Las huellas legendarias de Alejandro Magno en Asia Central

Alejandro Magno forjó su imperio universal a sangre y fuego. Fue recibido con feroz resistencia en prácticamente todos los lugares que conquistó. Arrasó poblaciones, palacios y templos, y mandó ejecutar a varios de quienes fueron sus colaboradores y amigos. Sin embargo las leyendas en torno a su figura, cristalizadas a lo largo de los siglos en las más variadas tradiciones, han sido en general bastante benévolas con su legado, que se presenta en muchas ocasiones como el de un rey magnánimo y piadoso, un gobernante sabio y un explorador perspicaz e infatigable.

Alejandro en plena batalla, miniatura persa del s.XV

La razón de esta buena fortuna, más que en el peso histórico de sus sucesores políticos, hay que buscarla en la expansión inigualable del llamado Romance de Alejandro, un material legendario inspirado en el general macedonio que llegó a conquistar aún más territorios (en este caso literarios) que el personaje en el que está basado.

Se ha llegado a afirmar que la influencia de este Romance de Alejandro en la literatura universal sobrepasa a la de los mismísimos Evangelios, con unos ecos que se dejan sentir en lugares tan distantes como Etiopía, Islandia, Malasia o Mongolia, y que transita por obras tan emblemáticas, y dispares, como el Corán, el Shahname de Ferdowsi, las Aventuras de Sinbad el Marino o el propio Libro de Alexandre español. La figura de Alejandro emerge en gran parte de estos relatos como un guerrero heroico, una suerte de rey filósofo modelo de buen gobierno.

En Asia Central, lugar donde el conquistador macedonio dejó un buen puñado de Alejandrías, su imponente sombra sigue siendo perceptible en multitud de relatos e historias constantemente actualizados y revitalizados, muchos de los cuales tienen su origen en ese Romance de Alejandro. Se le ha llegado a atribuir la introducción del melón, la receta del plov o incluso el origen de algunas de las alambicadas costumbres matrimoniales de Uzbekistán. Ha nutrido la elaboración de la identidad nacional pashtún y ha contribuido a la elevación del señor de la guerra sogdiano Espitamenes a la categoría de héroe en Tayikistán. Y por supuesto, sigue habiendo por toda la zona comunidades, pueblos y comarcas que reclaman algún tipo de conexión directa con el gran conquistador.

El imperio británico y los descendientes de Alejandro Magno

La expansión del Imperio Británico por tierras asiáticas vino acompañada de una revitalización del interés por las gestas de Alejandro. La historiografía colonial europea siempre había buscado modelos y precedentes en los grandes gobernantes de la Antigüedad, y en el caso británico, sobre todo tras las guerras Sij (1845-49), su imperio empezaba a solaparse con el del conquistador macedonio. Los dominios de Alejandro se veían como la primera tentativa de un imperio europeo en tierras indias, de la que los británicos serían orgullosos herederos.

Ritón griego con forma de centauro hallado en Gilgit (actual Pakistán)

No sorprende por tanto que militares, funcionarios imperiales, estrategas y exploradores británicos vieran huellas de Alejandro por doquier en aquellas nuevas fronteras asiáticas, que trufasen sus obras de citas de Herodoto, Plutarco y Quinto Curcio, y que prefiriesen la toponimia clásica a la moderna (ríos Oxus y Jaxartes en lugar de Amu
Darya y Syr Darya, Bactria en lugar de Badajshán, etc.). Los descubrimientos del sorprendente arte de Gandhara no hicieron sino reforzar esta constante búsqueda e identificación del imperio británico con el macedonio, aunque aquellas obras indo-griegas fueran algunos siglos posteriores a Alejandro Magno.

Y aún más sensacionales eran los rumores que empezaron a circular en el último cuarto del siglo XIX y que afirmaban que en las remotas regiones montañosas de la nueva frontera noroccidental se escondían los descendientes directos de los ejércitos macedonios. Se empezaron a describir diversas «tribus griegas perdidas», cuyos miembros, en contraste con el resto de pobladores de la zona, eran rubios y de tez blanca. Se aludía a los pashtunes, pero también a los hunza, y sobre todo a los «infieles» kalasha, quienes no sólo se diferenciaban de sus vecinos en aspecto y lengua, sino sobre todo en religión, ya que mantenían (y aún mantienen) creencias preislámicas.

