Las historias del maestro Nasreddin

Nasreddin se encontró un día en el suelo un trozo de espejo roto. Lo recogió para mirarse pero no le gustó nada lo que vio en él: se veía demasiado feo. Enfurecido, lo volvió a arrojar al suelo bramando: ¡Fuera de mi vista, ahora entiendo por qué te dejaron ahí tirado!

El extravagante protagonista de esta absurda historia es el maestro Nasreddin, personaje de la tradición popular, conocido y celebrado en un amplio territorio que abarca desde Serbia hasta China, pasando por lugares tan distantes como Pakistán,  Chipre y por supuesto Turquía. Sus innumerables y delirantes anécdotas, en las que suele aparecer o bien como un sabio enigmático o como un bobo redomado (y generalmente como ambas cosas a la vez) se cuentan en decenas de lenguas y dialectos, y figuran impresas en cientos de libros y colecciones.

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Pero ¿quién es este Nasreddin? ¿existió alguna vez? ¿a qué se debe su fama? Si hay un país especialmente vinculado a la figura de Nasreddin ese es Turquía, donde es conocido como Hoca, el maestro. La tradición legendaria nos dice que nació en la pequeña ciudad de Sivrihisar y que pasó gran parte de su vida en la de Akşehir. Los estudiosos han conseguido dar con la existencia de un tal Nasreddin que efectivamente nació a principios del s.XIII, ejerció de juez (kadi) en la ciudad de Aksehir hasta su muerte en 1284, y que podría ser el curioso personaje en el que se inspiraron las primeras compilaciones de historias.

Independientemente de su existencia histórica es interesante que la tradición sitúe a Nasreddin en un lugar y un momento tan relevantes, una época en que el sultanato selyúcida de Rum dominaba desde la ciudad de Konya, no muy lejos de Akşehir, un imperio que se extendía desde el Egeo hasta Afganistán, y desde el Turkestán chino a las fronteras de Egipto. En Anatolia vivían por aquel entonces dos grandes místicos y poetas del islam: Yunus Emre y Yalaladdin Rumi, este último conocido como Mevlana, fundador de la orden sufí mevleví, y con quien algunos especulan que el Nasreddin histórico podría haber estado en contacto.

Por lo que respecta al Nasreddin plenamente legendario, aparece en la documentación a finales del s.XV como posible registro escrito de una dilatada tradición oral previa, y adquiere un importante desarrollo en el s.XVII gracias a su aparición en la obra del gran Evliya Çelebi, quien por primera vez hace a Nasreddin coetáneo del gran emperador Timur, el Tamerlán de las fuentes europeas y coprotagonista de muchas de las historias.

A partir de entonces parecen haberse desarrollado dos corpus acerca del maestro Nasreddin, paralelos pero siempre interrelacionados: uno popular y de transmisión eminentemente oral, y otro de tradición escrita en el que generalmente se trataba de suavizar los materiales excluyendo las anécdotas más crudas de contenido escatológico o sexual. En ambos casos Nasreddin sirvió de personaje conceptual en el que cristalizaba una antigua tradición de aforismos, ocurrencias, bromas y anécdotas de orígenes diversos.

Uno de esos orígenes se ha identificado en otra figura legendaria con quien Nasreddin está claramente emparentado: el personaje conocido como Joha, extendido por el mundo árabe y cuyos relatos han llegado incluso a la tradición oral moderna de Sicilia con el nombre de Giufà. Ambos personajes protagonizan historias similares, cuando no idénticas, si bien su extensión geográfica parecen ser complementaria: Joha reina fundamentalmente en el mundo árabe, y Nasreddin en el túrquico, persa y antiguas zonas de dominio otomano .

