Huellas turcas en la lengua rumana

Aprovechando mi estancia en Bucarest voy a hacer un breve repaso por la influencia turca presente en la lengua rumana moderna. De la misma manera que habíamos mencionado algunas palabras de origen turco en español, creo que es interesante echar un vistazo a la lengua románica donde el elemento turco es más considerable.

En realidad la influencia turca – habría que decir túrquica, en sentido amplio – sobre el dominio lingüístico rumano se ha ejercido históricamente a través de dos fuentes bien distintas: en primer lugar los pueblos túrquicos (pechenegos, cumanos y tártaros) que llegaron al actual territorio de Rumania desde el norte a partir del siglo X y cuya lengua era de la rama kipchak; y por otra parte los otomanos, de la rama oghuz, que llegaron desde el sur y dominaron buena parte del territorio desde el s.XIV hasta la primera mitad del s.XIX. Ambas ramas siguen teniendo comunidades significativas de hablantes en el territorio rumano a principios del s.XXI: los tártaros y los turcos de la región de Dobruja. Pero lo que ahora nos interesa es la influencia de sus lenguas en el idioma rumano.

Pechenegos asesinando a Sviatoslav I, príncipe de Kiev

Del paso de los pechenegos quedan algunos topónimos como Pecinişca o Peceneagul.

A los cumanos se les deben topónimos como Teleorman (< deli orman, ‘bosque loco’), Caracal (< kara kala ‘fortaleza negra’), y vocablos como beci ‘sótano’, duşman ‘enemigo’, cioban ‘pastor’, habar en la expresión habar n-am ‘no tengo ni idea’.

Pero sin duda la fuente más importante de turquismos proviene de los dominadores otomanos, que aportaron la mayoría de las más de mil voces turcas que conoce el fondo léxico del rumano moderno. Entre las más utilizadas, muchas de ellas con un origen último en el persa u otras lenguas, se citan sustantivos como berechet ‘abundancia’, cafea ‘café’,  chef (< keyif) ‘ganas, humor’, ciorbă ‘sopa’, geam (< cam) ‘vidrio’,  capac ‘tapa, cubierta’, cearşaf  ‘sábana’, chibrit ‘cerilla’, ciorap ‘calcetín’, dulap ‘armario’, geantă ‘bolso’, haz ‘entretenimiento’, musafir ‘huésped, invitado’, odaie ‘habitación’, palavragiu ‘chismoso’ (< palavracı, una palabra con un curioso origen, como vimos en esta entrada), sarma ‘rollitos de hoja de parra o de col’, soi ‘raza, estirpe’, sufragerie ‘comedor’ y tutun ‘tabaco’.

Postal de la mezquita de Mangalia, la más antigua de Rumania

También aparecen numerosos adjetivos de uso corriente: caraghios (< karagöz por el teatro de sombras turco) ‘absurdo, hilarante’, chior ‘tuerto’, coscogea ‘enorme’, mahmur ‘resacoso’, murdar ‘sucio’, tembel ‘indolente’, etc.

E incluso algún adverbio, como ioc ‘no, en absoluto’, amandea ‘enseguida’; e interjecciones como aferim ‘¡bien hecho!’, aman ‘ay de mí’ haide ‘¡vamos!’ o incluso sictir ‘¡que te jodan!’.

Junto a estos vocablos de uso muy frecuente existen en rumano numerosos términos turcos en distintos dominios. Mencionemos algunos de pasada:

Agricultura: bostan ‘calabaza’, fistic ‘pistacho’, harbuz ‘melón’, lalea ‘tulipán’, pătlăgea ‘berenjena’, susan ‘sésamo’.

Reino animal: bursuc ‘tejón’, calcan ‘rodaballo’, maimuţă ‘mono’, etc.

Minerales: chihlibar ‘ámbar’, fildes ‘marfil’, sidef ‘nácar’.

Ropa: basma ‘fular’, caftan, halat ‘abrigo’, ilic ‘traje campesino’, etc.

Alimentos: baclava, caimac ‘nata’, chebap ‘asado’, chiftea ‘albóndiga’, iaurt ‘yogur’, magiun ‘mermelada’, covrigi (< gevrek) ‘simit’, etc.

Oficios: bacal ‘tendero’, boiangiu ‘tintorero’, cazangiu ‘fabricante de teteras’, tutungiu ‘tabaquero’, etc.

Un caso aparte lo forman los sufijos de origen turco, algunos de los cuales tienen una gran productividad en rumano y se emplean incluso con sustantivos de otros orígenes. Es el caso del sufijo -giu/-ciu (< –cI), utilizado principalmente para formar oficios: cafegiu ‘propietario de un café’ y actualmente ‘amante del café’, conacciu ‘posadero’, boiangiu ‘tintorero’, etc. El sufijo se emplea incluso con raíces de origen latino: barcagiu ‘barquero’, laptagiu ‘lechero’, y también scandalagiu ‘pendenciero’.

La carta de Neacșu, el primer texto en lengua rumana, es una advertencia sobre el avance de las tropas otomanas en Valaquia

A veces los turquismos con el sufijo -giu alternan con formas plenamente románicas, como en el caso de capugiu / portar ‘portero, conserje’.

También es relativamente productivo el sufijo lâc / lic (< –lIk) que se emplea para formar sobre todo nombres abstractos. Estados generales, como surghiunlâk ‘exilio’; calidades como şiretlic ‘picardía’, o colectivos como calabalâc ‘pandilla’. Se emplea también con raíces no turcas como por ejemplo en avocatlâc ‘abogacía’. El sufijo ha perdido productividad y alterna con sus equivalentes rumanos: murdarlâc / murdarie ‘suciedad’.

Del mismo modo las palabras de origen turco se someten en muchos casos a los procedimientos de formación de palabras propios del rumano: de chirie ‘alquiler’ se obtienen chiriaş ‘inquilino’, y a închiria ‘alquilar’. De duşman ‘enemigo’ se derivan dușmănos y dușmănesc ‘hostil’, y a dușmăni ‘0diar’.

En ocasiones el término turco ha sufrido un desplazamiento semántico en rumano, generalmente adquiriendo una apreciación negativa o despectiva. Por ejemplo maidan, del turco meydan ‘plaza’, en rumano adquirió el significado de ‘solar, vertedero’. Asimismo mahala, que proviene de una voz turca para ‘barrio’, en rumano significa ‘suburbio, bajos fondos’, o pehlivan, que de su significado original de ‘luchador, hombre fuerte’, ha pasado en rumano a ‘charlatán, payaso’.

Como vemos la mayoría de préstamos turcos en rumano se inscriben dentro de la lengua popular y coloquial, no tanto en los registros más cultos, ya que estos están impregnados de voces griegas debido al dominio fanariota. Estamos pues ante un fenómeno de adstrato, préstamos lingüísticos entre comunidades vecinas, que por supuesto también aparecen en abundancia en las lenguas turca y tártara habladas hoy en día en Rumanía.