Es en este contexto de «descubrimiento» de los ecos helénicos en Asia Central cuando Rudyard Kipling publica su célebre cuento The Man who would be King (conocido en España como «El hombre que pudo reinar»), en el que dos soldados de fortuna británicos penetran en uno de estos misteriosos principados montaraces y, reconocidos como descendientes de Alejandro, son ascendidos al trono.

Desde aquella lejana época del Gran Juego, y hasta bien entrado este siglo XXI ha quedado en cierto modo establecida la creencia popular de que algunas comunidades del norte de Pakistán y Afganistán, y en concreto los kalasha, son descendientes de los helenos, y así se ve frecuentemente en todo tipo de publicaciones recientes. Algunos de estos pretendidos descendientes de Alejandro fueron utilizados hace no mucho para solidificar la reivindicación del legado del emperador macedonio por parte de la moderna república homónima. Incluso la Agencia Griega de Cooperación Internacional mantiene una oficina en el valle de Chitral, desde donde promueve la lengua y la cultura griegas.

Sin embargo los estudios antropológicos, arqueológicos, lingüísticos, e incluso genéticos (y otro estudio aquí) descartan en general cualquier continuidad ininterrumpida de la tradición y el linaje alejandrinos en estas tierras. Los estudiosos suelen atribuir a estas reivindicaciones una antigüedad como mucho limitada a la época de la expansión islámica, algo que se explicaría por la difusión de la leyenda del Romance de Alejandro, a través principalmente del Corán.

Decoración de un ánfora que representa a Dionisio vestido a la manera persa sobre un camello bactriano

Hoy en día tan sólo algunas voces, como el antropólogo Homayun Sidky, que ha dedicado largo tiempo a estudiar la cultura, lengua y organización social de los hunza, sostienen que la difusión de la figura de Alejandro en estas tierras puede ser anterior a la influencia islámica. Sidky argumenta en primer lugar que los árabes que conquistaron Badajshán dejaron consignado que los emires locales ya se reclamaban del linaje del general macedonio desde antes de su llegada. En segundo recuerda la existencia de comunidades no musulmanas que reivindican este linaje, como los kalasha.

Finalmente alude a la tradición oral sobre el origen de los hunza. Según la leyenda, las tropas de Alejandro transitaban por aquellas tierras al mando de un general llamado Bactriana, cuando cinco de sus hombres cayeron enfermos y tuvieron que permanecer en el valle. Al recobrar la salud decidieron establecerse allí definitivamente y así nació el pueblo hunza. Para Sidky lo relevante en estas leyendas es por una parte la ausencia de conexión directa con Alejandro Magno y, por otra, la referencia a Bactriana como nombre de un general, y no de un lugar. El autor sugiere que podría tratarse de un lejanísimo eco del hundimiento del reino grecobactriano y de la retirada de sus supervivientes a aquellas zonas montañosas en época antigua, una intrigante hipótesis apoyada también por la presencia de préstamos tracios y frigios en la lengua de los hunza.

¿Un Alejandro victoriano?

Sin embargo para otros autores el origen de esta errónea identificación con Alejandro en muchas zonas de la frontera del antiguo Imperio británico puede ser mucho más reciente de lo que parece. Según Warwick Ball la conexión con Alejandro fue sugerida por los propios agentes británicos a las familias dominantes de algunos emiratos montañeses y adoptada con sumo gusto por los interesados, quienes veían en ello la posibilidad de asociar sus linajes a un pasado glorioso. Aduce que los primeros estudios sobre los kalasha, como el pionero de George Robertson en 1890, señalaban que los propios kalasha no tenían gran idea de cuál era su origen, y que se limitaban a informar sobre unos vagos vínculos con una tribu árabe llamada Quraysh y que en ningún momento mencionaban a Alejandro ni a los griegos.

Sir Alexander Burnes

Otro ejemplo aportado por Ball es el del explorador británico teniente coronel Francis Younghusband, que menciona en un texto 1889 una fugaz alusión a Alejandro por parte del emir de los hunza. En la siguiente página ya se sirve de esa mera alusión para referirse al propio emir como «sucesor de Alejandro», al tiempo que pondera sus «rasgos y complexión europeas». Pocas décadas más tarde las familias de notables hunza habrían aprovechado esta laudatoria alusión para elaborar y publicar una historia ficticia que las entroncaba con el linaje de Alejandro, que ya circulaba hacia 1930.

