transilvano.

Müezzinzade Ali Paşa, almirante otomano en Lepanto. Grabado alemán, s.XVI

Por lo que respecta al vestido no parece que en general los autores caracterizasen a los turcos de una forma especial. Las referencias a prendas suelen señalar términos árabes peninsulares. En La gran sultana Cervantes señala que un paje entra “vestido a lo turquesco”. El turbante era también un elemento recurrente.

En cuanto a las costumbres que se evocan en las turquerías españolas, algunas son comunes a todos los musulmanes, como la prohibición del alcohol y el cerdo, o la poligamia. Otras casi no aparecen en la literatura española, como la circuncisión, o el matrimonio. Se menciona sin embargo en algunas obras una novedad: el divorcio, llamado “repudiación”, una práctica que no era admitida en la España cristiana. Tampoco aparecen muchos funerales. Diamante muestra una escena en un cementerio de Constantinopla. Lo describe como un verdadero jardín, muy diferente de las capillas mortuorias sombrías y lúgubres de las iglesias cristianas, o de las filas interminables de nichos superpuestos de los cementerios italianos o españoles

Bien dicen
que no se entierran en templos
los moros, sino en jardines

Otro elemento recurrente son los baños, una costumbre típicamente musulmana. Cuando los compañeros de Pedro de Urdemalas le preguntan en qué consiste la religión musulmana, éste les responde de forma concisa y calculadamente ambigua: “ir limpio”. Los baños se mencionan frecuentemente en las comedias. En El amigo hasta la muerte, de Lope, uno de los personajes femeninos aparece medio desnuda, saliendo del baño.

Recreación de un hamam femenino, obra de Lebarbier, 1785

Recreación de un hamam femenino, obra de Lebarbier, 1785

También la cortesía turca es representada en las comedias hasta la caricatura, por medio de saludos interminables, con gestos ceremoniosos y espectaculares, todo un conjunto que, de la palabra árabe salam, ha obtenido el español el vocablo “zalamero”.

Un papel importante en la caracterización turca lo desempeñan también la magia, la brujería, la adivinación y la astrología, supersticiones que se atribuían a los turcos. Abundan los sueños premonitorios y en ocasiones los personajes turcos son presentados como sanadores.

En cuanto a la lengua, como hemos mencionado antes, los turcos nobles o dignos empleaban un lenguaje elevado, una convención común a todas las literaturas europeas. Por el contrario los autores que intentaban imitar con fines cómicos la forma en que un turco se podía expresar en castellano componían una especie de jerigonza que debía de causar hilaridad por su uso intempestivo. Sin embargo, como señala Albert Mas, la ficción morisca impidió la aparición de un falso lenguaje turco en la literatura española, ya que ésta disponía de una jerga peninsular hispano-árabe de gran vitalidad que los autores utilizaron para hacer hablar a todos sus “graciosos” musulmanes, turcos incluidos. Algunos turquismos que aparecen en las turquerías españolas, aparte de los ya mencionados del Viaje de Turquía y de Cervantes, son xumá por “viernes” (turco cuma), arnaute por “albanés” (turco arnavut), o mar Blanco por mar Mediterráneo (calco del turco Akdeniz), amén de otros muchos, algunos ya citados en la entrada sobre turquismos en español.

Sultán Murat III en un retrato del s.XVII atribuido a un pintor español desconocido

Sultán Murat III en un retrato del s.XVII atribuido a un pintor español desconocido

Aunque no son estrictamente costumbres, otro elemento recurrente típicamente turco es la representación de la vida administrativa del imperio. Se mencionan constantemente los consejos de visires que reunía el sultán, las audiencias de los embajadores y la administración de justicia. También eran evocados el harén, los eunucos, y otras intimidades de la vida palaciega, como el silencio que caracterizaba el protocolo en torno a sultán (“El turco hizo una señal muda” dice Quevedo en La hora de todos para referir la decisión del sultán)

En ese sentido el sultán es sin duda el personaje que más aparece en las obras de tema turco. Y casi siempre lo hace teñido de los mismos rasgos, independientemente de que se trate de Osmán I, Mehmet II, Murat III o Solimán el Magnífico. En general todos presentan las mismas reacciones y todos exhiben los mismos vicios, y en ese sentido son, como veremos a continuación, los mejores representantes de su pueblo a ojos de los autores españoles.