Terminemos con un enlace a un estupendo blog rumano dedicado a la lengua turca: Limba turcă prin ochii mei

Bibliografía  

– Lazarescu-Zobian, Maria Mina. Kipchak Turkic Lexical Traces of Ottoman Heritage in Romanian and Balkan. East European Monographs, 1999.
– Musina, Alexandru «Țară turcită». România Literară 19, 2003.
– Ortega Román, Juan José. «Los principados rumanos bajo el imperio turco: aspectos lingüísticos y literarios». Revista de Filología Románica 19 (enero 1, 2002): 77 – 92.
– Sala, Marius. De la latină la română. Univers Enciclopedic, 1998.
– Suciu, Emil. Influenţa turcă asupra limbii române, vol. I – Studiu monografic. Editura Academiei Române, Bucarest, 2009.
– Suciu, Emil. 101 cuvinte de origine turcă. Humanitas, Bucarest, 2011.

 

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El río perdido de Estambul

Toda ciudad que se precie debería tener uno o varios ríos ocultos en sus entrañas. En muchas ocasiones se trata de ríos humildes de los que las propias ciudades se avergüenzan, ríos que han sido condenados a vagar bajo tierra por no tener suficiente entidad, por no poder esgrimir un nombre poderoso como “Tíber”, “Támesis” o “Tigris”. En esos casos lo que tenemos son ríos cabizbajos, ríos desahuciados de sus lechos milenarios y encorsetados en cárceles angostas de hormigón o de aluminio.

Londres cuenta con más de una docena de estos ríos perdidos. París se jacta de haber convertido a varios de los suyos en parte fundamental de su célebre red de cloacas. Y también Estambul, que no se priva de nada, tiene varios de estos ríos fantasma discurriendo por sus profundidades. El más célebre de ellos es un pequeño arroyo estacional conocido antiguamente como Lykos, el río Lobo. Un curso de agua hoy difunto y olvidado, pero más importante en la historia de la ciudad de lo que habitualmente se piensa. De hecho, como veremos, se podría decir que gracias a él, Estambul es hoy una ciudad turca.

Recorrido del Lykos por la ciudad de Constantinopla [mapa de Emanuel Nicolescu y Linda Safran]

Su nombre no deja de llamar la atención, ya que “Lobo” es un hidrónimo bastante frecuente en muchas partes del mundo. Sólo en el mundo helénico clásico había varios ríos con ese nombre, que también encontramos en España (río Lobos), en Francia (fleuve Loup) y en otros lugares. Algunas fuentes nos cuentan que en un palacio cerca de la iglesia de Myrelaion había un fresco con una imagen de un lobo rampante que simbolizaba al Lykos de Constantinopla.

Su fuente se supone que estaba en las colinas próximas a la ciudad, hoy día situadas en el distrito de Bayrampaşa. De hecho en turco el río era conocido por el nombre de “arroyo de Bayrampaşa”. Atravesaba las murallas de la ciudad en un punto cercano a la puerta llamada Pempton, tal vez parcialmente canalizado. Allí una torre se encargaba de vigilar su curso. El nombre de esta torre en turco, Sulukule (Torre del Agua), es por extensión el de todo el barrio adyacente, uno de los tradicionales barrios gitanos de la ciudad.

El valle que forma el río en este punto hace que la altura de las murallas descienda notablemente, convirtiéndolo en el tramo más vulnerable de todo el perímetro defensivo. El ejército otomano, consciente de ello, bombardeó con especial dureza esta zona en 1453, y en cierta medida resultó victorioso gracias a esta debilidad, con lo que se puede afirmar que gracias al Lykos Estambul es hoy una ciudad turca.

Puerta Pempton (Sulukule)

Una vez dentro de la ciudad el Lykos discurría hasta la actual zona de Aksaray, y desde allí se desviaba 90 grados hacia el sur para acabar desembocando en el mar de Mármara, en la pequeña bahía donde se encontraba el puerto Eleuterio, todo ello tras haber recorrido unos seis kilómetros intra muros, parte de los cuales probablemente de forma subterránea.

Sabemos que en época antigua los bosques situados a lo largo de su curso hacían de él una magnífica región de caza. El propio emperador Teodosio II falleció al caer de su caballo al río Lykos durante una partida de caza. Y también sabemos que el valle que formaba el río, incluso dentro de las murallas, fue una zona bastante despoblada hasta bien entrado el periodo otomano. En el siglo XI se referían a ella como Eremia (desierto), y la consideraban “un lugar remoto” en el que había pocas cosas aparte de monasterios.

Entre todos estos monasterios sobresalían el de Lips, hoy convertido en la mezquita Fenari Isa, y también el de Cassia, ambos situados a orillas del río. Del monasterio de Cassia nada queda hoy en día, pero durante bastante tiempo fue un centro religioso de primer orden. Se cuenta que en el s.IX Cassia iba a convertirse en esposa del emperador Teófilo, pero terminó siendo rechazada en beneficio de Teodora, tras lo cual decidió fundar este monasterio, donde pasó el resto de sus días componiendo himnos religiosos que aún hoy la hacen ser recordada como una espléndida poeta e himnógrafa.

El curso del río estaba salpicado de numerosos y precarios puentes de madera, aunque tenemos noticia de por lo menos uno de piedra que sobrevivió hasta tiempos recientes. Se le conocía por el nombre de Arpa Emini, nombre de la mezquita adyacente, hoy también perdida. Fue construido en el s.XVI y tenía quitamiedos de piedra, y una fuente en uno de sus extremos, y aunque hoy día ya no existe, da nombre a una calle cercana al lugar donde se encontraba.

Mezquita de Fenari Isa en el primer tercio del s.XX, abandonada y rodeada de huertos que regaba el Lykos

El puerto Eleuterio, donde desembocaba el Lykos, perdió su importancia a partir del s.VII cuando dejó de llegar el grano egipcio a Constantinopla. Después se abandonó y el río Lykos acabó rellenándolo con los sedimentos que arrastraba. En el s.XII el puerto era tan poco profundo que en él sólo podían operar ya pequeños barcos pesqueros. Tras el desastre de 1204 fue abandonado por completo y hacia el s.XV ya había sido prácticamente borrado de la costa constantinopolitana (hoy sus restos se encuentran a casi un kilómetro de la actual línea costera). La zona era conocida como Vlanga a finales del periodo bizantino, Langa para los turcos, y era célebre por sus fértiles huertos y especialmente por la variedad de pepinos que allí se daban: grandes, sabrosos y con pocas semillas.

Y es que la vega del humilde Lykos proporcionó durante siglos innumerables frutas y verduras a las mesas de Constantinopla-Estambul. La zona donde nace no sólo dio nombre al arroyo, sino también a una variedad de alcachofa, la alcachofa de Bayrampaşa, que aunque ya no se cultiva en su lugar de origen, es conocida en toda Turquía.

Y a ambas orillas del curso del Lykos a través de la ciudad había innumerables huertos. De hecho la zona central del valle se conoce en turco como Yenibahçe “jardín nuevo”. Estos huertos se mantuvieron hasta bien entrado el s.XX, como recuerdan algunos usuarios de este foro. Uno de los lugares que mencionan con más nostalgia es el punto donde se unían al Lykos otros dos arroyuelos, el Karagümrük y el Malta. En aquel lugar uno de los arroyos formaba una cascada natural de tres metros de altura, en un entorno espléndido lleno de higueras y ciruelos. Un verdadero locus amoenus en plena ciudad que aún hoy recuerdan los más mayores, pero que desgraciadamente tenía los días contados.