Para Ball no cabe duda de que los británicos deseaban encontrar a Alejandro, poder caminar a la sombra de sus memorables conquistas, y que acabaron fabricando un «Alejandro británico» a su imagen y semejanza. Por su parte las dinastías locales no querían perder la oportunidad de asociar su linaje a una figura tan poderosa. A este respecto cita a Richard Stoneman, experto en la figura legendaria del emperador macedonio, quien afirma que «cada época fabrica su propio Alejandro».

Las recónditas dinastías de las montañas

A pesar de la contundencia de sus conclusiones Ball admite que la reivindicación de la figura de Alejandro por parte de algunas poblaciones de Asia Central es anterior a la llegada de los británicos, y que además no se limita a la cara sur del Hindu Kush, sino también a la norte, que estuvo bajo dominio ruso.

Sergei Abashin, antropólogo de la Academia de Ciencias rusa, ha estudiado cómo de la misma manera que a lo largo de toda la Edad Moderna la mayor parte de las dinastías asiáticas basaban la legitimidad de su poder en genealogías que se remontaban a Gengis Khan, las dinastías de los pequeños principados y emiratos de las montañas (Pamir, Hindu Kush) hacían lo propio con Alejandro Magno, identificado en estas tierras, y siguiendo una larga tradición, con el personaje coránico Zu-al-Qarnayn, «el de los dos cuernos».

La primera referencia a esta práctica se encuentra ya en la obra de Marco Polo, quien afirma al hablar de Badajshán que «todos [sus] reyes son descendientes del rey Alejandro y de la hija del Rey Darío, gran soberano de Persia. Por amor por el gran Alejandro, se llaman todos, al modo local en su lengua sarracena, Zu-l-Qarnayn».

Dos siglos más tarde varios cronistas centroasiáticos vinculados a la corte de Babur confirman esta información. El cronista Mirza Haydar refiere incluso una leyenda según la cual, tras conquistar el mundo, Alejandro habría buscado un lugar apartado para instalar a su descendencia, fuera del alcance de los grandes reyes del mundo. Tras consultar a los gobernadores de los territorios conquistados terminó eligiendo Badajshán, unos dominios tan impenetrables que nadie los podría invadir. Alejandro dejó a sus descendientes unos consejos de gobierno que debían seguir para preservar su poder.

La reivindicación del linaje de Alejandro se encuentra también en otras entidades políticas de la región. Según diferentes informaciones, recogidas por primera vez con detalle por el explorador A. Burnes, los soberanos de los pequeños emiratos de Kulob, Wakhan, Shughnan, Rushan, Darvaz y Karategin , situados entre los territorios de los actuales Tayikistán y Afganistán, también declararon en algún momento ser descendientes de Alejandro, aunque se sabe que en otras ocasiones basaban su legitimidad en la pertenencia al linaje de Ali. A menudo las leyendas mezclan a ambos personajes, como la recogida por un capitán ruso en el Rushan en 1893:

«Un soldado de la campaña india de Alejandro Magno vivía con sus tres hijos en Jorasán, totalmente sumido en la pobreza. El hijo mediano, huyendo de la violencia del maestro de su escuela, escapó a las montañas donde empezó a vivir como un ermitaño. Un día tuvo un sueño en el que se le apareció Ali para revelarle su futuro: el y sus hermanos habrían de partir hacia el Este hasta hallar unos reinos de los que se harían soberanos. Entonces partieron los tres hermanos, disfrazados de ermitaños predicadores, a buscar sus reinos. El mayor, Iskandar Rum, se apoderó de Darvaz, el mediano Dara-i Rum, de Badajshán, Wakhan, Shughnan y Rushan, el pequeño, Sha Babir, se hizo con los países más allá del Indus: Kanjut, Yasin y Chitral.»

La leyenda contiene detalles interesantes: en primer lugar determinaría que todos las dinastías reinantes en las montañas estarían emparentadas y descenderían, si bien no de Alejandro Magno, por lo menos de uno de sus generales. Además los nombres de los tres hermanos recuerdan de manera incuestionable a tres personajes cruciales: Iskandar (Alejandro), Dara (Darío) y Babir (Babur, rey timúrida que conquistó la India, cuyos descendientes fueron también durante un tiempo soberanos de Badajshán).

Para Abashin estas referencias se enmarcan en las luchas entre las dinastías gengiskhanidas (shayban, chagatai) y las timúridas, por el poder regional a principios del s.XVI. La conexión con Alejandro otorgaba un plus de legitimidad a las reivindicaciones de los diferentes aspirantes al control de Badajshán y de los otros principados de las montañas.

