Estambul y los perros II

La diosa Artemisa ofreciendo una libación junto a su perro

En la anterior entrada dedicada a los perros de Estambul nos centramos en ciertos aspectos antropológicos y religiosos. En esta ocasión vamos a echar un vistazo a las huellas de la presencia de cánidos domésticos durante el periodo bizantino.

A lo largo de la Antigüedad la civilización helena fue poco a poco abandonando el sacrificio ritual de perros, vinculado principalmente al culto de la diosa Hécate (identificada posteriormente con Artemisa), una práctica muy común en época arcaica atestiguada tanto por la literatura (en la Ilíada se sacrifican perros en honor a Patroclo) como por el registro arqueológico. Con todo, aún a inicios de nuestra era Plutarco sigue hablando de sacrificios caninos y del uso “catártico” que le daban los griegos.

Lo mismo se puede decir del consumo de carne de perro, relativamente frecuente en época de Hipócrates, quien recomendaba su carne hervida como una de las más fáciles de digerir. Aunque la carne de perro nunca llegó a representar más que una ínfima parte del total de proteína animal consumida, el registro arqueológico corrobora su lenta pero progresiva erradicación de la dieta en el Imperio Romano Oriental, por más que ocasionalmente se recomendara su ingesta con un propósito medicinal.

Sin duda el servicio más apreciado que brindaban los perros en Bizancio era el de guardar el ganado. El nomos georgikos, o Ley Agraria, que se cree promulgada en época del emperador León III, establece penas muy duras para quienes agredieran o mataran a estos animales. Quien envenenara a un perro pastor recibiría cien latigazos y habría de compensar al dueño con el doble de su valor, más incluso si como consecuencia de su acto el dueño perdía alguna cabeza de ganado. Doce latigazos estaban previstos para quien, al intentar separar a dos perros enzarzados en una pelea, dañase o cegase a uno de ellos. Aunque esta protección jurídica se limitase a los perros pastores, da muestras de una cierta preocupación por las vidas de los animales.

Mosaico del Gran Palacio de Estambul (s.VI)

La protección del perro, así como su exclusión del catálogo de animales comestibles, va ligada a su generalización como animal de compañía y guardia doméstica en entornos urbanos, más allá de sus tradicionales usos pastoriles y cinegéticos. Un estudio sobre los cráneos de más de quinientos perros encontrados en el yacimiento del puerto Teodosio muestra cómo la inmensa mayoría de ellos eran de tipo mesocefálico, similares a las modernas razas de perros terrier. Otro estudio determinó que la mayoría de estos perros eran de talla mediana y se criaban probablemente como perros de guarda domésticos. Sabemos también que el perro aparecía representado, modesta pero dignamente, en algunas de las edificaciones más significativas de Constantinopla. Los mosaicos del Gran Palacio muestran, junto a numerosos otros animales, algunas escenas en las que los canes son protagonistas. Y las descripciones que nos han llegado de la gran Puerta Dorada de las murallas de la ciudad, hoy desaparecida, nos hablan asimismo de un relieve de Hércules capturando al perro Cerbero.

Recreación de la pequeña Puerta Dorada con los doce trabajos de Hércules, obra de Antoine Helbert (antoine-helbert.com)

Estuvo asimismo presente en otro de los grandes escenarios de la ciudad: el Hipódromo. Y no sólo como inevitable componente del catálogo de insultos que se dirigían al emperador en los momentos de mayor excitación, como nos cuentan numerosos testimonios; sino también como parte de los espectáculos, en especial tras el declive de las grandes carreras de carruajes. Existen varios testimonios a este respecto, algunos tan tardíos como el del científico árabe al-Marzawi, quien presenció a principios del s.XII diversos juegos que incluían luchas de animales, como leones contra toros, y zorros contra perros.

Unos cuantos años antes, en 963, el emperador Nicéforo II Focas organizó un extraño divertimento en el que exhibió un buen número de perros vestidos con ropajes de diferentes pueblos del mundo, amén de otras rarezas, como un cocodrilo encadenado, una mula de dos cabezas y un perro que era capaz de identificar a ciertas personas entre el público…

Historias sobre perros

Esta última mención a un perro con poderes asombrosos nos remite a una extraña anécdota relatada por Malalas en el s.VI según la cual en las inmediaciones del Hipódromo anduvo durante un tiempo apostado un enigmático viajero con un perro que era capaz de realizar curiosas proezas, como ordenar monedas de distintos emperadores de acuerdo con la cronología correcta, o señalar a las mujeres embarazadas, a los tacaños y a las adúlteras.