Antigua fuente otomana tras la que discurría el Lykos

En 1956 se aprobó la reordenación de toda la zona. La modernidad decretaba que no había ya lugar para arroyos, cascadas ni huertos. En poco tiempo el río se desvaneció, sus aguas fueron domesticadas, canalizadas y conducidas a Dios sabe dónde, y en su antiguo recorrido surgió una flamante Avenida de la Patria, de casi 90m de anchura y flanqueada por inmensos y lucidos edificios, que borró para siempre la huella del Lykos.

Gobernaba por aquel entonces el país Adnan Menderes, el primer ministro que poco después sería ejecutado por una siniestra junta militar. Treinta años más tarde, cuando se recuperó su figura pública, la Avenida de la Patria fue rebautizada como Bulevar Adnan Menderes, y en el punto donde arranca se construyó un soberbio mausoleo en su honor, justo en un lugar por donde en otro tiempo fluía el Lykos. Curiosa carambola onomástica, ya que Menderes había tomado su apellido de otro río turco de nombre griego.

Recreación fantasiosa del Lykos para el videojuego Assassin’s Creed

Sin embargo el viejo Lykos todavía tenía reservada una gran sorpresa a los habitantes de Estambul. En 2004, durante las obras del metro en la zona de Langa, salió a la luz el antiguo puerto Eleuterio, que había estado durmiendo en silencio durante ochocientos años bajo los sedimentos arrastrados por el río. En lo que algunos consideran el yacimiento arqueológico náutico más importante jamás descubierto, aparecieron hasta cuarenta barcos bizantinos en un excelente estado de conservación. ¿El motivo? Tras quedar abandonados o hundirse (muchos de ellos a causa de un tsunami o una fuerte tormenta que tuvo lugar en el s.XI), las aguas dulces de nuestro querido Lykos mantuvieron los barcos a salvo del temible teredo navalis, el mayor enemigo de los navíos naufragados, un molusco que devora la madera pero que afortunadamente sólo prospera en aguas muy saladas.

Además, los sedimentos que descargaba el Lykos en el puerto, unidos a la rapidez con que la propia arena del mar cubría los restos, hicieron que los barcos quedasen rápidamente sepultados, y hayan podido llegar en magníficas condiciones hasta nuestros días.

Barco bizantino de mil años de antigüedad preservado gracias al Lykos

Aparte de los barcos, que van desde pequeñas barcazas de carga y descarga, hasta bajeles de transporte y un enorme galeón de cuarenta metros de eslora, se han rescatado casi 16.000 objetos de gran valor: cientos de ánforas de vino y aceite, figuras y estuches de marfil, balanzas de bronce, anclas historiadas, peines tallados de madera, cuencos de porcelana, una estatua de Apolo del s.IV hecha en mármol, numerosas monedas de oro, juegos de mesa, dados, lámparas de aceite con inscripciones, así como huesos de camellos, osos, avestruces, elefantes y leones, y quince cráneos que probablemente pertenecieron a criminales decapitados.

Todo ello gracias a la acción silenciosa, firme y tenaz del viejo Lykos, que operó como el más eficiente de los conservadores arqueológicos. Esperemos que el museo naval que algún día se abrirá junto al yacimiento rinda el debido homenaje a este río olvidado.

Bibliografía

– Berger, Albrecht. «Bayrampaşa deresi» y  «Bayrampaşa deresi köprüsü» en İstanbul ansiklopedisi: dünden bugüne. Kültür Bakanlığı ve Tarih Vakfı’nın ortak yayınıdır, 1994.
– Bogdanović Jelena , “Water supply in Constantinople”, 2008, Εγκυκλοπαίδεια Μείζονος Ελληνισμού, Κωνσταντινούπολη, disponible aquí.
– Janin, Raymond. «La région occidentale de Constantinople. Étude de topographie». Revue des études byzantines 15, no. 1 (1957): 89–122.
– Kalkan, Ersin. Yeraltındaki İstanbul. İstanbul Büyükşehir Belediyesi, Estambul 2010.
– Oğuz, Burhan. Bizans’tan günümüze İstanbul suları. Simurg Kitapçılık ve Yayıncılık, 1998.
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Los turcos en las fuentes bizantinas

Cuando a finales del s.VI Menandro el Protector dejó constancia escrita de que unos ciertos turkoi habían enviado una embajada al emperador Justino II, poco se podía imaginar que aquel insignificante y remoto pueblo llegaría un día a conquistar el imperio de los romanos, y con él la inexpugnable Constantinopla.

El emperador Justino II, sobrino y sucesor de Justiniano

Es cierto que anteriormente el imperio había tenido contacto con pueblos túrquicos. Hacía ya siglos que cada poco se dejaban caer por el mundo romano etnias más o menos organizadas provenientes del norte de Europa y del interior de Asia, la mayoría de las veces con intenciones poco amistosas. La aparente capacidad de esas tierras bárbaras para producir una horda invasora tras otra hizo que en ocasiones los romanos se refirieran a ellas con terror como officina gentium, es decir, la “fábrica de pueblos”.

Algunos de estos pueblos eran probablemente túrquicos (recordemos el origen turco de la palabra “horda”). Es el caso, si bien discutido, de los hunos, cuyo célebre caudillo Atila llegó a plantarse ante las murallas de Constantinopla al frente de un temible ejército. Y sin duda es el caso de los ávaros, que durante algunos siglos fueron el quebradero de cabeza de más de un emperador bizantino. El historiador Prisco, ya a mediados del s.V nos habla de embajadas de confederaciones tribales indiscutiblemente túrquicas como eran los ogures, onogures y kutrigures.

Pero la novedad de Menandro y los otros cronistas de finales del siglo VI, como Teófanes de Bizancio y Teofilacto Simocatta, fue dejar por escrito el término “turco” por primera vez en la historia occidental. Un etnónimo que más o menos por esas mismas fechas aparecía registrado en las fuentes chinas como Tu’ kue, y poco después en las propias fuentes turcas como Türk, “el pueblo fuerte”, “poderoso”.

Ese primer embajador turco que menciona Menandro llegó a Constantinopla hacia el año 569, tras un largo y penoso viaje a través de Asia Central y el Cáucaso. Se llamaba Maniax, un nombre que deja entrever su posible adhesión a la religión maniquea, y venía en nombre de Silzibul, también conocido como Istämi, khan soberano del imperio Göktürk, un estado enemigo de Persia cuyo territorio se extendía por todo el Asia Central. La propuesta de esta primera embajada de Silzibul al emperador Justino II era ofrecerse como intermediarios entre Bizancio y China en el comercio de la seda, de modo que ambos pudieran esquivar el férreo control que imponían los persas.