DEFECTOS ATRIBUIDOS A LOS TURCOS  

El retrato moral de los turcos en las obras del Siglo de Oro ofrece en general rasgos denigratorios. Como hemos visto, ya en las primeras obras documentales sobre los turcos se les presentaba en muchos casos como meros contenedores de vicios reprobables que los situaban en las antípodas de la virtud cristiana.

El primer vicio que podemos señalar es la crueldad y el gusto por la tortura y el empalamiento. La literatura documental lo subraya desde sus inicios, y la literatura de ficción lo retoma una y otra vez. El Gran Turco es presentado las más de las veces como un monarca cruel e implacable. La política de fratricidio real en la corte otomana alimentaba esta imagen sanguinaria. Los asesinatos de los hermanos de Mehmet III se reflejan en numerosas obras. Algunos autores lo utilizan incluso como recurso de humor negro. En El diablo cojuelo de Vélez de Guevara, una obra donde tan sólo se menciona a los turcos de pasada, el diablo pide disculpas por ausentarse una noche, ya que debe ir a Constantinopla de urgencia a degollar a doce o trece hermanos del Gran Turco que podían conspirar contra su persona.

Suplicios a los que eran sometidos los cristianos cautivos. Grabado de finales del s.XVIII

Suplicios a los que eran sometidos los cristianos cautivos. Grabado de finales del s.XVIII

Otro vicio que se atribuye frecuentemente a los turcos es la avaricia. Se les presenta como criaturas adictas al oro. Esta fama se nutría de los relatos de muchos embajadores cristianos, que explicaban que en Constantinopla la mayoría de asuntos sólo se podían resolver recurriendo al bahşiş (“propina”). Busbecq por ejemplo resumía la cuestión afirmando que nada más entrar en tierras turcas había que estar dispuesto a abrir bien la cartera, y no cerrarla hasta haber terminado el viaje. Cervantes, en El amante liberal, concreta mucho más la acusación: “[…] no se dan allí los cargos y oficios por merecimientos, sino por dineros; todo se vende y todo se compra.” Los autores subrayan la avaricia de los turcos cuando se trata el tema de los cautivos. En Premiado de amor constante Barbarroja pone en su lote personal de esclavos a una mujer encinta, ya que espera obtener dos rescates: el de la madre, y el del niño cuando nazca.

El tercer vicio que se señala es la ebriedad. Era un lugar común en todo el mundo cristiano la querencia de los turcos por las bebidas alcohólicas. En cierto modo esta fama representaba la quintaesencia de la hipocresía musulmana en materia religiosa. Pedro de Urdemalas cuenta que durante su fuga siempre llevaba una gran cantimplora llena de vino porque los jenízaros siempre acosaban a los cristianos por los caminos con la esperanza de que les diesen algo de vino. Por aquella época se generalizó el uso de la expresión “coger una turca” como sinónimo de borrachera, una acepción que aún recoge el DRAE. En este caso se debe a que era muy frecuente que el vino se rebajase con agua. El vino puro era conocido como “turco” porque no había sido “bautizado” con agua.