Esta picante historia de perros sobrenaturales debió de conocer gran circulación a lo largo de todo el periodo bizantino, pues aparece mencionada en repetidas ocasiones. En el s.IX por ejemplo, se asegura que el perro podía determinar si la mujer embarazada daría a luz a un niño o a una niña. La misma leyenda aparece como contemporánea en la obra de Manuel Malaxos, casi un milenio después de su primer testimonio.

Chacales en un manuscrito del Calila y Dimna (s.XIII)

Y por supuesto también gozó de gran difusión la antiquísima historia del perro fiel, contenida en la colección de cuentos del Sendebar, de la que hay una versión publicada en Constantinopla en el s.XIII. Se trata de un breve cuento moralizante en el cual un caballero deja a su perro fiel al cuidado de su bebé mientras él tiene que atender un asunto urgente. En su ausencia llega una serpiente que trata de devorar al niño, pero el perro, vigilante, consigue desbaratar el ataque y matar al reptil. Al regresar, el caballero advierte que las fauces de su amigo están llenas de sangre, y creyendo que ha atacado a su hijo, lo mata sin dudarlo. Finalmente se da cuenta de su error y se lamenta amargamente.

La ambigua representación del perro

Tristan Schmidt, que estudió la representación del perro en la literatura bizantina del siglo XII, afirma que este animal aparece conceptualizado de tres formas diferentes. En primer lugar el discurso aristócratico pone de relieve su importancia crucial en la práctica de la caza. Esta conceptualización resalta no solo la proverbial fidelidad del perro, sino también su valor en la formación de la identidad del cazador. En este tipo de textos el perro se presenta sin ninguna duda bajo una luz positiva. En otro tópico literario benévolo con la figura del can éste aparece como revelador del asesino de su dueño.

En segundo lugar, la literatura de tipo político e histórico representa al perro en su dimensión de criatura dominada o sometida al poder. En estos textos es recurrente la metáfora del perro al referirse a los enemigos que huyen o a los adversarios vencidos.

Giotto. Joaquín, los pastores y el perro, en la capilla Scrovegni (Padua)

Un último dominio lo constituye la literatura de tipo religioso, donde la conceptualización del perro es abiertamente ambigua. Por una parte se identifica su fidelidad con la lealtad espiritual a Dios (recordemos la iconografía de San Cristóbal que vimos en la primera entrada), pero por otra parte aparece como un ser impuro e incluso demoniaco. En la Vida del Estilita San Lazaro, por ejemplo, se identifica al perro con el diablo que tienta, y también con los musulmanes; una comparación que no deja de llamar la atención pues por aquellas mismas fechas las fuentes árabes se mencionaba de forma rutinaria al emperador como “perro de los bizantinos”.

Todas estas recurrentes asociaciones negativas pueden explicar la ausencia de perros en algunas conocidas representaciones iconográficas, como se pone de manifiesto al comparar la escena de Joaquín y los pastores del monasterio de San Salvador de Chora con la capilla Scrovegni de Giotto.

El perro, protagonista

Aparte de todas estas representaciones, en dos obras bizantinas del s.XIII el perro adquiere pleno protagonismo. La primera de ellas es el Kynosophion de Demetrio Papagomenos, un tratado canino que explica las mejores maneras de criar y cuidar a estos animales. Da consejos para elegir un buen cachorro e incluso recomienda a los dueños dormir junto a sus perros para fomentar en ellos el apego a su amo. El autor muestra una gran sensibilidad y se pregunta cómo es posible desatender a estas criaturas tan valiosas.

También incluye una serie de consejos veterinarios de indudable inventiva aunque más que cuestionable eficacia. Para prevenir la rabia debe hacérseles beber agua filtrada a través del polvo de las espinas de una rosa, así como comer excrementos de pájaro, y las partes pudendas de un asno mezcladas con vino aromático. Para las afecciones oculares el remedio no es menos extravagante: untar el ojo con una mezcla de hiel de toro, jugo de hinojo, miel y azafrán.

Icono de San Esteban y San Cristóbal Cinocéfalo

La otra gran obra acerca de los perros es el Encomio de Nicéforo Basilakes. En ella elogia tanto el cuerpo como las virtudes del carácter de los perros. Destaca su talento para la caza, pero también su excepcional ayuda como guías de los mendigos ciegos. Basilakes llega atribuir al perro una cierta racionalidad, reflejada en sus ladridos, que para él no son sólo ruidos sin sentido como los que emiten otros animales. Incluso implícitamente, al ponderar sus cualidades de lealtad, obediencia, abnegación y humildad, les atribuye una cierta moralidad. Concluye Basilakes que “de todas las cosas que los humanos valoran como signos de un alma noble, no hay una sola a la que no aspiren también los perros”.