Busto de Bumin, khan Göktürk, en Estambul

Otro embajador turco que llegó pocos años más tarde a Constantinopla para renovar la alianza con Bizancio, presentaba humildemente a su soberano como “Gran Señor de siete razas, gobernador de los siete climas del mundo y vencedor de los hunos blancos en feroz batalla”.

Con todo, no se puede decir que las relaciones turco-bizantinas fuesen del todo amistosas ya en aquellas lejanas fechas. La falta de firmeza de los bizantinos a la hora de cumplir sus compromisos llevó al gobernador Turksan a afirmar que “los romanos hablan con diez lenguas diferentes y mienten con todas ellas.”

Sabemos también que tanto el emperador Justino II como su sucesor Mauricio Tiberio enviaron por su parte embajadores a los turcos. El primero fue el oficial Zemarco, quien viajó hasta Ektag, la Montaña de Oro, corazón del reino de los turcos en los montes Altái. Zemarco hace algunas observaciones interesantes de su viaje, como el hecho de que fue obsequiado con hierro y obligado a saltar una hoguera varias veces, al tiempo que su equipaje era sometido a un ritual de purificación mediante cantos, música de tambores y la quema de ciertas plantas que se suponía mágicas. Poco después otro embajador bizantino anotaría al respecto que

Los turcos veneran el fuego hasta límites insospechados, y también rinden honores al aire y al agua. Dirigen plegarias a la tierra, pero sólo se postran ante quien creó el cielo y la tierra, a quien llaman Dios. Sacrifican caballos y ovejas en su honor.

La corte del khan es descrita como espectacular en su pompa bárbara: tronos dorados flanqueados por pavos reales, y todo tipo de animales esculpidos en oro y plata, lujosos colgantes y mucha seda. Una de estas expediciones trajo consigo de vuelta a 106 turcos, de quienes se dice que visitaron el territorio bizantino y llegaron a Constantinopla, siendo tal vez los primeros turcos de la historia instalados en la ciudad.

También en esa época (finales del s.VI) existe otra mención a los turcos en un contexto algo diferente. Juan de Éfeso escribe en su Historia Eclesiástica un curioso episodio. Cuenta que cuando los persas invadieron Siria en el año 573 hicieron prisioneros a casi 300.000 cristianos. De entre todos ellos, el rey Cosroes seleccionó a las dos mil vírgenes más hermosas para ofrecérselas al khan de los turcos, a quien quería ganarse como aliado.

Representación medieval de la batalla de Manzikert (1071) punto de partida del dominio turco en Anatolia

Las vírgenes, cuando se encontraban a sólo cincuenta leguas del campamento turco, pidieron permiso a sus guardianes para bañarse, se alejaron un poco de los soldados alegando pudor, y prefiriendo morir antes que perder en manos de los turcos su religión y su honor, se lanzaron deliberadamente al río y se ahogaron.

Las relaciones con los diferentes estados túrquicos continuaron en siglos posteriores. El contacto con los antiguos búlgaros llegó a ser muy estrecho, y uno de sus gobernantes, Kubrat, fue bautizado en Constantinopla y educado en la tradición cortesana bizantina.

Más adelante el término turkoi aparece en las fuentes bizantinas de forma un poco confusa, referido a multitud de pueblos distintos. Sobre todo a los jázaros, herederos del Imperio Göktürk, y los pechenegos, pero también a otros pueblos cuya turquicidad es discutida, como los magyares.

Los jázaros darían con el tiempo dos emperatrices al Imperio Bizantino. La primera reinó con el nombre de Teodora de Jazaria, segunda esposa de Justiniano II, el de la nariz cortada, un emperador cuya fascinante historia merecería una entrada independiente, aunque se escape del propósito de este blog. La segunda se llamaba Çiçek, “flor”, y reinó como Irene de Jazaria, esposa de Constantino V el Coprónimo. No serían las únicas emperatrices de origen túrquico en la historia de Bizancio.

Uno de los turco-bizantinos más célebres fue el general Bardanes Tourkos, que protagonizó una fallida rebelión contra el emperador Nicéforo I. A partir del reinado de Constantino VII, en el s. X, se sabe que el emperador contaba permanentemente con una guardia personal llamada “ferganesa” o “turca”, formada por esclavos traídos de más allá del río Oxus, en el valle de Fergana, actual Uzbekistán. Y más de un siglo después, Alejo I Comneno incluía en su ejército regular un batallón entero de caballería turca, los llamados turkopoli.

Por aquel entonces los turcos ya no eran un pueblo distante e inofensivo. Los turcos selyúcidas, convertidos al islam, habían ocupado la práctica totalidad de la península Anatolia, que desde entonces empezaría a ser conocida como “Turquía” entre los europeos.

El humanista bizantino Teodoro Metoquites en un mosaico del s.XIV luciendo un turbante de tipo turco

Las relaciones entre turcos y bizantinos, convertidos en vecinos, se estrecharon, y algunos turcos llegaron a ocupar cargos importantes en el estado bizantino, como es el caso de Takitios, uno de los generales más apreciados por Alejo Comneno, o el megas domestikos Juan Axuch. Y en 1143 por primera vez un sultán turco puso los pies en Constantinopla. Fue el sultán selyúcida de Konya Mesud I, quien invitado por Manuel Comneno no sólo visitó la capital, sino que participó en una procesión solemne a Santa Sofía, para escándalo del patriarca.

Pero aún más sonada fue la visita veinte años más tarde del sultán Kilij Arslan II, también a invitación del propio Manuel Comneno. En esta ocasión el sultán venía a rendir pleitesía al emperador bizantino, ya que acababa de ser derrotado por éste e iba a necesitar su ayuda frente a otros soberanos turcos de Anatolia. Si creemos lo que relatan Juan Cinnamo y otros cronistas contemporáneos, Manuel se propuso impresionar al sultán desde el mismo momento en que llegase a la capital. En primer lugar lo recibió sentado en un trono que estaba alzado en un enorme pedestal chapado en oro con incrustaciones de zafiros y perlas. Él mismo vestía una capa púrpura con perlas y piedras preciosas incrustadas. En su cabeza resplandecía la espléndida diadema imperial, y colgando de su cuello una cadena de oro con un rubí del tamaño de una manzana. Según Cinnamo, cuando el emperador ordenó al sultán sentarse a su lado, éste estaba tan maravillado que no se atrevió ni a moverse.

Y era sólo el principio. Durante su estancia, que duró doce semanas, el almuerzo y la bebida le eran servidas en platos y copas de oro y plata que tras la comida pasaban a ser de su propiedad. Después de uno de los banquetes en el Gran Palacio, Manuel le regaló la vajilla entera. Mientras tanto, no pasaba un sólo día sin que fuese obsequiado con entretenimientos a cada cual más novedoso y sorprendente. Hubo banquetes, torneos, circos, juegos en el hipódromo y hasta una demostración del temible fuego griego. El objetivo era hacer ver al sultán turco que se le agasajaba no en calidad de monarca extranjero, sino de príncipe vasallo.