Otro defecto que se achacaba a los turcos era el orgullo y la jactancia, sobre todo en los príncipes otomanos. Es difícil encontrar en la literatura española un Gran Turco que no se creyese un ser superior, destinado a dominar el mundo. En El esclavo de Venecia Selim II se asombra de que haya un rey en España, un papa en Roma y un emperador en Alemania cuando ya está él reinando en Turquía. El Solimán de Lope antes del asalto a Viena tiene un sueño en el que ve a Carlos V amenazante con su espada desenvainada. Se revuelve entonces y sus imprecaciones son tan exageradas que sin duda alguna tuvieron que hacer reir al público:

¿Yo temo a Carlos de España?
y yo ¿temo a un reyezuelo?
¿Un roble teme a una caña?
O me agravia el mismo cielo
o algún hechizo me engaña.

El pueblo llano también es presentado como jactancioso, con rasgos que recuerdan al miles gloriosus de las comedias latinas. La cobardía es el defecto complementario al orgullo y pretenciosidad. A cada una de estas bravatas le sucede una huida ignominiosa.

También se apunta en las turquerías el defecto de la falta de palabra, y el uso de ardides y engaños. En general los musulmanes se representan por principio como seres que ignoran las reglas del honor caballeresco. De los turcos dice el personaje Marcos de Obregón que “[…] por acá esta bárbara nación dice que el guardar la palabra es de mercaderes y no de caballeros”. Sin duda una percepción curiosa en vista del significado del vocablo palavra en turco moderno.

Otro defecto común en los turcos de la literatura es sin duda la lujuria. El turco lascivo es una imagen clásica de la literatura española, y puede que este sea el estereotipo que más ha pervivido en las letras hispánicas. En muchas ocasiones esa lascivia se materializa en el interior del harén. Cervantes, Lope y muchos otros autores nos muestran escenas de sus sugerentes salones. La lujuria providencial de los turcos impregna también los romances populares. En uno recogido por Agustín Durán se lee

En el Serrallo está el Turco
con la sultana holgando
palabras le está diciendo
con que la está enamorando.

En relación con el pecado de la lujuria está el mucho más deshonroso de la sodomía. Se le denominaba “vicio nefando”, pues no era aceptable ni mencionarlo. En la España del Siglo de Oro se reprueba activamente ya que se consideraba que los sodomitas pecaban contra Dios y eran representantes del demonio en la tierra. En el Viaje de Turquía se señala este vicio de una forma muy directa, repitiendo el mismo término denigratorio varias veces:

Cuantos turcos hay son bujarrones, y cuando yo estaba en la cámara de Zinan Bajá, los veía los muchachos entre sí que lo deprendían con tiempo y los mayores festejaban a los menores.

No obstante el resto de los autores son más comedidos a la hora de señalar este pecado. Diego Galán cuenta en su relato de cautiverio cómo tuvo que escapar de un turco que se interesaba mucho por él

[…] en este tiempo se acercó a mí un turco tan grande y fornido […] y comenzó a halagarme pasando la mano por el cabello diciendo: no tengáis pena gentil hombre, que no os harán mal.

Cervantes sugiere uno de estos episodios en Los baños de Argel. En La gran sultana Lamberto se viste de mujer y se oculta en el harén. El Gran turco lo elige, y aunque el engaño se descubre rápidamente, durante un tiempo se dejaba al público la posibilidad de elucubrar ciertas hipótesis escabrosas, tanto más plausibles cuanto que los turcos tenían fama de sodomitas.

Baños de una comunidad sufí, miniatura del s.XVI

Baños de una comunidad sufí, miniatura del s.XVI

En el Quijote la acusación es mucho más directa. El amante de la hija de Ricote el morisco recibe el consejo de disfrazarse de mujer para librarse del deseo de los turcos ya que “entre aquellos bárbaros turcos en más se tiene y estima mochacho o mancebo hermoso que una mujer, por bellísima que sea”. Y en otras ocasiones se menciona sólo de pasada. Jerónimo de Corterreal en su poema sobre Lepanto dice de Selim III que

Piensa en Ceres glotono y en la inmunda
vil y carnal libídine, asquerosa
y puede ser muy bien que la hermosura
de una dama, al nefando error posponga.