Portada de la revista Nasreddin, publicada en Bakú

Las recopilaciones publicadas en Estambul a principios del s.XIX fueron traducidas en Kazan a la lengua tártara en varias ediciones que alcanzaron un gran éxito, y de ahí su fama se extendió entre los musulmanes de todo el Imperio ruso, las más de las veces incorporando historias antes atribuidas a otros personajes locales como Ahmet Akaj en Crimea, Aldarköse entre los kirguizes o Alisher Navoi en Uzbekistán. En Azerbayán Nasreddin se convirtió en materia reelaborada por poetas renovadores y dio nombre a una influyente revista satírica que se publicó durante más de un cuarto de siglo en Bakú, Tabriz y Tbilisi. El personaje goza de popularidad incluso en territorios no muslmanes, como Georgia y Armenia.

Cartel de la película china sobre Nasreddin “Afanti 2” (1991)

La prueba del origen turco de Nasreddin en Asia Central y el Cáucaso está en el nombre con el que es conocido: Afandi, del turco efendi, “señor”, una palabra muy común de origen griego que ha llegado hasta Xinjiang y ha hecho del Afanti (阿凡提) un personaje relativamente popular en toda China.

También en los territorios europeos del Imperio Otomano las historias del maestro Nasreddin gozan de gran fama, especialmente en Grecia, donde es conocido como Nastratin y muchos creen originario de la isla de Creta, pero también en Bulgaria, Macedonia, Albania y Serbia, a veces aún confundido con otros personajes similares, como el rumano Păcală, o el macedonio-búlgaro Itar Petar.

En las zonas de mayor influencia persa (Irán, Afganistán, pero también zonas pastunes y kurdas) lleva el título de Molá en lugar del de Hoca o Efendi, y aunque algunas de sus características se adaptan a las diversas condiciones locales (como montar un camello en lugar de un burro) Nasreddin siempre es musulmán, incluso en tierras de cristianos. Siempre va a la mezquita, respeta generalmente sus obligaciones religiosas, cita y enseña el Corán, y se burla de los poderosos del mundo.

Nasreddin en Uzbekistán

De toda Asia Central tal vez sea Uzbekistán el país donde más arraigo tiene el personaje de Nasreddin, acaso porque su carácter y estilo de vida encajan más con las formas sedentarias tradicionales de Transoxiana. Aunque ningún estudioso niega su origen turco, a través de las traducciones de Kazán, ha llegado a ser tan popular y querido, un personaje tan vivo y recurrente que muchos consideran que es en realidad originario de la ciudad de Bujará.

El Nasreddin uzbeko difiere de su homólogo turco en ciertos aspectos. En primer lugar porque ha acabado asumiendo historias originales, que en otro tiempo se atribuían a figuras locales, como el poeta Mashrab, o el propio Alisher Navoi, y que están ausentes del corpus turco. En segundo lugar porque es un personaje algo más irreverente y crítico con la autoridad, un rasgo constatado en las recopilaciones orales y también cuidadosamente seleccionado para las ediciones escritas publicadas por los orientalistas soviéticos, quienes querían ver en Nasreddin un héroe de la lucha de clases. Lo cierto es que en Uzbekistán muchas más historias presentan a Nasreddin burlándose del rico del pueblo, el juez, el doctor charlatán, los hombres de religión o los gobernantes.

Cartel de la película “Nasreddin en Bujará” (1943)

Finalmente en Uzbekistán Nasreddin ha impregnado la cultura de masas de una forma más profunda que en otros lugares. Ya en las décadas de los veinte y treinta sus temas fueron explotados en los cuentos satíricos de los autores uzbekos más sobresalientes, como Abdullah Qodiriy, Abdullah Qahhor o G’afur G’ulom. Más tarde el personaje de Nasreddin protagonizaría películas, series de televisión y hasta videoclips, desbordando el modesto género de la historia oral breve en el que nació.