En esa ocasión, uno de los turcos del séquito del sultán trató de corresponder la magnificencia de sus anfitriones con una demostración de vuelo desde una de las plataformas elevadas del Hipódromo, con desastrosas consecuencias, pero esto puede que lo tratemos en otro momento…

Baste recordar por ahora dos ejemplos que ilustran a la perfección la influencia que a partir de entonces ejerció el mundo turco sobre Bizancio: la construcción, en el mismo s.XII del llamado Mouchroutas, un pabellón con arquitectura de tipo turco en el complejo palaciego de Constantinopla. Y ya en el s.XIV la figura de Juan VI Cantacuceno, emperador bizantino que hablaba turco y que casó a su hija con el sultán otomano Orhan. La influencia turca en Bizancio no dejó de crecer hasta el momento mismo de su aniquilación por parte de los otomanos.

Bibliografía  

– Brand, Charles M. «The Turkish Element in Byzantium, Eleventh-Twelfth Centuries». Dumbarton Oaks Papers 43 (enero 1, 1989): 1–25.
– Bury, John Bagnell. «The Turks in the Sixth Century». English Historical Review, vol 12, nº 47, 1897.
– Dobrovits, Mihály. «The Altaic world through Byzantine eyes: Some remarks on the historical circumstances of Zemarchus’ journey to the Turks (AD 569–570)». Acta Orientalia 64, no. 4 (diciembre 1, 2011): 373–409.
– Juan de Éfeso. Historia Ecclesiastica Lib VI. Traducción del siríaco al inglés obra de R. Payne Smith, Oxford University Press, 1860. Disponible online aquí.
– Macartney, C. A. «On the Greek Sources for the History of the Turks in the Sixth Century». Bulletin of the School of Oriental and African Studies 11, no. 02 (1944): 266–275.
– Mangaltepe, Ismail. Bizans kaynaklarında Türkler (Menandros Protektor ve Theophylaktos Simokattes). Doğu Kütüphanesi, Estambul 2009.
– Norwich, John Julius. Byzantium: The Decline and Fall. Knopf, 1995.
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Planos antiguos de Estambul IV

Si anteriormente habíamos visto varios planos insertos en la tradición cartográfica europea, veamos ahora el plano otomano más antiguo que se conoce, el de Matrakçı Nasuh, que ya mencionamos en la primera entrada de este blog.

Figura en un manuscrito de 1538 del que se conserva tan sólo una copia ricamente iluminada con miniaturas topográficas, y que se conoce comúnmente como Mecmu -i Menâzil (“Recopilación de las etapas”). Se refiere a las etapas de la campaña militar que emprendió el sultán Solimán el Magnífico contra el imperio safávida en tierras de Irak e Irán.

El autor del texto y de las ilustraciones, Matrakçı Nasuh, fue un humanista de la corte otomana, a quien se deben también varios tratados de matemáticas, de historia y de técnica militar. Las ilustraciones del manuscrito representan las ciudades y lugares donde acampaba el ejército en su marcha, así como algunos santuarios que visitó el sultán, sin que sorprendentemente haya ninguna escena de batallas. En general todas beben del estilo de las miniaturas persas, especialmente en el colorido y en la inclusión de determinados elementos tópicos, como los árboles florecientes.

El plano de Estambul ocupa dos páginas enteras del manuscrito. En la página de la izquierda aparecen representados los suburbios de Gálata, Eyüp y Üsküdar, así como el Bósforo y el Cuerno de Oro. La página de la derecha aparece casi completamente ocupada por la península histórica y el mar de Mármara.

Se sabe que Matrakçı Nasuh conocía el plano de Buondelmonti, aunque no podemos estar seguros de que conociese el de Vavassore, que incluso pudo haber sido elaborado con posterioridad. En cualquier caso su obra es completamente original en muchos aspectos, pues, como veremos, juega con muchas técnicas representativas distintas para enfatizar determinados contenidos.

Lo primero que llama la atención son los diferentes puntos de vista escogidos para representar las distintas poblaciones. Los edificios de la península histórica, Eyüp y Üskudar aparecen orientados hacia el oeste (parte baja de la página), mientras que los de Gálata aparecen orientados hacia el sur (parte derecha de la página). Esta disparidad no parece casual. Gálata aparece representada como vista desde Estambul, lo cual la sitúa simbólicamente en un plano subordinado a ésta. Recordemos que Gálata era la colonia genovesa en la ciudad, y estaba poblada en su mayoría por no musulmanes.

También hay disparidad en la representación de los propios edificios: los hay que están caracterizados por su fachada, como Santa Sofía o la mezquita de Fatih; y otros por su planta, como el Gran Bazar, o el palacio de Topkapı. Esta peculiaridad permite reconocer muchos detalles de las construcciones.

Detalle de Gálata y Üsküdar

Además de ello, Matrakçı Nasuh emplea ciertas distorsiones en la representación de las superficies. Gálata aparece más grande de lo que era en realidad, pero sobre todo llama la atención que la península histórica no presenta su característica forma triangular (que se había convertido un tópico en las descripciones medievales de la ciudad), algo que se puede deber al poco espacio disponible en la página y al hecho de que la punta del Serrallo concentraba la mayor parte de los monumentos que se querían representar. Iffet Orbay, tras estudiar detenidamente el plano, apunta a que Matrakçı Nasuh se sirvió de esta distorsión para dar una visión idealizada de la ciudad en la que no había espacios sin urbanizar. Se sabe que hasta principios del s.XVII grandes áreas adyacentes a la muralla terrestre seguían estando muy poco pobladas, y que había extensos solares libres. Matrakçı Nasuh habría “comprimido” toda esta zona para dar la imagen de que Estambul era una ciudad “completa”, plenamente urbanizada y compacta. Esto no está reñido con el hecho de que en el plano aparezcan numerosos jardines y huertos, ya que en la concepción urbanística de los primeros sultanes los jardines eran un signo de grandeza y prosperidad.

Distorsión de la superficie en el plano de Matrakçı Nasuh (dcha) comparado con el plano real de la ciudad (izda)

El plano presenta por otra parte diversos ejes de simetría. Uno horizontal parte de la torre de Gálata y corta la ciudad en dos. El otro, vertical, va de Santa Sofía a la mezquita Fatih, los dos templos más importantes de la época de Mehmet el Conquistador, y los más representativos de la silueta de la ciudad en la época teniendo en cuenta que aún no se había construido la mezquita de Süleymaniye. Los dos ejes se unen en el llamado Palacio Viejo, considerado en aquel entonces el centro de la ciudad y que estaba en el solar que hoy ocupa la Universidad de Estambul. El eje vertical sugiere además el trazado de Divan Yolu, la calle más importante de la ciudad, la antigua Mese de la ciudad bizantina, aunque la calle no está representada como tal.

Detalle del Hipódromo

En el plano se identifican con claridad gran parte de los edificios, algunos de ellos hoy desaparecidos. En primer lugar numerosos elementos antiguos heredados de la época bizantina: el Hipódromo, en el que se distingue la columna de las serpientes, la iglesia de Santa Irene, las columnas de Constantino, Arcadio y Marciano, el acueducto de Valente, los puertos Sofiano y Eleuterio, el monasterio de san Juan de Studion o el palacio de las Blachernas. También algunas iglesias convertidas en mezquitas, como Santa Sofía, con los dos minaretes que tenía en la época, Theotokos Kyriotissa (Kalenderhane) o San Sergio y San Baco (Küçük Aya Sofya).