Junto a estos muy frecuentes, los turcos aparecían esporádicamente caracterizados con otros defectos, como la cólera, la envidia o la indiscreción.

JUICIOS FAVORABLES A LOS TURCOS

A pesar de atribuírseles muchos vicios, en algunas obras se subrayan algunos caracteres positivos de los turcos. Quizás el mejor ejemplo de ello sea el Viaje de Turquía, pero no es el único. Tanto en El pasajero (1618) como en Varias noticias importantes a la humana comunicación (1621), Cristóbal Suárez de Figueroa tiene palabras de admiración para un pueblo generalmente despreciado por los españoles. Según uno de sus personajes, aunque la religión de los turcos es condenable, no hay que confundirla con su forma de vivir, que le parece digna de elogios. Son excelentes soldados que aman la disciplina, entre otras cosas porque sólo aceptan órdenes de quien lo merece, sin importar nobleza o riqueza. El sistema judicial de los turcos, sin abogados ni procuradores, es para Suárez de Figueroa digno de admirar. El autor ve en los turcos virtudes de las que cree que los españoles podrían aprender:

Deténgome tal vez en las alabanzas de estos que entre nosotros tienen nombre de bárbaros por ver si, refiriendo en razón de lo moral acciones egregias, sirviessen como de estímulos en nuestra remisión.

Aunque estos dos casos son bastante excepcionales, algunos autores comprendieron que pintar a los turcos de forma excesivamente negativa no era demasiado acertado ni reflejaba bien la realidad. De tanto en tanto emergen en algunas obras algunas cualidades entre infinidad de defectos. Aparte de las ya mencionadas del valor y el coraje militar, se señala la generosidad. En ocasiones el turco se conmueve por el sufrimiento del cristiano cautivo y le concede la libertad. En algunas comedias se señala que los turcos son más nobles que los moros. En La palabra vengada (1678), atribuida a Fernando de Zárate uno de los personajes exclama:

Soy caballero,
soy turco y no soy moro.

Otros versos de La difunta pleiteada de Lope resumen este sentir

Es turco y noble en linaje.
Estos son hidalgos todos,
ricos, gentilhombres bellos.

También la tolerancia es un rasgo que se atribuye a menudo a los turcos, aunque no está muy claro si era realmente percibida como una virtud o como un remordimiento de los turcos al saber en su fuero interno que su religión no era la verdadera. Es cierto que en ocasiones los turcos que se vitupera o se elogia en las obras no son realmente turcos, sino “falsos turcos” o “turcos de profesión”, es decir, renegados. Es el caso del célebre Uchalí, que aparece en varias obras, incluido el Quijote, y que en general merece un juicio muy positivo. También el del padre del protagonista de Guzmán de Alfarache (1599), de Mateo Alemán, un hombre de vida disoluta que “se hace turco” para huir de sus deudas en Sevilla.

En ocasiones, y como ya hemos visto, los autores ensalzan la imagen de los turcos para enfatizar la grandeza de las victorias cristianas. Es lo que sucede en El desafío de Carlos V, de Francisco Rojas Zorrilla. El sultán Solimán es presentado como magnánimo y culto. El autor pone incluso las siguientes alabanzas en boca de Carlos V:

Solimán, emperador,
generoso y siempre invicto,
valiente siendo galán,
sin ser soberbio, atrevido;
sin codicia poderoso;
y sin avaricia rico;
Señor del África y Asia,
horror del persa y del indio
(que yo hablo como quien soy
aunque hablo con mi enemigo)

El sultán Solimán en una miniatura del s.XVI

El sultán Solimán en una miniatura del s.XVI

En este sentido La pérdida honrosa y caballeros de San Juan es una obra excepcional que presenta un clima de generosidad recíproca y espíritu caballeresco repartido equitativamente entre cristianos y turcos, que no es en absoluto habitual en la época. Por encima de las barreras religiosas o raciales los dos protagonistas, Solimán el Magnífico y Villiers de L’isle Adam, conmueven por su altruismo y su profunda humanidad. En la escena final los turcos muestran su respeto por las reliquias de San Juan evacuadas por los caballeros de Rodas tras su derrota. Un momento emotivo en el que el sultán turco dirigiéndose al Gran Maestre, confiesa:

No sé qué tienes, que trueca
mi mortal odio en amor

Como sostiene Albert Mas tras estudiar en profundidad esta obra (a la que por otra parte no reconoce gran calidad dramática): “En una tradición literaria que es en general anti-turca, habituada a presentar infamias, traiciones, crueldad y depravación, el autor (y es una pena que no se pueda certificar la paternidad de Lope) da una bella lección de dignidad humana.”

CONCLUSIÓN

Hemos visto cómo los turcos entraron en la literatura española del Siglo de Oro a través de poemas y romances donde se destacaba el coraje de los cristianos y la gloria de los monarcas que se oponían al avance otomano. A partir de la victoria de Lepanto los turcos comienzan a aparecer en otro tipo de obras, protagonizando todo tipo de intrigas. Cervantes lleva a la novela y al teatro su traumática experiencia argelina y su convivencia con el mundo turco, y Lope ve en él tremendas posibilidades dramáticas y cómicas. Aunque él no es el creador de la turquería española, contribuye decisivamente a imponerla y difundirla. El movimiento es de alcance europeo, pero en España reviste un carácter peculiar, ya que la ficción nacida del islam peninsular impide que se forme una convención literaria clara con respecto a los turcos. La ficción turca no se separa nunca de la ficción morisca.

Además, incluso cuando se individualiza, el mundo turco se presenta como un todo homogéneo, una imagen estilizada, estereotípica y tremendamente simplificada. Los turcos son en la mayoría de estas obras sujetos sometidos a un soberano cruel que viven en una ciudad antigua protegida por un solo tipo de soldado. Además aparecen colmados de atributos negativos, como la crueldad y la lujuria, que sin duda los hacían odiosos a ojos del público contemporáneo, pero también en cierto modo atractivos.

A finales del s.XVII los turcos prácticamente desaparecen de la literatura española, y la percepción del mundo otomano en Europa experimenta un cambio paulatino, paralelo al declive del imperio. El Viage á Constantinopla (1790), de José Moreno, presentará un retrato mucho más amable de los otomanos, elogiando su

[…] gravedad, nobleza de corazón, indolencia genial, orgullo sano, reserva sin cavilosidad, ciega sumisión a cuanto dimana del cielo o del trono, y firmeza en la amistad.

En lo sucesivo los turcos aparecerán sólo espóradicamente como materia literaria, ya rara vez objeto de las injurias más odiosas del pasado, aunque casi nunca completamente despojados de un halo de exotismo orientalizante que tal vez haya dificultado hasta nuestros días una comprensión más cabal de su compleja realidad.

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4 respuestas a Los turcos en la literatura española del Siglo de Oro

  1. Muy interesante tu artículo y solo puedo decir que al menos yo echába de menos tus artículos 🙂

    • kapshagai dijo:

      Muchísimas gracias por tus palabras Miguel Ángel. Ya no vivo en Turquía y por desgracia no tengo demasiado tiempo para dedicarle a esta página.

      Veo que tú sigues haciendo un gran trabajo. Enhorabuena!

  2. Ana Morales dijo:

    Estoy de acuerdo con Miguel Ángel,
    tus entradas son una fuente de información muy bien documentada e interesante. No hay mucho material de calidad como este en la web así que espero que de vez en cuando tus entradas sigan asomando por aquí…

    Un saludo

  3. carlos dijo:

    Conocer la cultura turca es aprender a valorar su historia y la influencia en otras culturas de Europa, por ello estudio el idioma turco intensivo en linea con Preply: https://preply.com/es/skype/profesores-turco-intensivo que me ofrece profesores de gran calidad las 24 horas del día.

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