El culto a Alejandro Magno y su topografía sagrada

Llama la atención que las zonas donde más leyendas referentes a Alejandro se han recogido sean las más remotas e impenetrables de las montañas del Pamir. En Darvaz se encuentra la localidad de Qala-i-Jum, surgida alrededor a una antigua fortaleza (en árabe qala, como en el español Alcalá), y epicentro de un buen número de leyendas en torno a la figura de Alejandro. Una de ellas narra la misteriosa desaparición del emperador:

La fortaleza de Qala-i-Jum tenía un precioso jardín del paraíso, con pavos reales de oro, y una gruta donde vivía un hada. Todo el recinto estaba protegido por doce gigantes que se ocultaban en doce grandes tinajas de piedra. Alejandro decidió conquistar aquel enclave, atraído por las maravillas del prodigioso jardín. Sus doce caballeros hubieron de emplearse a fondo para derrotar a los doce gigantes. En mitad de la batalla, un hada consiguió atraer a Alejandro hasta el jardín, y una vez allí, a la gruta, donde entró para no ser visto nunca más. Los caballeros se quedaron y se convirtieron en los primeros habitantes de Qala-i-Jum.

Qala-i-Jum, a finales del s.XIX

Según otra leyenda, la fortaleza había sido fundada por el propio Alejandro junto al rey Salomón. En las inmediaciones de Qala-i-Jum, había unas ruinas entre unas peñas. En ellas vivía Kakay, un mago antiguo vasallo del rey de Bagdad que había caído en desgracia. Alejandro ayudado por Kakay consiguió conquistar Bagdad, pero el mago decidió más tarde encantarlo y enviarlo prisionero a Qala-i-Jum. La hija de Alejandro, que era un hada, se transformó en pájaro, encontró a su padre y convenció al mago para que levantara el maleficio, hecho lo cual lo estranguló con su velo. Alejandro conquistó más tarde el país de los persas y convirtió a sus habitantes al Islam.

La tumba de Alejandro en Yazgulam

Otra zona con gran profusión de leyendas sobre Alejandro es el valle de Yazgulam, uno de los de más difícil acceso de la zona. Sus habitantes hablan una lengua distinta a la de otros valles, y a diferencia de sus vecinos, no son ismaelíes. Según la tradición oral de los yazgulami, la tumba de Alejandro Magno se encontraba en la zona alta de su valle, más arriba de la aldea de Barnavadj. Cuenta una leyenda que Alejandro habría muerto lejos del Pamir, pero dejó dispuesto que en el momento de su muerte levantaría la mano y que sólo debía ser enterrado en el lugar donde la bajase. Tal y como había ordenado, al morir, sus lugartenientes lo colocaron en una camilla y vieron cómo alzaba la mano. Siguieron la dirección de la mano hasta que llegaron a la orilla del río Yazgulam, donde la mano se dejó caer, y fue en ese remoto paraje donde lo enterraron. Además, en la parte baja del valle, en el pueblo de Matravn, se encontraba el pequeño cementerio de Andargaz, donde supuestamente estaba enterrada la hermana de Alejandro.

El pueblo de Matravn, a orillas del río Yazgulam, en Tayikistán

Otra leyenda relacionada afirma que cierto gobernante local llamado Andar estaba en guerra con Alejandro Zu-al-Qarnayn. En un encontronazo consiguió matar a la hermana de Alejandro y al propio Alejandro, antes de sucumbir él mismo. Alejandro, antes de morir, habría dirigido sus últimas palabras a su hermana: «tú te quedarás junto a la desembocadura, y yo remontaré el curso del río hasta su fuente». Así lo hizo y acabó muriendo cerca de su manantial. La leyenda añade que «[…] yace en un túmulo situado un poco más arriba del puente de piedra. Hay una puerta con una cadena y un candado. Si quien se dirige a la tumba es honesto, la cadena caerá sola y la persona obtendrá todo lo que pida. Pero si no lo es, la puerta no se abrirá, lloverán piedras sobre el incauto y se oirán gritos provenientes de la tumba».

Otros lugares del valle están vinculados a leyendas de Alejandro. En el pueblo de Kausand estaría el caballo atado de Alejandro, transformado en piedra. Cerca de la aldea de Navn se encontraría un chopo brotado del ombligo del emperador. El agua de una de las lagunas de la zona aparecería todos los años roja por la sangre de Alejandro; y de acuerdo a otras leyendas el propio Alejandro se habría transformado en pir-i sar-i âb, «el anciano protector de los manantiales». Según un etnógrafo ruso, en el resto de valles de la zona, las aguas del río Yazgulam eran consideradas benditas, y con propiedades curativas, ya que fluían junto al mausoleo de Alejandro (mazar-i Iskandar).