Las historias

Pero ¿cómo son estas historias de Nasreddin? Si hacemos caso a lo que narran las propias anécdotas, su vida fue un batiburrillo muy poco coherente de ocupaciones: estudió teología en una madrasa pero ejerció, siempre a su manera, de juez, profesor, almuédano y hasta de predicador ambulante. Sin embargo las más de las veces Nasreddin aparece simplemente vestido con los hábitos de paisano del campo, siempre acompañado de su burro, un labriego sencillo dotado de una divertida mezcla de estupidez, astucia y bonhomía.

Y es esa atractiva figura del idiota ingenuo e ingenioso al mismo tiempo, del pueblerino que pese a su palpable mentecatez exhibe el título de maestro y que con sus desconcertantes majaderías es capaz de dejar sin palabras a los hombres más doctos y poderosos de su tiempo, lo que parece explicar la enorme popularidad que ha llegado a alcanzar a través de los siglos y los continentes.

Por sus historias, que se resisten a los más meticulosos intentos de clasificación, desfilan desde mendigos hasta emperadores, pasando por políticos, clérigos, mercaderes y campesinos. Nasreddin aborda a todos sus interlocutores con igual templanza y consigue casi siempre turbar a los poderosos, desconcertar a los sabios y desenmascarar a los hipócritas.

Recopilación del folklorista turco Pertev Naili Boratav

J-L Maunoury ha estudiado las historias de Nasreddin e identifica siempre en ellas, a pesar de su brevedad, una estructura ternaria. A la exposición de una situación inicial breve, casi siempre basada en la realidad más cotidiana e incluso trivial, le sigue el encuentro de Nasreddin con uno o varios interlocutores, incluso adversarios, que llevan a una situación de conflicto o desequilibrio (a veces el adversario es él mismo), la cual se resuelve de una forma inesperada y alucinante, resumida en las sentencias que Nasreddin lanza a sus boquiabiertos interlocutores. Y es que Nasreddin siempre tiene la última palabra, y nadie logra nunca pillarle desprevenido.

El golpe final de la historia puede estar basado en la estupidez, en la locura, en el absurdo, en la burla, en la astucia o incluso en el vicio, y la mayoría de las veces en varios de estos elementos a la vez. El objetivo, según Maunoury, es desconcertar al oyente o lector para propiciar en él un “despertar”, que ha de ser preparatorio del despertar espiritual o místico al que sólo pueden aspirar los iniciados. Porque la estupidez de Nasreddin, a pesar de ser real, es instrumental, y por tanto también asumida y deseada por el propio personaje. Nasreddin no es un “retrasado” que se haya quedado en la infancia, sino, y siempre en palabras de Maunoury, “un espíritu adulto que ha encontrado el camino de la inocencia esencial”.

El sufismo contribuyó en muchas ocasiones a difundir las historias del maestro Nasreddin. Los sufíes se valían de sus anécdotas ambiguas para ilustrar la escurridiza relación entre realidad y ficción, y para prevenir a sus discípulos sobre las malas pasadas que juegan en ocasiones los sentidos y el intelecto mismo. Además, para la mística sufí el creyente es en realidad un “loco de Dios”, tocado por un amor trascendente que le hace perder la razón. En ese sentido, para el catedrático de Literatura Comparada David Leeming, Nasreddin, cuyo nombre significa “defensor de la religión”, sería “la sombra cómica de Rumi”, su doble bufón. La función de las historias de Nasreddin Hoca consistiría en corroborar por el absurdo las enseñanzas del maestro sufí, y en manifestar de forma implícita todo lo que desborda el discurso del gran místico.

El sermón

Una vez estaba Nasreddin de paso por un pueblo donde acababa de morir el imán. Tomándolo por un hombre santo, los habitantes del lugar le pidieron que pronunciara el sermón del viernes. Nasreddin, un poco a regañadientes, se encaramó al púlpito y exclamó a los congregados:

– Queridos hermanos, ¿sabéis de qué os voy a hablar?

– ¡No, Nasreddin! – Respondieron los fieles – No lo sabemos

– ¿Cómo? – respondió enojado Nasreddin – ¿no sabéis de qué voy a hablar en este lugar consagrado a la oración? Pues no tengo nada que hacer con semejante panda de infieles.- Y dicho esto bajó del púlpito y salió airado de la mezquita.