De los elementos de época otomana sobresale el palacio de Topkapı con sus tres patios, el Gran Bazar, el palacio de Ibrahim Paşa junto al Hipódromo, el Palacio Viejo, la fortaleza de las Siete Torres (Yedikule), que aparece con unas extrañas cúpulas, así como diversas mezquitas, la de Fatih, la de Firuz Ağa o la de Beyazid, que está representada con todo lujo de detalle.

Detalle de la mezquita de Beyazid

Algunos elementos presentan un tamaño desproporcionado que llama la atención. Es el caso del namazgâh (recinto de oración) de Hasan Efendi, algo que se explica por tratarse de un notable de la corte otomana de la época cuyo poder interesaba poner de relieve.

La zona de Gálata aparece dividida en tres sectores con gran densidad urbana, en los que se distinguen varias iglesias, todo ello presidido por la gran torre de Gálata. Fuera de sus murallas aparecen representados los astilleros de Kasimpaşa y el arsenal (Tophane) con todos sus hangares perfectamente alineados, así como una mezquita y un pozo con un torno giratorio. Se trata del Pozo de la Cadena (Zincirli Kuyu), que da nombre a un barrio actual.

En la zona de Üsküdar aparece un bazar, una plaza, un embarcadero y la torre de la Doncella (Kız Kulesi), pero ninguna mezquita, y en la zona de Eyüp tan sólo dos mezquitas, aunque esa parte del manuscrito está dañada. Tal vez se trataba de enfatizar el carácter comercial y estratégico de Üsküdar, puerta de Estambul desde el mar Negro, y el carácter religioso y espiritual de Eyüp, lugar que toma su nombre de Abu Ayyub al-Ansari, abanderado de Mahoma caído en un sitio de la ciudad, y cuya tumba aún se venera en la zona.

El plano también presenta elementos estandarizados. Por ejemplo, se emplea el gris para los edificios de piedra y el blanco o amarillo para los de ladrillo; si bien algunos edificios aparecen “maquillados”. Es el caso de la mezquita llamada Küçük Aya Sofya, que a pesar de estar construida en ladrillo aparece pintada de gris, tal vez por considerar el ladrillo un material indigno de una mezquita.

Detalle del arsenal de Tophane

Además algunos edificios de menor importancia presentan formas convencionales. Por ejemplo, los baños aparecen siempre representados como pequeñas estructuras con dos cúpulas, independientemente del aspecto que tuvieran en la realidad. Una de las convenciones más extrañas es la de ciertos edificios bizantinos, como la iglesia de santa Irene, que presenta unas cúpulas de tipo ruso que no existían en la realidad, tal vez escogidas como un elemento que pudiese diferenciarla claramente de una mezquita.

En resumen, se puede afirmar que lo que más interesaba a Matrakçı Nasuh era ofrecer la imagen de una ciudad perfecta, vetusta y venerable, que además había sido embellecida gracias a la construcción de numerosos edificios públicos monumentales tras la conquista otomana. Su propósito era enumerar todos esos monumentos mediante representaciones que los identificasen, aunque para ello tuviera que sacrificar en parte el rigor cartográfico. Por lo menos para nuestros ojos modernos no cabe duda de que la belleza del resultado justifica con creces ese sacrificio.

Bibliografía  

– Denny, Walter B «A Sixteenth-Century Architectural Plan of Istanbul». Ars Orientalis Vol. 8, (1970), pp. 49-63
– Gabriel, Albert. «Etapes d’une campagne dans les deux Irak d’après un manuscrit turc du XVIe siècle». Syria 9, no. 4 (1928): 328–349.
– Orbay, İffet. Istanbul Viewed: The Representation of the City in Ottoman Maps of the Sixteenth and Seventeenth Centuries. Massachusetts Institute of Technology, Department of Architecture, 2001.

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Ver también Planos antiguos de Estambul I, Planos antiguos de Estambul II y Planos antiguos de Estambul III

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La toma de Constantinopla en la literatura oral

La conquista de Constantinopla por parte de los otomanos el 29 de mayo de 1453 fue un acontecimiento sumamente traumático para la intelectualidad de la Europa cristiana.

Sitio de Constantinopla en un manuscrito del s.XV

El arzobispo de Siena, Enea Silvio Piccolomini, que más tarde se convertiría en el papa Pío II, calificó el acontecimiento como “la segunda muerte de Homero y Platón”. La consternación que se produjo quedó reflejada, en forma de “plantos” o lamentos, en numerosas obras literarias compuestas en infinidad de lenguas, desde el armenio al catalán, pasando por supuesto por el latín y el griego.

Tal vez en el futuro dedicaremos una entrada de este blog a esas obras, pero lo que ahora nos interesa es la huella que dejó la caída de Constantinopla en la literatura popular, sobre todo en la griega. Leyendas y canciones transmitidas oralmente de generación en generación, que fueron recogidas por los primeros folcloristas a principios del s.XIX, y que en cierto modo han pervivido hasta nuestros días.

En el folclore griego

Lo que caracteriza a la mayor parte de estas leyendas y canciones es la confianza que muestran en que algún día la ciudad volverá a manos cristianas, algo que contrasta con las composiciones cultas sobre el mismo tema.

Un motivo recurrente en muchas narraciones es la incredulidad acerca de la conquista, ya que se consideraba a Constantinopla como una ciudad completamente inexpugnable. Una leyenda cuenta que un monje se encontraba friendo unos peces cuando recibió la noticia de que los turcos habían entrado en la ciudad.  “Jamás los turcos pondrán el pie en Constantinopla”,  exclamó, “sólo me lo creeré si estos peces que estoy friendo vuelven a la vida”, dicho lo cual los peces saltaron de la sartén y se lanzaron a un riachuelo cercano.

Fresco del sitio de Constantinopla en el monasterio de Moldoviţa (Rumanía)

Y la leyenda dice que todavía hoy viven en una fuente del barrio de Balıklı, donde esperan a que la ciudad vuelva a estar en manos griegas y llegue otro monje para terminar de freírlos. En otras versiones es el propio emperador quien está friendo los peces; o en lugar de peces es un gallo el que sale del horno a medio asar.

En realidad estas leyendas son, nunca mejor dicho, un refrito de otras mucho más antiguas. El tema de los peces se encuentra ya en Heródoto de Halicarnaso, y el del gallo en el Evangelio apócrifo de Nicodemo, referido a la incredulidad de los hebreos ante la resurrección de Jesús.

Otro de los elementos recurrentes en la literatura oral sobre la toma de la ciudad es la figura del último emperador, Constantino XI Paleólogo. La suerte que corrió en aquella jornada aciaga no se conoce con certeza. En los relatos de algunos cronistas históricos (cierto es que los menos rigurosos, como el veneciano Nicola Sagundino o Nestor Iskender) se asegura que el emperador murió junto a la puerta de San Romano, peleando cuerpo a cuerpo contra los invasores.