Iskanderkul, el lago de Alejandro

El río Zaravshan es uno de los más legendarios de Asia Central. Antiguo afluente del Amu Daria, discurre por la histórica ciudad de Samarcanda antes de perderse para siempre en el desierto. Si se remonta su curso se llega a un afluente llamado Fan que prácticamente parte en dos la mitad occidental del actual Tayikistán. Este río tiene a su vez un afluente llamado Iskandar Darya (río Alejandro), que surge del precioso lago Iskanderkul («lago de Alejandro»). Con esta evocadora toponimia no sorprende que este enclave del alto Zervashan sea rico en leyendas sobre el gran conquistador, hasta el punto de que un antropólogo ruso afirma tener testimonios de que los tayikos locales se hacían llamar «macedonios».

El lago de Iskanderkul (Tayikistán)

Según una leyenda existía antiguamente en aquel lugar una ciudad de adoradores de fuego, conquistada por Alejandro, quien habría ordenado excavar la zona para crear un lago. El caballo favorito de Alejandro se habría ahogado en aquel lago, tras lo cual todas las noches saldría un caballo de agua para pastar apaciblemente en las orillas, hasta que llegada el alba retornaría a las profundidades.

Según otra leyenda Alejandro remontó en una ocasión el río Zeravshan. En cada lugar que tocaban los cascos de su caballo crecían los árboles frutales, y por eso la zona del valle de Yaghnob abunda en viñas, albaricoques, melocotones, nueces y ciruelas. Al final del camino Alejandro se paró a comer y al terminar sacudió las migas del mantel diciendo «que reine la prosperidad». Según la leyenda aquellas migas fueron el origen de las espléndidas cosechas de trigo del valle de Yaghnob.

Fergana y otras regiones de Asia Central

El culto a Alejandro o Iskandar sobrepasa la región montañosa del Pamir y el Hindu Kush. Más al norte, en el valle de Fergana, en la ciudad de Margilan, y no lejos del emplazamiento de la antigua Alejandría Ultima, se hallaba hasta hace no mucho tiempo otro pretendido mausoleo de Alejandro Magno. Según una descripción hecha en 1930 se trataba de una construcción relativamente reciente, cuadrada y de tamaño modesto. Junto al mausoleo se hallaban otras construcciones, incluida una madrasa con el nombre de Iskandar. En una de las construcciones se leía una inscripción, fechada en el s.XVIII: «Ningún lugar del mundo fue lo suficientemente grande para mí, Alejandro. Llegada la llamada de Dios, me quedé en este valle de Fergana. Hice construir mi sepultura en Alejandría, pero Dios dispuso que descansase en Fergana».

El modesto mausoleo de Iskander en Margilán

Supuestamente en el interior del mausoleo se custodiaba un estandarte rojo que habría pertenecido al emperador, muy venerado por los creyentes de toda la zona, quienes además pensaban que la ciudad de Margilán había sido edificada por el propio Alejandro. Con motivo del nombramiento de un nuevo gobernador en la ciudad, los habitantes sacaban el estandarte en procesión y lo presentaban solemnemente al gobernador. Este agradecía el gesto haciendo bordar en él pequeños parches de oro, y repartiendo con liberalidad dinero, pan y manzanas.

A diferencia del mausoleo de Yazgulam este de Margilán estaba perfectamente institucionalizado, con su madrasa, sus ancianos (sheijs) guardianes, y su fundación religiosa (waqf).

Ya fuera del valle de Fergana existen testimonios del culto a Alejandro en otras zonas, como en las montañas Kuramin, en las inmediaciones de Taskent, y más lejos aún, en Corasmia, en Kelif, a orillas del río Amu Darya, donde supuestamente también habría una tumba del emperador.

Y más lejos aún, sin salirnos de lo que se considera como Asia Central: en el pueblo de Nojur, en plena cordillera del Kopet Dag, entre Turkmenistán e Irán, la población local, de costumbres muy distintas a las del resto del país, se considera descendiente de Alejandro Magno. En el centro de la localidad se encuentra una piedra que según dicen conserva la huella del emperador. Similares leyendas llegan hasta la región del Volga y hasta China, y muestran hasta qué punto el nombre del emperador macedonio sigue siendo una referencia poderosa y anhelada.

[Esta entrada es una expansión de otra publicada en ciudaddepiedra.wordpress.com]

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