Impresionados por esta salida que les confirmaba la gran piedad de aquel hombre, las gentes del pueblo se apresuraron en llegar nuevamente hasta Nasreddin y le suplicaron que volviera a predicar. Nasreddin se encaramó de nuevo al púlpito y preguntó:

– Queridos hermanos, ¿sabéis entonces ahora lo que voy a contar?

– ¡Sí, sí! – responden a coro los fieles- ¡Lo sabemos!

– Hatajo de malnacidos. Me importunáis por segunda vez para que vuelva a hablar, y sólo para decirme que ya sabéis lo que os voy a contar. Ahí os quedáis.

Y nuevamente abandonó el lugar sagrado, dejando a la congregación estupefacta. ¿Qué habría que responder para que un santo como aquel aceptara iluminarlos con su palabra?. Uno de los presentes llegó a la conclusión de que si Nasreddin volvía a plantear la pregunta algunos respondieran “sí lo sabemos”, y otros “no, no lo sabemos”. Y con esas volvieron a convencer a Nasreddin, quien nuevamente se subió al púlpito.

– Queridos hermanos, ¿sabéis por fin de qué os voy a hablar?

-¡Sí, sí! – respondieron algunos, ¡Lo sabemos!

– ¡No, no! – clamaron otros, ¡no lo sabemos!

– ¡En buena hora! concluyó Nasreddin. Pues entonces, que los que lo saben se lo cuenten a los que no lo saben.

La receta

Un día llegó un labriego con un pato como regalo para Nasreddin, en agradecimiento por un favor que éste le había hecho hacía un tiempo.

– Te agradezco la cortesía, amigo – le dijo Nasreddin, pero dame algún consejo para prepararlo. En mi casa no suelo comer pato.

– Pues para que quede de rechupete – respondió el otro – lo mejor que puedes hacer es preparar un relleno con arroz, dátiles, cebollas frescas y menta. Después lo recubres con miel y lo pones al horno alrededor de una hora, regándolo de tanto en tanto…

Y estaban ambos tan concentrados en los pormenores de la receta que no se percataron de la llegada del enorme gato negro del vecino, que de un ágil salto se abalanzó sobre el pato y lo arrebató de las manos de Nasreddin, sin que éste pudiera hacer nada más que verlo huir con el ave como alma que lleva el diablo.

– ¡Pero bueno, criatura. Haz el favor de devolverme ese pato! – gritó Nasreddin. ¡Si además no puedes hacer nada con él, te falta la receta!

Peligro de muerte

Una vez Nasreddin se despertó en mitad de la noche sobresaltado por un presentimiento. Miró por la ventana y pudo distinguir, a la luz de la luna, una forma blanca de figura humana moviéndose por el jardín.

– “Despierta Hatice” – le dijo a su mujer alterado. “Ha entrado en casa un ladrón… o un fantasma”.

La pobre mujer, tan aterrorizada como el marido, se recogió bajo las mantas sin decir palabra. Nasreddin, venciendo su miedo, salió lentamente de la estancia, tomó una piedra gruesa que había junto a la puerta de la entrada y la lanzó con todas sus fuerzas en dirección del intruso. Y parece que con éxito, porque aquella forma blanca cayó al suelo y allí quedó, inmóvil.

El maestro se acercó muy cautelosamente a indentificar a la víctima y al poco regresó al dormitorio, aún con todo el cuerpo temblando de pánico.

– “Dios Santo, esposa querida, por poco no me vuelves a ver vivo”

– ¿Cómo así, Nasreddin? ¿Te han atacado?

– Casi. He abatido de una pedrada mi gran camisón blanco, el que habías puesto a secar en el jardín. ¿Te imaginas si hubiese estado dentro de él?

Entrada publicada originalmente en La ciudad de piedra.

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