Constantino XI Paleólogo

Este supuesto fin heroico inspiró muchos relatos populares. Uno de ellos, recogido por el folclorista E. Legrand de boca de un griego a mediados del s.XIX, dice

Murió peleando solo, montado en su caballo cuatralbo. Mató a diez pachás y sesenta jenízaros antes de que su lanza se rompiese y se astillase su espada, y no hubiera nadie para socorrerle. Alzó sus ojos al cielo y exclamó “Dios todopoderoso, creador del mundo, ten piedad de tu pueblo, ten piedad de Constantinopla”. Entonces un turco le golpeó en la cabeza y el pobre Constantino cayó de su caballo y quedó tirado en el suelo, cubierto de polvo y sangre. Le cortaron la cabeza, la clavaron en la punta de una lanza, y enterraron su cuerpo bajo un laurel.

La ubicación de la tumba del último emperador bizantino también fue objeto de leyendas entre la población griega de la ciudad. Según éstas, su última morada se encontraría en la antigua iglesia de Santa Teodosia (hoy Mezquita Gül), o en la propia Santa Sofía, aunque la mayoría coinciden en ubicarla en el barrio de Vefa, junto a la tumba del soldado turco que le dio muerte.

Pero sin duda las leyendas más extendidas y hermosas acerca del último emperador son aquellas que aseguran que en realidad no está muerto, sino que justo en el momento en que un turco se disponía a pegarle un espadazo mortal, un ángel vino en su ayuda y se lo llevó a una gruta.

El rey de mármol

Según estas leyendas, Constantino quedó convertido en piedra y lleva siglos esperando a que el ángel vuelva para despertarlo y entregarle de nuevo su espada. Cuando lo haga, el emperador entrará triunfalmente por la Puerta de Oro de la ciudad, expulsará a los turcos y los perseguirá hasta el Manzano Rojo, el lugar legendario donde la imaginación popular sitúa la cuna del pueblo turco. Según esta leyenda los turcos intentaron por todos los medios encontrar la gruta, pero no han podido dar con ella, así que por lo menos han tapiado la Puerta de Oro por la que se supone que entrará el emperador el día que despierte (este último elemento es cierto, ya que la Puerta de Oro está tapiada desde el s.XVI).

Esta leyenda del rey durmiente, o “rey de mármol” (marmaromenos vassilias) sigue muy presente en el imaginario griego, y ha seguido inspirando hasta nuestros días a numerosos poetas, como Giorgos Viziinos o Kostis Palamas.

En realidad se trata de una variante del cuento de “El rey bajo la montaña” o el “héroe durmiente”, el tipo 766 en la clasificación de cuentos de Aarne-Thompson, en la que un héroe se ve condenado a dormir en algún lugar remoto hasta que llegue la hora propicia para regresar a su mundo y retomar su poderío. Es una leyenda que se cuenta de personajes como el rey Arturo, o el imán Mehdi de los chíies, y de muchos otros personajes inequívocamente históricos, como Federico Barbarroja o el rey Sebastián I de Portugal.

En muchas versiones de este cuento se hace hincapié en que si el emperador aún no ha regresado es porque todavía no es la hora propicia. Se dice que si un cristiano se acerca a la Puerta de Oro (en otras versiones es la iglesia de Santa Teodosia) podrá oír una voz murmurar “Aún no ha llegado el momento. La hora no ha sonado aún”.

Campesinos griegos de la isla de Lemnos

En este sentido es muy curiosa otra variante recogida en 1922 entre los griegos de la ciudad turca de Manisa, que dice así:

Nosotros teníamos un Rey, fue hecho prisionero por los turcos cuando vuestro sultán conquistó Constantinopla. Este Rey no murió. Se escapó de la prisión y se escondió en algún lugar. Se encogió, se hizo tan menudo como una avispa. Descansa sobre algodón, en una cesta colgada del techo de su refugio. Una vez al año, se levanta y pregunta a la gente “¿todavía se celebra la fiesta de la calabaza en Manisa? “Sí” le responden. “¿El gran plátano de la plaza de la mezquita nueva sigue ahí?” “Sí”, le responden. “las madres turcas siguen teniendo hijos?” “Sí”, le responden. Y entonces se echa a llorar y dice “Tengo que seguir esperando”.

Otro de los elementos que figura en más piezas de la tradición oral es la basílica de Santa Sofía. Ya desde hacía siglos circulaban numerosas leyendas en torno a su fundación, y era inevitable que surgiesen otras nuevas una vez ocurrió aquello que parecía imposible, su transformación en mezquita.

Nikolaos Politis

Según una tradición panhelénica una cruz luminosa apareció en su cúpula poco después de la conquista otomana. Los turcos trataron de hacerla desaparecer, pero no lo consiguieron. Otra leyenda se refiere al destino que corrió el altar mayor, aunque casi sin duda se inspira en el saqueo que sufrió la ciudad en 1204 a manos de los cruzados. Así la recogió en el s.XIX el folklorista Nikolaos Politis (traducida al castellano por Eusebi Ayensa):

El día que fue tomada la ciudad cargaron en un barco el altar de Santa Sofía para enviarlo a la tierra de los francos y que así no cayera en manos de los turcos. Allí, sin embargo, en el mar de Mármara, se abrió el casco de la nave y el altar se hundió en el mar. Desde entonces aquel lugar es famoso por su paz y por el delicioso aroma que exhala, el agua está siempre tranquila, como si fuera aceite, por más que haya tormentas y olas a su alrededor. Muchos incluso han tenido la suerte de ver el altar sagrado en el fondo del mar. Así cuando reconquistemos la Ciudad, éste será recuperado y llevado nuevamente a Santa Sofía para celebrar en él la fiesta de la reconquista.

Y otra leyenda habla de la última misa celebrada en el templo, que quedó inacabada…

Cuando los turcos entraron en Santa Sofía, aún no había terminado la liturgia. De repente, el sacerdote que oficiaba la misa cogió el cáliz, subió a la catecumenia y entró por una puerta que se cerró tras de sí. Los turcos que lo perseguían vieron cómo desaparecía y encontraron ante sí un muro. Intentaron demolerlo con sus armas, pero no pudieron. Hicieron venir a unos albañiles pero ellos tampoco pudieron hacer nada. Finalmente, llamaron a todos los albañiles de Constantinopla […] pero todos sus esfuerzos fueron inútiles. Ni con palancas ni con todas sus herramientas consiguieron demoler aquel muro. Y es que es voluntad de Dios que la puerta se abra sola cuando llegue el momento, y salga por ella el sacerdote para acabar la misa el día que recuperemos Constantinopla.