 

El perro como regalo

En tan alta estima se tenía a algunos perros que en ocasiones figuraban entre los regalos del más alto nivel, desde y hacia Bizancio. Tenemos noticia por ejemplo de un regalo en forma de perros de caza que el rey Enrique II de Inglaterra envió a Manuel Comneno.

Figura de perro de la dinastía Tang (s.VII) (Met Museum)

Algo más tarde el emperador Miguel VI regalaría un ejemplar de caza al califa fatimida Al-Mustansir como señal de buena voluntad.

Y parece que los perros de Bizancio fueron también apreciados mucho más allá de sus fronteras. Se sabe que a principios del s.VII la familia túrquica gobernante en el oasis de Gaochang envió una embajada a la corte de la dinastía Tang y entre los regalos que llevaba figuraba un perro de Fulin (Bizancio), que maravilló a los chinos por su gran velocidad y su habilidad para llevar un candelabro en la boca.

Las plagas

Los perros aparecen también con referencia a los estragos que la Gran Peste Negra causó a mediados del s.XIV. Curiosamente los dos principales relaciones del paso de la enfermedad por Constantinopla mencionan que los perros también enfermaban junto a sus amos.

Más extraña aún que la peste es la afección que algunos autores denominaron en los primeros siglos del Imperio Bizantino como “cinantropía” o “locura canina”. Aunque no hay datos de ningún brote de esta enfermedad en Constantinopla, las crónicas relatan diversas apariciones en varias ciudades del imperio, como Amida (actual Diyarbakır).

Según Juan de Éfeso los afectados de esta extraña forma de demencia se ponían a ladrar como posesos, “se juntaban en grupos, confusos y desordenados, se precipitaban de un lado para otro, incluso al cementerio por las noches […] mordiéndose unos a otros”. La moral y el autocrontrol desaparecían por completo. Balbuceaban y se insultaban, se subían por las paredes, se restregaban por el suelo, desnudos. Muchos de ellos echaban espuma por la boca.

La descripción de los síntomas encajaba exactamente con el tipo de comportamiento que los contemporáneos consideraban típico de los perros: la formación de bandas y jaurías que deambulaban por la ciudad, el pillaje nocturno de los cementerios, la promiscuidad y los espumarajos.

Sin embargo la mayor preocupación en lo que respecta a los perros era su capacidad para transmitir la rabia. Se llegaba a pensar que la enfermedad la causaba una ponzoña canina y por este motivo el perro aparecía en algunos bestiarios listado junto a otros animales venenosos como serpientes o escorpiones.

Ya hemos visto las extravagantes recetas que proponía Papagomenos para combatir la rabia en su Kynosophion. Otros remedios comunes, para perros y humanos, eran la grasa rancia y la hiedra hervida. En otros tratados, como la magna obra del s.X Geoponica, se prescribía a los mordidos por un perro rabioso tomar cenizas de hoja de parra, hojas de ajo, col y hierba ballestera.  Otros compendios médicos mencionaban las nueces, el vinagre o las cenizas de higuera con aceite como eficaz remedio. Se recomendaba también extirparles a los perros cierto tejido ligamentoso de debajo de la lengua, en la creencia de que se trataba de un gusano sin el cual no podrían morder en caso de contraer la rabia. Como veremos en sucesivas entradas la preocupación por la rabia continuó hasta entrado el s.XX.

Bibliografía

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3 respuestas a Estambul y los perros II

  1. FRANCISCO SOSA WAGNER dijo:

    está muy bien, imagino a Nicéforo Focas como un tipo de aspecto entre feroz y grotesco. Mi padre siempre contaba un caso que había leído en el libro de Medicina legal que tuvo que estudiar: una señora que murió de rabia sin haber tenido contacto alguno con perros. O eso se creía hasta que se supo lo siguiente: un día estuvo cosiendo a la puerta de su casa y en algún momento se le cayó el ovillo al suelo. Al poco pasó un perro y le echó la baba o lo que fuera, ella, al morder el hilo para cortarlo, se contaminó. ¿Qué te parece? Liofilizado (que no sé qué quiere decir).

  2. Pingback: El río perdido de Estambul | Turquistán

  3. Muy buen trabajo como siempre, me alegra volver a leer tus artículos. Supongo que en proximos artículos hablaras de la desgraciada historia del intento de exterminio de perros en Sivriada. Quizás uno de los cambios más recientes de Estambul, es que cada vez se ven mas perros como mascotas y gente paseando las mismas, algo que antes era menos frecuente salvo en algunos barrios pijos. Creo que es de los pocos cambios en positivo que ha tenido la ciudad (junto al desarrollo del transporte público).

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