Tal vez la canción más popular sobre este tema, es la llamada “Planto de Santa Sofía”, conocida a lo largo de todo el mundo griego y que inspiró en su momento a autores como Constantino Cavafis. Una versión recogida a principios del s.XIX por el folclorista francés Claude Fauriel, y traducida por Eusebi Ayensa, dice así

¡Han tomado la ciudad, la han tomado, han tomado Salónica!
Han tomado también Santa Sofía, el gran monasterio,
con trescientos carillones y sesenta y dos campanas,
cada campana un sacerdote, y cada sacerdote un diácono.
Al sacar los ornamentos, y con ellos al Rey del Mundo,
les llegó una voz del cielo, de boca de los ángeles:
-“Dejad la salmodia, y guardad los ornamentos,
y enviad un mensaje a la tierra de los francos para que vengan
.                                                                             [y se los lleven
para que se lleven la cruz de oro y el santo evangelio
para que se lleven el altar sagrado y que así no nos lo mancillen”.
Al oírlo nuestra Señora, lloraron sus iconos:
-“Callad, madre y Señora, callad y no lloréis más,
que con los años, con los tiempos, volverá a ser vuestra”.

En el folclore búlgaro 

En la tradición oral búlgara también aparece el tema de la caída de Constantinopla. No sorprende que sea así, ya que como en el caso de la tradición griega, lo que se trata de expresar es la consternación ante la pérdida de la capital de la Cristiandad oriental. Por eso en la tradición búlgara no hay ningún tipo de extrañamiento étnico.

Iglesia bizantina en Nesebar, Bulgaria

El emperador Constantino a veces es un rey búlgaro, y en muchas ocasiones se confunde a Constantino Paleólogo con el primer Constantino, el fundador de la ciudad. Los temas y los motivos búlgaros se confunden con los griegos. La filóloga Stefana Stoicova identificó un relato arquetípico que sería básicamente así:

“El rey Constantino era vanidoso, entraba a caballo en la iglesia y comulgaba a caballo, tomando la hostia con la punta de su lanza. Dios se enfadó por ello e hizo agitar el mar Negro y el mar Blanco, y mandó a un halcón a que llevase un mensaje al emperador. Pero nadie podía entender ese mensaje, ni el emperador ni ninguno de los 300 popes que fueron convocados para ello. Sólo el pope Nicolás fue capaz de descifrarlo y lo anunció así a todos los presentes: el reino de Constantino había terminado y a partir de ahora empezaba el de los turcos.

El rey dijo que sólo creería ese vaticinio si los peces que se estaban friendo en la cocina volvían a la vida. Y así fue, los peces saltaron de la sartén hasta una fuente cercana. El rey se lanzó entonces a luchar contra los invasores, pero el pope Nicolás le convenció de que era una insensatez, ya que Dios estaba de parte de los turcos. Entonces emprendió la huida disfrazado, pero cuando estaba desprevenido bebiendo en una fuente, su propio criado le cortó la cabeza y la envió al sultán, mientras el cuerpo del emperador seguía corriendo y atravesando hasta nueve aldeas.”

Finalmente el cuento relata que el sultán se enfadó y ordenó matar al criado, ya que él quería al rey vivo, porque así habría un traspaso de poderes legítimo, algo que garantizaría el dominio turco para siempre. Sin embargo de aquel modo lo que se garantizaba era un final sangriento, pues “lo que se conquistó con sangre, con sangre se perderá”.

En el folclore turco

También en el folclore turco existen leyendas referidas a la conquista de Constantinopla, que en muchos casos se refieren a profecías cumplidas, y señalan la superioridad del islam y lo inevitable de que la ciudad cayese en manos de los musulmanes. Según una de ellas, recogida por el folclorista Pertev Naili Boratav, vivía en Constantinopla un santo varón llamado Cibali, que a pesar de ser musulmán era muy venerado por los cristianos, pues entre otras cosas les había enseñado a calcular la fecha de la Pascua, algo que los sacerdotes cristianos habían olvidado por completo. Además el emperador lo colmaba de cuidados y favores, ya que sus astrólogos habían predicho que el día que muriese Cibali, la ciudad caería en manos de los turcos.

El sultán Mehmet II conquistador de Constantinopla

Se cuenta que durante el sitio de la ciudad, el venerable Cibali pedía a Dios que protegiese a sus queridos cristianos, mientras con sus manos detenía las balas de los cañones turcos, y las lanzaba al Cuerno de Oro. El sultán turco, viendo estos prodigios, también rogaba por su parte: “Dios mío, toma su alma o la mía”. Hizo llamar a los religiosos más notables para que rezasen todos juntos, y mientras recitaban la azora de Fatiha, Cibali falleció. Y así fue cómo el ejército del sultán pudo conquistar la ciudad de Constantinopla.

En otras tradiciones

Boratav recogió alguna variante de la leyenda de Cibali entre los armenios de Turquía. En la tradición oral de los eslavos del sur (serbios, croatas y eslovenos) el tema de las invasiones turcas es recurrente y muy productivo, sin embargo no he tenido noticia de ninguna leyenda, canción o romance que se refiera específicamente a la conquista de Constantinopla.

En el folclore albanés parece que el episodio se menciona someramente en algunos relatos y baladas referidos al héroe nacional Skanderbeg, y por lo que respecta a la tradición oral rumana no he encontrado nada salvo el título de un artículo del bizantinista Vasile Grecu, que es precisamente “La chute de Constantinople dans la littérature populaire roumaine” pero que se encuentra en una oscura publicación checa de los años cincuenta a la que desgraciadamente no tengo acceso…

En la tradición oral irlandesa se encuentra una mención a Constantinopla y una extraña referencia a la presencia turca en la ciudad en el romance de Conall Gulban.

Y en España, Paloma Díaz-Mas publicó un interesantísimo trabajo titulado “Eco de la caída de Constantinopla en las literaturas hispánicas” donde constata que en la tradición oral, el romancero, no aparece en ningún momento el tema de la conquista turca, aunque no descarta que pudiese haber existido en algún momento y luego se perdiese.

Bibliografía

– Alexiou, Margaret, Dimitrios Yatromanolakis, y Panagiotis Roilos. The Ritual Lament in Greek Tradition. Rowman & Littlefield, 2002.
– Ayensa, Eusebi. “La caída de Constantinopla y su recuerdo en la tradición popular griega” en Constantinopla 1453: mitos y realidades. CSIC, 2003.
– Beaton, Roderick. Folk Poetry of Modern Greece. Cambridge University Press, 2004.
– Carnoy, Henry  y Jean Nicolaïdes. Folklore de Constantinople, 1894.
– Dēmaras, Kōnstantinos. A History of Modern Greek Literature. SUNY Press, 1972.
– Nicol, Donald M. The Immortal Emperor: The Life and Legend of Constantine Palaiologos, Last Emperor of the Romans. Cambridge University Press, 2002.
– Pertev Naili Boratav. «De quelques légendes turco-byzantines». En Αφιέρωμα στον Νίκο Σβορώνο / εκδοτική επιτροπή: . Vol. 1. Rétino: Πανεπιστήμιο Κρήτης,, 1986.
– Politis, Nikolaos. Canciones populares neogriegas. Traducción, introducción y notas de Román Bermejo López-Muñiz. Universidad de Valladolid, 2001.
– Stoicova, S. «La chanson de la chute de Constantinople dans le folklore bulgare». Balkan studies 25, no. 2 (s. f.): 475-483.
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